martes, 20 de enero de 2015

SURAS CORÁNICAS ASESINAS


Querámoslo o no, no podemos obviar cuanto está aconteciendo en nuestra Patria y en el resto de Europa. Y un blogger además de escribir, ha de ser notario de lo que acontece en su vida. 

 Y si su vida o la de sus compatriotas está siendo pisoteada por el Gobierno, o incluso por el fundamentalismo islámico que pretende implantar en nuestra Patria el Islam aunque sea a sangre y fuego, este blogger que soy yo, está en su perfecto derecho de liarse a hostias escritas o bien verbales contra ese puto Gobierno y enviar a tomar por saco a los fundamentalistas islámicos y de igual modo a su falso profeta, aquel que escribió en el Corán: 

De la sura 9, versículo 5: 
“Mata a los infieles donde los encuentres” 

De la sura 8 v. 12: 
“Yo sembrare el terror en los infieles y vosotros cortadles las cabezas” 

De la sura 5, v.37: 
“A los que hacen guerra con Alá y a su profeta matadlos, crucificadlos, cortadles las manos y los pies” 

De la sura. 47: 
“Cuando encuentres infieles mátalos y haz con ellos una carnicería” 

Por lo tanto, y dado que yo soy un “infiel”, me voy a defender hasta la muerte de esos asesinos a quienes el Gobierno español protege, puesto que de igual modo acepta sus ritos y preceptos plasmados en el Corán. 

Francia y Bélgica ya se han puesto en pie de guerra y han sacado sus respectivos ejércitos a las calles con el fin de salvaguardar la vida de sus ciudadanos e infundir temor a los terroristas. Sin embargo aquí en España, un Gobierno cobarde y pusilánime continúa dando palos de ciego ante la amenaza que se cierne sobre sus ciudadanos. 

La palabra “Islamofobia” que ocupa estos días buena parte de las portadas de los medios de comunicación, quiere decir, tal y como se utiliza la expresión algo así como que contra el mundo occidental, contra el cristianismo y los cristianos todo está permitido. Sin embargo contra la barbarie terrorista islámica, se impone el más vergonzoso de los silencios. 

Quizá el silencio de los corderos previo al degüello, sea debido a que este desgobierno español tema “ofender” a los musulmanes que habitan en España. Pero tengamos en cuenta que todos los yihadistas son musulmanes. Es un hecho que ni Hollande en Francia, ni el P.P, o el P.S.O.E. aquí en España, pueden obviar. 

El día 24 de enero, a las 12 de la mañana, las víctimas del terrorismo han convocado una concentración en la plaza de Colón de Madrid. Una cita multitudinaria para mostrar el rechazo al terrorismo yihadista y también etarra. 

Mariano Rajoy y Pedro Sánchez estuvieron en París arropando con su presencia a las víctimas francesas. Yo me pregunto si el día 24 también estarán presentes en la cabeza de la manifestación en Madrid, arropando a las víctimas españolas.
Aunque lo dudo. 

José Luís de Valero

viernes, 16 de enero de 2015

LA JUSTICIA ESPAÑOLA ES “CIEGA” DE COJONES


Condenan a una mujer invidente a abonar 28.000 euros a una viandante que tropezó con su perro-guía. Yo todavía no sé muy bien quién estará más cegato : Si los Jueces o la propia Justicia española. La noticia que podéis leer en EL MUNDO no tiene desperdicio. 

Por lo visto a las “Señorías” que ocupan plaza y legislan a golpe de mazo en la Audiencia Provincial de Cantabria se les ha ido la olla, o bien adolecen de estrabismo óptico y hasta cabe la posibilidad de que se les haya desprendido la retina. 

De otro forma no se comprende que judicialmente condenen y multen a una invidente y favorezcan a una demandante que acusó al perro-guía de la demandada de la lesiones que ésta se produjo debido a un "movimiento brusco" del can. 

Lo cojonudo y a la vez triste del caso, es que la demandante falleció hace tiempo (no debido a la caída), pero sus deudos han reclamado la pasta a como dé lugar y los cegatos de la Audiencia Provincial de Cantabria se la han concedido. 

Y digo yo que todavía está por ver si a su vez, el pobre perro-guía será condenado a una inyección letal.  
Que con ese putiferio de jueces, todo es posible. 

José Luís de Valero.

viernes, 9 de enero de 2015

¡ACHTUNG, PELIGRO DE MUERTE!


O mejor dicho, en castellano, ¡YA BASTA, COJONES! 

Por motivos puramente clínicos no publico desde hace tres meses. Pero al día de hoy no puedo permanecer de teclas caídas. Según parece “LA INVASIÓN” se cierne sobre la vieja Europa. Y la chispa que puede originar una deflagración a escala mundial, ha estallado en Alemania. Algo parecido escribí sobre el tema en los primeros capítulos de la novela que tenéis bajo estas líneas. 

El próximo 13 de Febrero se cumplirán 70 años del bombardeo aliado y la masacre efectuada sobre la ciudad alemana de Dresden. Dresden quedó arrasada hasta sus cimientos. El número de víctimas civiles superó la cifra de 200.000. 

Al día de hoy Dresden vuelve a arder. Esta vez no es debido a las bombas incendiarias que en 1945 calcinaron a sus habitantes. Esta vez es de cólera e indignación ante la barbarie islamista. El pueblo alemán está tomando las calles al grito de: 
“¡Achtung Lebensgefahr!”….¡Peligro de Muerte!
En Francia está ocurriendo otro tanto. París está prácticamente en estado de sitio y a 80 kilómetros de la capital, policías y gendarmes, unidades de élite y miembros del GIGN (Grupo de Intervención de la Gendarmería Nacional), andan a tiro limpio intentando dar caza a unos descerebrados islamistas. A la trilogía, Liberté, Égalité, Fraternité, se le ha unido ISLAMOFOBIA.

Y mientras tanto en España, ¿qué coño pasa?....
Que yo sepa, la actividad yihadista es una realidad en nuestro país desde hace veinte años. La población civil está en el ojo del huracán. Es un hecho que en nuestra Patria existen “cédulas durmientes”, descerebrados islamistas dispuestos a masacrar en el nombre de Alá y de tal guisa obtener un pasaporte para el Paraíso. 

Existen fundamentos de peso para suponer que a día de hoy pervive en nuestro país un entramado yihadista sólido, movilizado por lo que acontece en Siria, Irak, Libia, y del que pueden surgir personas dispuestas a atentar en España. 

Estamos de acuerdo que no todos los musulmanes son radicales, pero aquí en España no podemos estar jugando a la ruleta rusa. Ellos vienen a nuestro país exigiendo y la escoria de los Gobiernos que hemos tenido, otorgándoles derechos que a muchos españoles les han sido negados. 

Ya lo escribí una vez y lo mantengo: España es una inmensa casa de putas, y los españoles/as somos un atajo de putas/os al servicio de unos proxenetas políticos llamados “Señorías”. 

Según mi criterio la solución está muy clara. El Gobierno Español tiene la obligación de evitar una nueva masacre. Lo que tienen que hacer las autoridades españolas es controlar exhaustivamente las mezquitas, y echar de España a hostia limpia a todos los fanáticos que comulgan con el radicalismo islámico. 

Y por descontado, inicialmente y en previsión de males mayores, meter directamente en la cárcel por incitación al terrorismo a muchos de sus imanes, que son los primeros responsables de la radicalización de esta gentuza de malnacidos. 

Controlar a los imanes y cerrar “sine die” las mezquitas donde predican los radicales y tirar las llaves al mar. El pueblo español no tiene el porqué aguantar en nuestras ciudades focos de fanáticos de ese calibre, que nos ponen a todos en riesgo de muerte inminente. 

Y en caso de enfrentamiento armado y directo con los yihadistas, recordar a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, que el mejor terrorista es el terrorista muerto. 

Tal y como escribí al final de mi anterior post: 
“Las ratas deben morir” 

José Luís de Valero.

martes, 14 de octubre de 2014

LA INVASIÓN. Capítulo X y último de la Primera Parte


Con el presente capítulo cierro la Primera Parte de esta novela de ficción y doy fin a este relato por motivos puramente editoriales. Agradezco vuestra atención a todos los que hayan seguido capítulo a capítulo el desarrollo de esta novela. 

LA INVASIÓN 
CRÓNICA DE UN FUTURO INMEDIATO 
Capítulo X y último de la Primera Parte 

 - ¿La Tercera Guerra Mundial, dices? 

- Así es, Pablo. Es la última noticia que ha escupido “Berta”, antes de que le fundiera los fusibles a esa puta Computadora Central de Cyber-Reuters. Después ha dejado de emitir, aunque de inmediato ha entrado en acción la de reserva, un clon de “Berta” con su disco en blanco, Estaba transmitiendo las últimas noticias que se producían en Europa. La Invasión del Frente Islámico Internacional, es un hecho. 

 Karl Weser apuró de un trago una colmada copa de snaps escandinavo, resoplando, eructando y maldiciendo al unísono. Jamás le había visto en tal estado. Estaba fuera de sí. Estrujando entre sus manos un Cyber-fax con las últimas noticias emitidas por el clon de“Berta” y mirándome fijamente, prosiguió con voz grave, rota por la emoción. 

 - La invasión ha comenzado inicialmente en tu patria. Toda la costa sur española ha sufrido un desembarco masivo del Frente Islámico procedente del norte de África. Antes del desembarco naval, las ciudades de Cádiz, Sevilla, Málaga y Almería, han sido atacadas con misiles aire-tierra disparados desde las bases de Marruecos, Argel y Bengasi, en territorio libio. Los yihadistas tanto en Marruecos, Argel y Libia, han tomado las principales bases militares. Casi la totalidad del Mediterráneo está en sus manos. Estamos copados, Pablo. 

 En principio no acerté a contestar. Simplemente me preguntaba a mí mismo. ¿Y nuestras Fuerzas Armadas que hacen al respecto?...¿Han repelido el ataque?...¿Qué ha sido de la población civil?....¿Cuántas bajas?.... 

 Cuando trasladé mis preguntas a Karl, me respondió alargándome el estrujado Cyber-fax emitido por el clon de “Berta”. 

 - Es mejor que tú mismo lo leas. 

 Me quedé atónito. Las víctimas civiles en territorio español estaban sin evaluar, pero en principio podrían elevarse a cientos de miles entre muertos y heridos. Las principales bases militares de tierra, mar y aire pertenecientes a las Fuerzas Armadas españolas, fueron los primeros objetivos del ataque perpetrado por el Frente Islámico Internacional, por lo que la cadena de mando había quedado destruida y por lo tanto inoperante. Las unidades de Infantería de Marina acantonadas en el sur de España se disgregaron y sus efectivos quedaron diseminados convirtiéndose en unidades clandestinas de resistencia armada. La base aérea de Morón estaba calcinada junto con los cazas de la Defensa Aérea, convertidos a su vez en un amasijo de acero retorcido. No les dio tiempo ni a despegar. Fueron abatidos en plena pista. 

 - Esto es una pesadilla – murmuré – ¿Pero qué pasa en el resto de España?....¿Qué coño está haciendo el puto gobierno?... 

 - Sigue leyendo, Pablo. El Cyber-fax no miente. El puto Gobierno y sus putos dirigentes han seguido el mismo camino de las ratas cuando se hunde el barco. Se han largado en el primer vuelo. Unos hacia París, otros hacia Londres y los menos con dirección a Estados Unidos. A estas horas entre miembros de las antiguas monarquías europeas y de políticos e hijos de puta españoles, Londres debe estar colapsada. 

 - Nuestros planes para salir de Berlín han cambiado, Pablo – prosiguió Karl en un tono que no admitía réplica – Ahora ya no se trata de sacar una copia de la grabación al exterior. Ahora se trata de que huyas de la quema y de salvar tu pellejo. 

 - Dirás mejor que huyamos los dos. 

- Nada de eso. Yo me quedaré en Alemania. Mi sitio está aquí, en mi trinchera informativa y el tuyo supongo que debe estar en tu patria, informando desde la primera línea de fuego. 

 - Supongo que será la última de defensa, mi viejo amigo, porque a decir verdad ahora mismo no sé dónde coño puede estar en España el frente o la primera línea de fuego que neutralice el avance de toda esa carroña de yihadistas. De todas formas antes de regresar a España preferiría hacer escala en Londres. 

 - ¿Y por qué coño en Londres? 

 - Quisiera entrevistar a todas las ratas que han abandonado el barco. 

- Es una buena idea y no creo que tengas problemas – añadió Karl – Entonces estamos de acuerdo. Pero para que salgas de Alemania sin tropiezos, antes tengo que ponerte en contacto con Siegfried. Él te pasará al otro lado del Canal. 

- ¿Siegfried?...¿Quién es Siegfried? ¿Un contrabandista? 

- Es mi hijo, es marino y está en Kiel, en el Báltico. 

- Joder Karl, no sabía que tenías un hijo. 

- Es una vieja historia, Ya me he puesto en contacto con él y está de acuerdo en camuflarte en su nave, pero ahora planifiquemos tu salida de territorio alemán. 

- No sé cómo voy a salir. Las fronteras están cerradas. 

- Kiel todavía pertenece a Alemania. Tranquilo. 

- De acuerdo, pero desde Berlín a Kiel hay 350 kilómetros de distancia y yo no tengo ningún visado oficial de Cyber-Reuters para desplazarme hasta allí. 

- No seas capullo, Pablo. A ver si te crees que nací ayer – exclamó Karl con una media sonrisa, echando mano de su cartera de mano – Aquí tienes tu permiso oficial de Cyber-Reuters válido para desplazarte a lo largo y ancho de la República Federal de Alemania. 

- ¿Cómo demonios has conseguido este permiso? – susurré por lo bajo, echando de soslayo una ojeada al documento – ¿Es falso, verdad?. 

- Es totalmente legal. Antes de fundirle los plomos a “Berta” lo solicité a tu nombre y me lo imprimió al instante. Con este visado tienes vía libre de circulación y ninguna patrulla de carretera ni de las Suchutz-Staffel podrá detenerte ya que se supone que viajas en misión oficial. No sé si te has dado cuenta que junto al anagrama de Cyber-Reuters está el sello oficial del Reichstag. Por cierto, ¿dónde has dejado tu coche? 

- En el aparcamiento del hotel ¿porqué?. 

- No puedes volver allí, demasiado riesgo, además tu automóvil es una vieja tartana híbrida. Llévate el mío. Está recién cargado de energía y no tendrás que parar en ninguna estación de recarga eléctrica. Y ahora brindemos con una copa de snaps. Brindemos por habernos conocido, por el periodismo libre y por tu viaje hacia territorio libre. 

- Brindo por ti, Karl, viejo zorro, buen alemán y mejor periodista. 

- "Lehaim"… Por la Vida – contesto Karl alzando su copa. 

- ¿Lehaim? – inquirí extrañado – Según creo esta expresión es hebrea. 

- En efecto. Soy judío y como tal brindo Por la Vida, por la tuya y por la de todos los seres humanos. 

- ¿También por la vida de los yihadistas? 

- Ni hablar. Esos malnacidos no son seres humanos. Son carroña del Averno. A esos que les den por el culo. Ten presente que "Lehaim" es un brindis que pronunciaba el Maestro cada vez que compartía los alimentos con alguien. Ese "Por la Vida" que le inspiró a dar la propia para transmitir un ejemplo de que la vida es eterna y que la muerte no existe. "Lehaim" es una palabra que engloba un propósito y una visión. En suma, vivir por la vida, para la vida. 

- Y sin embargo en los tiempos actuales la vida se está extinguiendo para una mayoría y vence la barbarie y la muerte – observé. 

 Después Karl me entregó la tarjeta electrónica de su vehículo y un plano digital que correspondía a la ruta que yo debía seguir desde Berlín hasta la base naval en Kiel. 

- El “Rächer Von Deutschland” está fondeado en la dársena número cuatro del astillero, concretamente es aquí – dijo Karl, señalando un punto en el plano – No tendrás problemas para subir a bordo. Siegfried te estará esperando, pero si te retrasas zarpará sin ti. 

- “Rächer Von Deutschland” traducido significa Vengador de Alemania, un nombre nada común para un buque de carga. 

- El “Rächer” no es un carguero. Es un submarino atómico de última generación perteneciente a la Deutsche Marine y Siegfried Weser es su Kommandant. 

 Me quedé de una pieza. Nunca llegué a imaginar que Karl tuviera un hijo y mucho menos que su retoño perteneciera a la Deutsche Marine. Como después pude comprobar, Siegfried Weser era un joven oficial de la flota submarina alemana y que a pesar de su juventud, ostentaba el grado de Fregattenkapitän, (Capitán de Fragata) rango que se había ganado a pulso tras su estancia en la base naval de Glücksburg, sede de la Deutsche Marine. 

- Mi enhorabuena, Karl – acerté a susurrar – Debes sentirte orgulloso de tener un hijo que es marino con el rango de Kommandant. 

- Sin duda que lo estoy. Siegfried lleva salitre en sus venas. Y ahora brindemos – resopló, escanciando hasta el borde dos copas de snaps. 

- Por ti, Karl,... "Lehaim" 

- Por ti, Pablo, ”Lehaim" 

- “Gute Reise”, Paul. 

- “Danke”, Karl. 

 Fueron las últimas palabras de despedida que se cruzaron entre nosotros. 

……………………… 

 Debido al intenso aguacero que aquella noche descargaba sobre el norte de Alemania, la autobahn Berlín-Hamburgo-Kiel se había convertido en una inmensa pista deslizante. Sin embargo el tráfico era muy intenso en ambas direcciones y los controles pertenecientes a las patrullas de Polizei Straßen así como también las inspecciones de las Suchutz-Staffel, se sucedían a lo largo del recorrido. 

- “Dokumentation, bitte”. 

- “Offizieller Besuch des Reichs” – respondía de inmediato con mi mejor acento alemán, mostrando el sello oficial del Reichstag. 

 Tal cúmulo de controles y paradas ralentizaban mi marcha, por lo que en uno de los controles de las Suchutz-Staffel me decidí a solicitar la presencia del comandante de puesto para intentar aligerar el tiempo de viaje hasta Kiel. 

 Fue mano de santo. El sello del Reichstag era inapelable. Hasta el Unteroffizier al mando de la patrulla de las Suchutz-Staffel se cuadró ante mí indicándome que tenía vía libre hasta el punto final de mi destino. De inmediato se puso en contacto por radio con el resto de patrullas así como también con las de la Polizei Straßen, indicando la marca de mi vehículo y la matrícula. Yo simplemente tenía que disminuir la marcha al divisar un puesto de control para que sus efectivos pudieran verificar la matrícula. Pero ya no tenía que detenerme ni enseñar el permiso de libre tránsito o “Passierschein”. 

 Estaba amaneciendo cuando a lo lejos divisé la ciudad de Kiel cuyos edificios surgían entre jirones de neblina. Consulté el mapa digital que horas antes me había entregado Karl, y marqué las coordenadas en el ordenador del vehículo. Cuando arribé al punto de destino, la dársena número cuatro situada en la base naval, solicité a uno de los centinelas que se hallaban al pie de la escalerilla del “Rächer Von Deutschland”, el oportuno permiso para subir a bordo. 

 - “Dokumentation, bitte”. 

 Simplemente le mostré el “Passierschein” con el sello del Reichstag. De inmediato contactó a través de su micrófono con el puesto de mando ubicado en el interior de la nave, pronunciando mi nombre. 

 - “Bitte warten” – especificó. 

 La espera no fue necesaria. El centinela recibió una orden a través de su auricular y me franqueó el paso a bordo. Otro tripulante que se encontraba en cubierta me indicó que le siguiera hasta el puente de mando y rápidamente penetré en las entrañas del U-Boot-70 “Rächer Von Deutschland”. Observé que en el primer nivel de la nave, toda la tripulación se hallaba en su puesto presta a zarpar. 

 Siegfried Weser estaba apoyado en la mesa de navegación observando una carta náutica. Era un tipo bien fornido, alto, barbudo y con cara de malas pulgas, en nada parecida al bonancible y cachazudo rostro de su padre. Su voz era más bien grave pero serena y se dirigió a mí en un casi correcto castellano. Eso me extrañó un tanto y sin duda, por sus iniciales palabras, él se había dado perfecta cuenta. 

 - Si hubieras llegado diez minutos más tarde, te habrías quedado en tierra, y que conste que te admito a bordo por consejo de mi padre – fueron sus primeras palabras de bienvenida antes de soltar amarras – Y no te extrañes si te hablo en castellano. Mi madre era española. Los periodistas estáis locos – remachó. 

 - Procuraré no causar molestias a bordo, y quizá tengas razón, tu padre y yo estamos locos. 

 - Hace media hora que acabo de hablar con él y me ha comunicado tu intención de desembarcar en Southampton. Eso trastocará de algún modo el rumbo de esta nave, porque mis órdenes son dirigirme al estrecho de Gibraltar y penetrar en el Maditerráneo. 

 Tras una pausa prosiguió sin despegar la vista de la carta náutica. 

 - El tenía que estar aquí, contigo – repuso molesto, refiriéndose a su padre – No sé qué coño hace en Berlín. 

 - Su trabajo. Estrictamente su trabajo. Informar. 

 - Nuestro destino inicial es la costa sur de Inglaterra – prosiguió echando un rápido vistazo al trazador de rumbos – Procuraré desembarcarte en Southampton, pero no te prometo nada. La flota aeronaval enemiga permanece al acecho y yo tan sólo podré emerger a superficie no más de cinco minutos y de noche. No puedo arriesgar el “Rächer”. 

- De acuerdo – contesté, mientras interiormente me preguntaba las posibilidades que tenía el “Rächer” de evadir el ataque enemigo en una travesía de tan larga duración. 

- Una vez que desembarques acabará mi compromiso y llegar a Londres será tu problema, aunque francamente, creo que en las actuales circunstancias no vale la pena arriesgar el pellejo para entrevistar a las ratas que han abandonado España a su suerte. 

- Quizá no sea para entrevistarlas – puntualicé. 

- Quizá vas de caza – observó Siegfried. 

- Quizá vaya simplemente a extinguirlas – añadí. 

- Entonces tu viaje habrá valido la pena, camarada – sentenció Siegfried. 

- “Jawohl mein Kommandant” – determiné – Las ratas deben morir. 

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Capítulo X 
Último de la Primera Parte. 

LA INVASIÓN 
Copyright © 2014 José Luís de Valero. 
Todos los derechos reservados.

lunes, 6 de octubre de 2014

LA INVASIÓN. Capítulo IX

“Ciertamente nuestra sociedad vivía atrapada por los ordenadores. Dependíamos de ellos para desarrollar nuestra existencia, desde que nuestra madre nos traía al mundo hasta cuando nuestro cuerpo entraba en el horno de incineración.” 

LA INVASIÓN 
CRÓNICA DE UN FUTURO INMEDIATO 
Capítulo IX 

 Karl se derrumbó como un saco sobre el sillón situado frente al ordenador. La boquilla de su amada pipa crujió entre sus dientes al tiempo que soltaba uno de sus juramentos preferidos en el más puro estilo berlinés. Mascullaba frases que yo no alcanzaba a traducir. Mi alemán no era precisamente de excelente calidad. Al fin Karl carraspeó, mirándome fijamente. 

-Pablo, saca una copia de la grabación de Max y desaparece con ella. Te espero dentro de dos horas en el café “Bremen”. Está en el bulevar Kurfürstendamm, ya sabes, cerca del hotel donde te hospedas. Y prepara el equipaje. Nos vamos de viaje. 

-Para salir de Berlín necesitaremos una orden de trabajo, digo yo. 

-No te preocupes por los detalles, déjalos de mi cuenta. Ahora graba una copia y después intenta destruir la grabación de entrada en el registro de la computadora central. 

-Eso va a ser más difícil, Karl. La transferencia de imagen se archiva automáticamente. Quizá lo que pueda conseguir, sea anular el sonido. 

-Haz lo que sea, pero hazlo rápido. Se está cociendo algo gordo. 

 Cuando a Karl Weser le daba por rascarse con insistencia el trasero, no cabía la menor duda que algo grave se cocía en el ambiente. Era un tic nervioso habitual en él que denotaba su ansiedad ante determinada circunstancia y que no cesaba hasta que el problema entraba en vías de solución. Esta vez el problema era grave y Karl se rascaba con insistencia a dos manos su orondo trasero berlinés. 

-Copia del original efectuada, y el audio de la banda sonora continúa activo. Las imágenes están archivadas pero no tengo acceso a ellas en la computadora central para borrarlas. 

-¿En la copia del original han quedado registradas las imágenes de los cuerpos en llamas? 

-Por supuesto, todas sin excepción. 

-Algo es algo, Pablo. Cuando suba arriba intentaré colarme en los registros de archivos y le fundiré los plomos a esa espía hija de puta. 

 Karl odiaba profundamente a “Berta”, nombre en clave de nuestra computadora central de registro. En más de una ocasión, cuando lograba infiltrarse en sus instalaciones, provocaba intencionadamente averías en sus circuitos y en el sistema electrónico de almacenamiento de datos. Karl argumentaba que la única solución para que el ser humano continuara siendo libre, pasaba por la destrucción de la tecnología informática. 

 Ciertamente nuestra sociedad vivía atrapada por los ordenadores. Dependíamos de ellos para desarrollar nuestra existencia, desde que nuestra madre nos traía al mundo hasta cuando nuestro cuerpo entraba en el horno de incineración. Karl tenía su punto de razón en según qué aspectos con relación a “Berta”. Los miles de trabajadores al servicio de Cyber-Reuters, estábamos fichados. Los circuitos integrados de “Berta” guardaban en su interior miles de millones de datos concernientes a todo el organigrama empresarial de la Cadena. 

 Desde lo más ínfimo hasta lo más importante y notable, ningún detalle escapaba a su labor de control y seguimiento. Cualquier aspecto íntimo, personal o profesional pasaba por el tamiz electrónico de sus valoraciones, acusando o absolviendo al sujeto bajo observación cibernética. Karl se la tenía jurada. Su máxima aspiración era ver volar a “Berta” por los aires desde el piso 70, convertida en un montón de retorcidos y chamuscados circuitos. Le brillaban los ojos cuando mentalmente visualizaba la acción de sabotaje. 

 -Bueno, ya está – concluí, guardando el diminuto pen drive en un estuche estanco – Y ahora, ¿Qué coño hacemos con esta copia? 

 -Muchacho, creo que ya va siendo hora que abandones el despacho y salgas del huevo. Lo que tienes en la mano es una pequeña bomba de relojería en comparación a lo que se está fabricando ahí afuera. Si de verdad quieres saber lo que es periodismo de choque, levanta el culo y sígueme. Si por el contrario lo que deseas es llegar a tener grabado tu nombre en la puerta de este despacho y jubilarte a los cincuenta, entonces quédate sentado y que te follen. 

 -Sabes muy bien que odio el periodismo burocrático, no me jodas – le contesté ofendido, levantándome rápidamente de mi asiento – Lo dicho. Te espero en el “Bremen” dentro de una hora. 

 Karl me sujetó por el brazo mirándome seria y fijamente a los ojos. 
 -Otra cosa, muchacho. Recoge todo tu equipaje y cancela la cuenta del hotel. No regresaremos a Berlín hasta pasado un tiempo, dependiendo claro está de cómo se desarrollen los acontecimientos. Y te advierto: es posible que tengamos que salir por pies de Alemania. Quien avisa no es traidor. 

 Su gesto y tono de voz no admitían réplica. Normalmente el comportamiento personal del orondo y veterano periodista berlinés Karl Weser, era de una total beatitud y despreocupación cuando hablaba. Pero en aquellos instantes la expresión de su rostro denotaba contenida furia e inquietud. 

 -Te seguiré hasta el infierno, ya lo sabes. Ve con cuidado con lo que haces, viejo.  

 -Descuida. Y tú procura no despertar sospechas a la salida del edificio. Camufla el pen drive dentro del forro del abrigo – me advirtió – y por mí no te preocupes. Soy perro viejo en estas lides y todavía no se ha fabricado la jodida computadora que pueda pillarme en fuera de juego. Lárgate de una vez. 

 -Jawohl mein Kamerad. 

 Karl me despidió con una sonrisa. 

 -Eres un desastre. Nunca pronunciarás correctamente el idioma alemán. Prefiero continuar hablándote en castellano. Esfúmate ya. 

 Recogí el abrigo y el portafolio introduciendo disimuladamente el pequeño pen drive en el interior de mi vacío paquete de cigarrillos; mientras, observaba como Karl se situaba de espaldas a las cámaras de observación en circuito cerrado que fiscalizaban todos nuestros movimientos. Con total naturalidad me dirigí hacia los lavabos, único punto libre de fiscalización visual aunque no del todo, la verdad sea dicha. 

 El sector destinado exclusivamente a lavatorio de manos, contaba con un ojo de observación que controlaba el tiempo invertido por los usuarios de los servicios en lavarse las manos, peinarse o afeitarse. Los únicos lugares libres de vigilancia eran las cabinas privadas que se utilizaban para realizar los actos puramente fisiológicos. Por cierto, que no siempre fue así. 

 Cuando se inauguró la sede central de Ciber-Reuters, cada metro cuadrado del edificio se encontraba bajo observación televisiva incluyendo las cabinas privadas destinadas a uno y otro sexo. Fue necesaria una revolución laboral en toda regla, para que los actos fisiológicos de los empleados no fueran transmitidos en directo a la sala de control inteligente del complejo informático. Los visores de observación electrónica situados en el interior de las cabinas fueron eliminados, aunque las cámaras exteriores continuaban controlando los tiempos muertos de los empleados. 

 Penetré en la cabina más alejada a la puerta de entrada a los servicios, cerrando el pestillo tras de mí. No me fue del todo fácil descoser el forro interior de mi abrigo, mientras convenía mentalmente que mis habilidades como sastre no estaban a la altura de las circunstancias. Al fin pude desprender la tela lo suficiente, como para introducir entre el forro y el paño de lana exterior el reducido estuche que contenía en su interior la copia del reportaje enviado por Max Stern desde Schwedt. 

 Había tomado la precaución de llevar conmigo un pequeño tubo de pegamento rápido, que utilicé para sellar la abertura producida entre ambas telas. El diminuto pen drive quedaba a buen recaudo. En el control de salida tan sólo se preocupaban de revisar el contenido de los portafolios y objetos de mano, mientras que los chivatos de alarma se activaban cuando alguien intentaba escamotear elementos informáticos previamente reconocidos por “Berta”. 

 No era mi caso. El pen drive que se hallaba camuflado en el interior de mi abrigo no había pasado por el registro de archivos y por lo tanto no estaba magnetizado ni protegido contra fugas de datos informáticos. Tan sólo cabía la posibilidad de que las cámaras fijas de observación situadas en nuestro despacho, hubieran captado el preciso instante en el que se estaba produciendo la copia pirata, pero eso era muy difícil de demostrar. 

 A pesar de toda la vigilancia televisiva, la sala de control era atendida solamente por cinco hombres y cinco mujeres que tenían a su cargo 150 pantallas interconectadas a 2.800 cámaras, repartidas desde la planta baja al piso 69 lo que significaba 40 cámaras por planta. Demasiados puntos de observación para ser atendidos simplemente por diez empleados, más bien dedicados a escudriñar en el interior de los lavabos que a ejercer en otros menesteres de vigilancia propios de su cargo. 

 Cuando llegué a la planta baja del edificio me situé frente a uno de los controles de salida, atendido precisamente en aquellas horas de la mañana por una vigilante con la cual yo tenía mucho que ver. Rita Kauffmann me envolvió con su mirada provocativa y viciosa antes de que yo llegara frente a la cinta bajo su control. Sin duda recordaba el último revolcón que ambos protagonizamos días antes en el asiento trasero de su coche, una fría y lluviosa noche a orillas del lago Wannsee situado en el interior del bosque de Grünewald. 

 En aquella ocasión fui literalmente violado por Rita, valkiria come hombres que con su metro noventa de altura y con la melena al viento, me cabalgó hasta la extenuación dejándome hecho unos zorros. 

 Una inoportuna avería en mi vehículo a la hora de ponerlo en marcha en la zona de aparcamiento, fue el desencadenante de mi encuentro con Rita que, solícita, se ofreció a llevarme hasta mi hotel. Su coche se encontraba aparcado junto al mío en el subterráneo número 3 del complejo Cyber-Reuters. Mi reloj marcaba las nueve de la noche y en el exterior estaba lloviendo a mares, así que opté por aceptar su amable ofrecimiento y salimos del aparcamiento con dirección a mi hotel situado en el bulevar Kurfürstendamm, a cinco minutos escasos de donde nos encontrábamos. Me pareció oportuno agradecerle de algún modo la molestia que se estaba tomando conmigo, y la invité cortésmente a tomar una copa en el bar de mi hotel. 

 -Para mí no es ninguna molestia, al contrario – me contestó mientras conducía y enfilaba la Friedrichstrasse, sin quitarse el cigarrillo de la boca – Me encanta que estés sentado a mi lado. Los hombres españoles me ponen cachonda. 

 No me dio tiempo a reaccionar a la frase. Su mano derecha se deslizó por mi pierna hasta encontrar el objetivo que andaba buscando. Al principio me sentí ofendido según el concepto hispano de lo que para mí significaba la conquista del elemento femenino, pero tan sólo fue un momento. Después me relajé, dejándola hacer. Recordé que me encontraba en Alemania y que en aquellos años la mujer europea se hallaba totalmente desinhibida de los prejuicios de comportamiento sexual que habían marcado la existencia femenina durante más de veinte siglos. 

 Sin dejar de conducir, Rita continuó acariciando su presa con auténtica maestría. De vez en cuando giraba la cabeza y entreabría lujuriosamente sus labios enseñándome y moviendo lentamente la lengua. Era la primera vez que me encontraba ante un caso semejante, a pesar de que a lo largo de mi vida sexual me las había visto de todos los colores. Mi hotel quedaba ya lejos. 

 Rodábamos lentamente por una de las carreteras que atraviesan el interior del bosque de Grünewald, en medio de una impresionante tromba de agua. Rita parecía conocer al dedillo todas las veredas del parque y detuvo el coche en un mirador frente al lago Wannsee. 

 -Vamos, querido. Ya va siendo hora de saber cómo te comportas – me comentó Rita, al tiempo que se desprendía de toda su ropa – Veamos si sabes manejar convenientemente eso que tienes entre las piernas. 

 Por lo visto la experiencia nocturna a bordo de su coche la satisfizo plenamente. 

 Ahora Rita Kauffmann me observaba desde el otro lado de la cinta de control, al igual que un lobo pudiera hacerlo con su presa. Aguanté su mirada, devolviéndole una sonrisa entre avergonzado y confuso. Al parecer, esa reacción por mi parte la excitó todavía más. No hizo ni caso al portafolios que pasó ante la cámara de rayos X sin que Rita prestase la más mínima atención a la pantalla. De haberlo sabido, hubiera podido sustraer una fortuna en CD con información reservada. 

 -Te espero esta noche a las ocho en la zona de aparcamiento – me dijo por lo bajo entregándome el maletín al tiempo que clavaba sus uñas en el dorso de mi mano – Te invito a cenar en mi apartamento. 

 Sus ojos siguieron mis pasos cuando me alejaba de ella camino de la salida. Sin duda, Rita se estaba relamiendo por anticipado pensando en el ágape nocturno, ya que yo era su plato favorito, de eso no cabía la menor duda. Sonreí entre dientes imaginándome a la nibelunga de guardia en el subterráneo número 3 a la espera de su cena a la española, pero era evidente que tal y como se estaban desarrollando los acontecimientos, a las ocho de la noche yo ya estaría muy lejos de Berlín. 

 A la salida tomé un taxi que me condujo directamente a mi hotel. Recogí el equipaje, cancelé mi cuenta y caminando rápidamente me desplacé hasta el cercano bulevar Kurfürstendamm donde se hallaba ubicado el café “Bremen”. Karl Weser ya estaba allí aguardando, nervioso e impaciente, con el rostro desencajado y echando humo por su astillada pipa bávara de brezo. 

-Nos largamos ya, Pablo. 
-Aguarda que me tome un café. 
-No hay tiempo para cafés. 
-¿Y eso porqué? 
-Hace media hora que ha estallado la Tercera Guerra Mundial. 

(Continuará) 

LA INVASIÓN 
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