sábado, 13 de marzo de 2010

UN CARDENAL GOLPISTA



 El jueves 2 de Abril de 1987, el Papa Juan Pablo II visitó en Chile al Presidente-Dictador Augusto Pinochet en el Palacio de la Moneda. Yo estaba allí y 23 años después os ofrezco este extracto de un capítulo perteneciente a mi novela “RELATOS DE VIAJES Y DE VIAJEROS”


Copyright © 2010 José Luís de Valero.
Todos los derechos reservados.


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No respeto tus canas. Ni tampoco tu capelo cardenalicio. Y no te guardo respeto alguno puesto que con los miserables como tú, aunque vayan revestidos de púrpura no caben reverencias. Así como tú continúas repartiendo bendiciones entre los poderosos como si fueran bonos estatales al portador, así yo te lanzo mis maldiciones escupiendo sobre esa mano que bendice, permitiéndose y otorgándose el derecho de hacerlo en nombre de Dios.. Escupo sobre esa mano que tras consagrar la Sagrada Forma, ha pactado, firmado acuerdos, bendiciendo y estrechado amigablemente las manos de un genocida y las de los torturadores de un pueblo.

Cardenal Jorge Arturo Medina Estévez
Escupo toda mi rabia sobre ti, Cardenal Jorge Arturo Medina Estévez, chileno de nacimiento. Si la justicia divina existe, en la hora de tu muerte maldito serás de Dios por llevar Su Nombre adosado a tu infamia. El pueblo chileno no olvida y los españoles que pisamos en algún momento esa tierra chilena y supimos de ti, tampoco. No hay que echar en saco roto tu trayectoria.
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Tras ser obispo en Valparaíso, merced a tus contactos políticos y sobre todo papales, en el año l996 te incrustaste en el Vaticano escalando a puestos de privilegio. Llegabas a Roma tras pisar los cadáveres de todos los ciudadanos asesinados y desaparecidos en Chile cuando tú ejercías de simple obispo golpista bajo el régimen dictatorial de Pinochet.
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Tú fuiste uno de los más fieles allegados del general. Discípulo aventajado del golpismo, justificaste en tus homilías todas las torturas y asesinatos que en el nombre de Dios - tu único dios es el poder - y por mandato de Pinochet se cometían en Chile. Siempre hablando en nombre de Dios, escudándote en Él para justificar lo injustificable, para intentar demostrar a pie de púlpito que toda la sangre vertida, toda la humillación sufrida por los débiles, por la pobre gente del pueblo, todo ello era por el bien común de Chile.
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Aquí en España también hubo un tiempo que tuvimos entre nosotros a demonios travestidos de ángeles. Purpurados surgidos del mismísimo infierno. Como tú. En tiempos del franquismo existían obispos y cardenales como Gomá, Plá y Daniel, Segura, ect, que paseaban a Franco bajo palio, alababan a los poderosos pendientes siempre de heredar todo o parte de su patrimonio, despreciaban a los pobres simplemente por el hecho de serlo y a la mínima oportunidad alzaban el brazo saludando con firmeza y decisión hitleriana.
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Vosotros, los mercaderes de almas, los verdugos de Dios, siempre habéis poseído una especial ascendencia con el poder establecido y si ese poder es absoluto, mejor que mejor. El poder estatal apoyado por las armas amenaza la carne del pueblo con prisión o muerte, y vosotros mediante el poder religioso, amenazáis sus almas con el infierno eterno. Ambos poderes, estatal y religioso sois despreciables.
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Ayer te vi en televisión. Ahora ya eres cardenal, príncipe de una Iglesia cuyos cimientos años ha se estremecen por el propio peso de toda la vergüenza que soporta desde su fundación. Según información vaticana, serás el portavoz cardenalicio, el encargado de proclamar el nombre del nuevo Papa: "Nuntio vobis gaudium magnum ¡Habemus Papam! ".
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Todos vosotros, Príncipes purpurados y plebeyos de negras sotanas estáis aguardando el pistoletazo de salida, la proclamación de un nuevo pontífice que supla al anciano polaco poseedor de las llaves de Pedro. Con ello se abrirá la veda que mediante vuestro voto, otorgará el poder al más capaz o al más inepto para vuestros fines políticos y financieros.
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Una vez muerto el actual Papa, cuando el sello papal se haga añicos destruido de un martillazo por el Camarlengo, espero que de igual forma se destruya para siempre el recuerdo y la imagen de Juan Pablo II en su visita a Chile en Abril de 1987, cuando tras dar la comunión en el Palacio de La Moneda a Pinochet y a su cuerpo de torturadores, asesinos, canallas y malnacidos, todos ellos con las manos manchadas de sangre, acompañado del asesino mayor, salió el Papa al balcón presidencial a impartir su bendición a los fieles. El genocida del pueblo chileno sonreía dando escolta al Vicario de Cristo en la Tierra.
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Hubo gente, mucha gente que se giró dándole la espalda, no aceptando la bendición papal. Yo estaba allí y también me di la vuelta. Desde aquel día no acepto bendiciones de nadie.


Cardenal Raúl Silva Enríquez
Y que no se arguya que el pueblo chileno tras la masacre del general Pinochet se hallaba cargado de motivos anticlericales. En 1999 todo Chile se reunió en las calles de Santiago para despedir a un hombre de Dios y del pueblo, un anciano de 91 años que en tiempo de la dictadura plantó cara al genocida.
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El ataúd conteniendo el cuerpo del Cardenal Raúl Silva Henríquez, fue paseado por Santiago en olor de multitud, de santidad diría yo, aupado por un desgarrador grito que salía de las entrañas del pueblo chileno " ¡Raúl, amigo, el pueblo está contigo!" . Y lo estaba, porque ese coloso, auténtico enviado de Dios, era conocido en círculos militares como "el cura rojo" y en contrapartida fue llamado por el pueblo, "la voz de los sin voz".
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Nada tenía que ver la grandeza humana de ese gran hombre con tu infame persona, Cardenal Medina Estévez. Cuando tú te fuiste, contigo marchó parte de la humillación y de la vergüenza que tanto católicos como laicos tuvieron que soportar cuando el poder militar por un lado y parte del poder religioso por otro, masacraron vidas y creencias. Y tú formabas parte de la conjura religiosa que se unió al poder de las armas.
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Por todo ello, Cardenal Jorge Arturo Medina Estévez, te maldigo, te escupo y te desprecio. Ignoro si a estas alturas de siglo todavía estás vivo o mejor ya eres pasto de gusanos, pero en un caso u otro te maldigo con toda la fuerza de mi alma. Un alma la mía, que de existir como tal y de entrar en el reino de los cielos - cosa que dudo - caso de encontrarte sentado a la diestra de Dios Padre, saldría a escape como alma que lleva el diablo a refugiarse en los infiernos. Renunciaría al Paraíso con tal de no estar junto a ti.
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La gente de tu calaña, sois peligrosos hasta muertos y en la Gloria.


Copyright © 2010 José Luís de Valero.
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viernes, 12 de marzo de 2010

Adiós, Maestro



Adiós y hasta la vista, Maestro. Hoy, 12 de Marzo de 2010 tú ya has partido rumbo al Infinito tras las huellas de tu amada y nunca olvidada esposa, ausente de tu lado desde hacía muchos años.
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Según mi modesto entender, has sido el más grande entre los grandes de los escritores españoles actualmente vivos. Te encontrabas dentro de la línea de escritores para los que la novela tenía que ser necesariamente un reflejo de la vida. Según tus propias palabras, "una novela requiere, al menos, un hombre, un paisaje, una pasión. Sin ellos no puede escribirse una novela".
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Hace unos años me dio por escribir o más bien por emborronar cuartillas, pero yo siempre he seguido tu consejo: hombres, paisajes y pasiones se funden en mi ya embarullado cerebro, y con esos tres factores o ingredientes intento confeccionar renglones a base de letras que desean conseguir la categoría de novela.
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En el interior de mi cubículo, cuchitril o albergue de mi persona y de mis sentimientos, reposan en el sueño de los justos cientos de folios escritos en pretéritos tiempos. Tras largo parto literario aguardan resignada e inútilmente la hora de su alumbramiento editorial. De vez en cuando aireo y releo las amarillentas páginas aureoladas por la pátina del tiempo.
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Mis páginas y yo somos como viejos amigos que se encuentran de año en año y lo primero que hacen es interesarse por sus respectivos estados de salud. En mi caso la respuesta es siempre la misma. Yo envejezco a ojos vista y sin embargo observo con sorpresa que mis amarillentas páginas conservan en su interior todo el atrevimiento y el brío de la juventud.
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A la sazón eran otros tiempos, sin duda. Hoy en día el guiso literario de mis pensamientos se almacena en el disco duro de un ordenador. El trasto de marras podrá ser más práctico, pero no posee ni guarda el calor que conservan en su interior mis ambarinas páginas escritas a pluma en pasadas décadas.
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No puedo, ni se me ocurriría auto definirme como un profesional de la pluma. Ni tan siquiera me licencié en España en lo que ayer se denominaba Periodismo y ahora Ciencias de la Información a pesar de contar con la carrera denominada antiguamente Filosofía y Letras. Pero tales estudios fueron cursados y licenciados en y por la Iglesia tutelada por el Vaticano y en aquellos años de dictadura del nacional-catolicismo, a los desertores de la Iglesia como yo lo fui, no se les concedía el derecho a la convalidación de estudios eclesiásticos por diplomas civiles.
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Confieso sin rubor no tener ni la más remota idea del procedimiento adecuado para estructurar un libro y en mi ignorancia, creo que el pensamiento pasa directamente del cerebro a mis manos y de ellas al teclado.
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Después tengo que vérmelas con el ordenador y la cosa se calienta. Me gusta amasar letras, entretejer palabras, fundir frases y hornear conceptos y eso tan sólo lo consigo con la pluma y ante la inmaculada blancura de un folio. El teclado simplemente lo utilizo para pasar a limpio lo ya horneado y descargar en cada tecla mi mala leche al comprobar que podría haber sacado del horno un guiso más apetecible.
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Ignoro si alguno de estos guisos será algún día degustado por algún que otro lector ávido de raros platos condimentados por un hombre parapetado tras un paisaje y al amor del fuego de su pasión.
Pero por si acaso, yo continuaré intentándolo.

miércoles, 10 de marzo de 2010

LÁGRIMAS AL VIENTO


Hace seis años que nuestros muertos están pidiendo que se desenmascare a sus asesinos. Los auténticos culpables de la masacre se encuentran en libertad entre nosotros ¿Hasta cuándo?...La Justicia Española, no sabe, no contesta...Quizá exista un dios que además de impartir Justicia en el Cielo, la imparta de igual modo aquí en la Tierra. De lo contrario a mí no me importaría lo más mínimo tomármela por mi mano. Vida por vida. Sangre por sangre.