lunes, 15 de septiembre de 2014

LA INVASIÓN. Capítulo IV

“El día que la Estatua de La Libertad saltó por los aires convertida en un amasijo de bronce retorcido, fue la jornada en la cual se consolidó La Gran Hecatombe. El salvajismo y el caos se adueñaron de las calles de todas las poblaciones democráticas del mundo.” 

LA INVASIÓN 
CRÓNICA DE UN FUTURO INMEDIATO 
Capítulo IV 

 La Era del Terror estalló en New York a las 8,45 a.m del 11 de Septiembre de 2001, cuando el fundamentalismo islámico se lanzó desde las alturas de Manhattan como un ave de presa sobre su víctima, que confiada, se desperezaba tranquilamente a un nuevo amanecer con los primeros rayos del sol. 

 Aquel día, dos fanáticos halcones de la Yihad islamista abatieron de sendos zarpazos a un águila hasta entonces orgullosa de su poderío, segando con su ataque miles de vidas y haciendo añicos los símbolos del capitalismo y militarismo norteamericano. Fue el inicio de lo que después se dio en llamar La Gran Hecatombe, que se extendió por toda la Tierra de norte a sur y de este a oeste. 

 El fanatismo islámico igualmente se ensañó en ciudades como Madrid, Londres, París y Roma, a la par que el Estado de Israel iba destrozando obús tras obús la franja de Gaza, masacrando al pueblo palestino. En el nombre de Alá, millones de seres humanos iniciaron su particular Cruzada del Terror sembrando la destrucción y la muerte. Los líderes políticos y religiosos del mundo islámico se unieron formando un frente común contra el infiel Occidente y sobre todo, contra Israel y el pueblo judío. El mundo occidental no acababa de entender el fanatismo religioso de las consignas islámicas, que impulsaba a sus creyentes a inmolarse en pos de la victoria final. 

 La ejecución mediante degüello de rehenes civiles y su retransmisión en directo vía Internet, fueron las gotas que colmaron el vaso de la paciencia de Occidente. 

 Los Estados Unidos de Norteamérica se erigieron entonces en baluarte y líder mundial contra el terrorismo. Como miembro de la OTAN el ejército USA formó un bloque militar con los países que conformaban el Tratado del Atlántico Norte, barriendo sin piedad vidas y haciendas situadas dentro de territorios agrupados bajo la bandera de la media luna. Irak y Siria fueron sus primeros objetivos. 

 Norteamérica y sus aliados tomaron cumplida venganza de los daños causados por los fanáticos ataques suicidas, auspiciados por líderes religiosos, dirigentes políticos y militares musulmanes que nada tenían que perder salvo su propia existencia. Una existencia por cierto, caótica e infame. El llamado Tercer Mundo ocupado por el Frente Islámico Internacional también agrupaba a millones de seres humanos sumidos en la pobreza más absoluta, sentenciados a la muerte por inanición, pandemias y enfermedades congénitas. 

 Los ataques del Islam se multiplicaron no sólo en Europa. También Norteamérica volvió a sufrir en sus carnes la ofensiva de los desesperados acólitos de Alá, que no dudaron en destruir objetivos civiles y militares en el mismo corazón de Estados Unidos. 

 El día que la Estatua de La Libertad saltó por los aires convertida en un amasijo de bronce retorcido, fue la jornada en la cual se consolidó La Gran Hecatombe. El salvajismo y el caos se adueñaron de las calles de todas las poblaciones democráticas del mundo. Miles de musulmanes que habitaban en ciudades europeas y americanas fueron masacrados en sus casas, en las calles o en las propias escuelas. Todas las mezquitas y establecimientos que olían a Islam, fueron destruidos en un aquelarre de venganza y odio imposible de frenar. 

 A pesar de los llamamientos al orden por parte de las autoridades civiles y militares, el pueblo llano se lanzó a las calles intentando exterminar por su cuenta el estigma del Mal, que ciertamente, no poseía un ejército definido a pesar que mil quinientos millones de creyentes repartidos por todo el mundo se encargaban de mantener viva la llama del odio. 

 El terrorismo de Estado y el terrorismo civil se adueñaron del planeta Tierra. Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis que presagió San Juan y que tan certeramente describiera Vicente Blasco Ibáñez en su obra homónima, galoparon y todavía galopan sin freno por un mundo que ha dejado de estar vivo y ser civilizado, para convertirse en un inmenso depósito de cadáveres cuyos verdugos enarbolan la bandera de la barbarie. 

 La vieja Europa sucumbe. La cruz está siendo vencida por la media luna, mientras los Estados Unidos se encuentran parapetados en el otro hemisferio tras las barras y estrellas de una bandera desprestigiada por los propios actos de represalia y venganza norteamericanos. 

 Si bien es cierto que las acciones terroristas provocadas por la yihad o “Guerra Santa” fueron el fulminante que hizo explotar el polvorín de Oriente Medio provocando ataques suicidas por todo el orbe y causando miles de víctimas, también lo es que fue mucha la sangre musulmana que se derramó en la primera y segunda década del milenio. 

 La operación “Libertad Duradera” iniciada en Septiembre de 2001 midió con el mismo rasero a culpables e inocentes. Cientos de miles de civiles fueron exterminados por fuego o por hambre en Afganistán, Irán, Pakistán, Irak, la franja de Gaza y demás países que formaban el marco bélico de una conflagración mundial sin precedentes en la historia de la humanidad. 

 Las poblaciones civiles siempre fueron las depositarias de toda la escoria que desprenden las guerras provocadas por los fanáticos religiosos, políticos y militares. En aquel tiempo a los civiles occidentales tan sólo les asistía el derecho a quejarse en manifestaciones pacíficas con una pancarta en la mano; hasta que estalló La Gran Hecatombe. Entonces todo cambió. Las poblaciones europeas y norteamericanas se convirtieron en manadas de lobos sedientos de sangre islámica, sin que les importara si sus portadores fueran o no terroristas. 

 La frase según la cual “el mejor terrorista es el terrorista muerto”, fue el santo y seña de millones de personas en todo el mundo occidental. La sangría humana se extendió en principio por Europa al ser el continente con mayor número de inmigrados procedentes del mundo islámico. Estados Unidos no quiso ir a la zaga y mediante asociaciones terroristas de índole civil y paramilitar, los integrantes de las mismas se lanzaron a la más sangrienta caza del hombre que jamás vieron los siglos. 

 El día que la Estatua de La Libertad despareció de New York, fue el inicio de la Gran Hecatombe. El ser humano dejó de serlo para convertirse en feroz bestia cuyo único objetivo era la supervivencia y la venganza a toda costa. Los actos civiles y religiosos a favor de las víctimas del terrorismo se dejaron a un lado para dar paso a la ley de Talión, ojo por ojo y diente por diente. 

 El territorio norteamericano fue cribado palmo a palmo por destacamentos de milicias paramilitares en busca de cualquier individuo con rasgos árabes. Poco importaba si cuando eran capturados exhibían documentación norteamericana con la cual podían certificar su nacionalidad; eso no afectaba a las patrullas ciudadanas cuyo único objetivo era no dejar ningún posible terrorista vivo. 

 El destino de los detenidos era siempre el mismo; Paliza brutal e internamiento en campos de concentración clandestinos habilitados para otorgar una muerte rápida y económica: Electrocución masiva. Cincuenta, cien o más individuos esposados a cables de alta tensión, eran pasaportados al unísono hacia el jardín de Alá sin el mínimo juicio previo. El gobierno USA estaba al corriente de tales acciones, más de igual forma las ignoró dejando vía libre a las milicias ciudadanas para que destruyeran todo vestigio islámico que pudiera estar asentado dentro del territorio estadounidense. 

 La total censura informativa se impuso entonces en la nación que siempre había enarbolado la bandera de las libertades democráticas, entre las que figuraba la Libertad de Prensa. El derecho a la libre expresión e información fue abolido parcialmente mediante una decisión conjunta del Congreso y del Senado, por la que se prohibía la difusión hacia el exterior de cualquier acto que tuviera algo que ver con la vendetta que se estaba produciendo en el interior de la nación norteamericana, no así con los actos terroristas que se producían en el país, que eran difundidos al resto del mundo a bombo y platillo. 

 La larga guerra y la posterior ocupación de Afganistán por parte de Estados Unidos y de las fuerzas de la OTAN habían causado y todavía estaban causando cientos de miles de bajas en el ejército estadounidense. La terrible recesión económica a escala mundial que se inició a finales de 2001, marcó perpetuamente al pueblo norteamericano que sabía había perdido para siempre su forma de vida, lo que le hizo sentirse acorralado tras sus propias fronteras. 

 Al comienzo del III Milenio, según datos oficiales, el total de refugiados hambrientos en todo el mundo ascendía a la cifra de cincuenta millones de seres humanos. El continente africano dividido en cuarenta y cinco países y con más de seiscientas etnias, albergaba millones de personas famélicas y al igual que África, Oriente Próximo y el Sureste Asiático, sus poblaciones se hallaban azotadas por el hambre y la miseria debatiéndose entre la vida y la muerte. China ya había blindado sus fronteras y puesto su ejército en alerta máxima. 

 Latinoamérica se retorcía impotente entre los desastres naturales, el hambre y los golpes de estado. Todo un cúmulo de desgracias que recaían directamente sobre el pueblo, carente de la más elemental de las defensas: la cultura. Los distintos gobiernos latinoamericanos más bien se preocuparon de expoliar a sus propios países, que en preparar a sus habitantes para la hambruna que se avecinaba en el mundo del III Milenio. 

 Los países sudamericanos abrieron sus fronteras y millones de personas se desperdigaron de sur a norte y por todo el mundo en busca de pan y de una vida digna. Fue como la rebelión de los esclavos. Una huida hacia delante sin que importasen las consecuencias; los esclavos creían que no estarían peor de lo que ya estaban en sus países de origen, pero se equivocaron. Estados Unidos, duramente castigado en su orgullo y en su economía por la guerra en Afganistán y las acciones terroristas en su propio suelo, les cerró las puertas. 

 A los políticos y al pueblo norteamericano tan sólo les importaba continuar regentando la política administrativa de sus vecinos sureños, pero en modo alguno solventar los problemas de subsistencia de todo un ejército de parias hambrientos. La política colonialista estadounidense propugnaba y alentaba la inmigración de los más pobres hacia otras latitudes, pero no precisamente con dirección a su frontera con Méjico. 

 La línea fronteriza de Méjico con los Estados Unidos, fue literalmente tomada al asalto por un ejército de hombres, mujeres y niños desplazados desde sus países de origen. Desde los confines de la Patagonia pasando por el altiplano andino y desde las selvas amazónicas hasta Guatemala, el flujo humano en busca del Norte se agolpó en tierras mejicanas colapsando la ya de por sí colapsada República de Méjico. 

 Desde Tijuana en la costa del Pacífico, hasta Matamoros en la orilla caribeña del Golfo de Méjico, tres mil quinientos kilómetros de frontera estadounidense fueron invadidos por un contingente de parias famélicos y desarrapados. 

 Los principales pasos fronterizos de Tijuana y Mexicali en la Baja California, Nogales en la frontera con Arizona y El Paso, Piedras Negras, Laredo y Matamoros en su línea fronteriza con el poderoso estado de Texas, se vieron invadidos de repente por millones de seres humanos que en busca de pan y trabajo, llamaban a la puerta de los ciudadanos más ricos del planeta. Fue un levantamiento civil en toda regla que se saldó con miles de muertos. A los mandatarios y al pueblo norteamericano la repentina invasión de sus fronteras les pilló de improviso, pero ello no fue óbice para que rechazasen de una forma brutal y sangrienta la ocupación extranjera. 

 El Congreso y el Senado aprobaron acatando de buen grado una propuesta presidencial mediante la cual el Departamento de Defensa se hacía cargo de la situación migratoria, con poderes absolutos para actuar militarmente en la zona conflictiva. 

 El Ejército USA y la Guardia Nacional del Estado de Texas tomaron cartas en el asunto supliendo a la Policía de Fronteras. Quince divisiones armadas con todos sus efectivos y reforzadas desde el aire por escuadrones de Caballería Aerotransportada se apostaron a lo largo y ancho de los límites divisorios de ambos países. 

 En los primeros días de ocupación fronteriza los Marines se lo tomaron como un paseo militar. Creyeron que soltando unas ráfagas al aire estaría todo solucionado, pero se equivocaron. Días más tarde sus armas automáticas tuvieron que apuntar a los desnutridos cuerpos de los invasores, sembrando de cadáveres la línea fronteriza de Estados Unidos con Méjico. 

 La CNN, exclusivista de la difusión de imágenes y noticias por televisión, cortó la emisión de programas en directo dejando al resto del mundo a ciegas respecto a la masacre que se estaba produciendo en la frontera. Sin embargo la TV azteca sí pudo emitir en directo la escabechina llevada a cabo por efectivos estadounidenses. 

 La Unión Europea tomó buena nota de tan expeditivos métodos. El viejo continente hacía años que se había convertido en la terminal de los más pobres del planeta y no sabía la forma de frenar la invasión. Las primeras oleadas de parias se lanzaron al asalto en la autopista que une Tijuana con San Diego, en la Baja California. Los primeros disparos efectuados desde territorio norteamericano fueron con pelotas de goma, botes de humo y gases lacrimógenos pero la marea humana proseguía inexorablemente su avance. 

Fue entonces cuando se recibió la orden presidencial de disparar a matar. 

(Continuará) 

LA INVASIÓN 
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martes, 9 de septiembre de 2014

LA INVASIÓN. Capítulo III


“En líneas generales, España había sido el primer y gran coladero de inmigrantes en Europa con la total colaboración del Gobierno que, mediante permisivas legislaciones, fomentó desde un principio la inmigración descontrolada otorgando a los extranjeros, derechos y prebendas que en algunos casos ni los propios españoles ostentaban” 

LA INVASIÓN 
CRÓNICA DE UN FUTURO INMEDIATO 
Capítulo III 

 Hace más de cuarenta y ocho horas que no pruebo bocado. Busco en el interior de una de las cajas de provisiones y saco lo primero que tocan mis manos. Abro unas latas de raciones de carne en conserva que engullo con frenesí y después descorcho una botella de cava apurando un largo trago. Eructo, y el sonido estomacal retumba en el interior del búnker asustando a un solitario ratón de campo con grandes y transparentes orejas, único invitado al ágape. 

 Leo la etiqueta de la botella escrita en catalán con profusión de propaganda sobre la elaboración del burbujeante producto: Sant Sadurní d´Anoia. Collita2023. La última cosecha. No habrán más. Los viñedos de las riberas del río Anoia ya no existen, así como tampoco los campos de cultivo de vides en el Penedés. La guerra química ha sembrado de ponzoña todas las tierras de España y las de media Europa. Alzo la botella en un solitario brindis mirando hacia mi amado Mediterráneo. La calcinada tierra que pisamos ya no nos pertenece. Se encuentra en poder de los invasores. 
Todo se ha ido al carajo. 

 El ratoncillo asoma sus sedosos bigotes a través de una fisura en el hormigón oteando su reducido horizonte, olfateando con avidez los restos de la comida depositada en el fondo de las latas. Vacío el contenido frente a su escondrijo. Sus ojillos rojizos me observan sin temor. Creo que es la primera vez que ve a un gigante de dos patas, pero parece encontrarse a gusto con mi presencia. Se llena de comida ambos carrillos al igual que pudiera hacerlo una ardilla, ayudándose con sus pequeñas patas delanteras. Le dejo con su festín y salgo al exterior del búnker para que me azote el viento de Tramontana. 

Trasiego el resto de cava a mi estómago y la botella vacía se hunde en las aguas del mar sin ningún mensaje en su interior. Me tiendo sobre la húmeda hierba del acantilado entornando los ojos e intento fundirme con el refulgente amanecer. Arrullado por el rugir del viento me adormezco recogido en posición fetal, deseando que mi madre la Mar me acoja y arrope en sus entrañas para siempre. Me duermo recordando los últimos acontecimientos. 
 No deseo despertar. 

 ……………………………. 

 El Almirantazgo de la U.E. creyó conveniente agrupar el cincuenta por ciento de la flota europea frente a las costas francesas e italianas, para de ese modo proteger y hacer frente al desembarco masivo de las fuerzas invasoras del Frente Islámico de Liberación en el continente europeo. Pero no hubo tiempo. La Unión Europea no funcionó con la debida celeridad en un momento clave para su existencia. La estrategia militar brilló por su ausencia y el desconcierto generalizado provocado en los sistemas electrónicos navales por la emisión de radiofrecuencias islamistas, se adueñó de los mandos de la Defensa Continental. 

 Años antes, cuando les llegó la hora de tomar decisiones importantes que afectaban a la supervivencia de los estados europeos, el Alto Mando perdió los papeles y el tiempo discutiendo en interminables conferencias sobre lo que se debía y no se debía hacer con el asunto de la ola de refugiados que invadían Europa. 

 La verdad es que los Estados Unidos de Europa jamás funcionaron conjuntamente a nivel de nación, ni tan siquiera en el ámbito de las diferentes instituciones. El peso específico de sus respectivos pasados históricos pudo más que la conciencia de colectividad con la que en un principio se quiso enmascarar la fusión política y comercial europea. 

 El pueblo alemán, como apunte anteriormente y se verá más adelante, fue el primero en levantarse tomando drásticas decisiones para salvaguardar sus fronteras, su economía y su libertad, siendo por ello vilipendiado y tachado de xenófobo por el resto de las naciones. Meses después, la Unión Europea tuvo que otorgarle la razón uniéndose a Alemania con el fin de frenar la avalancha humana procedente de los países del llamado Tercer Mundo y de los yihadistas que mediante sus actos terroristas asolaban Europa. 

 En aquellos años, el territorio español aglutinaba un treinta por ciento de población extranjera. Para los refugiados sudamericanos la única vía de escape a Europa era solicitar asilo en la Madre Patria, pero ni España ni los españoles estaban en aquellos tiempos para excesivas fiestas de acogida. Ya en la década de los noventa y hasta 2016, la avalancha humana de inmigrantes procedentes tanto de Marruecos como del resto de países africanos y sudamericanos había sido aplastante, y a la larga sus consecuencias fueron desastrosas para el resto de los españoles autóctonos que veían como su país se había convertido en una gigantesca Torre de Babel, incapaz de subsistir económicamente debido al flujo de inmigrantes indocumentados que desembarcaban constantemente en la costa española. 

 A lo largo de los años, la llegada de millones de personas en busca de pan y trabajo hizo que se colapsaran los principales núcleos de población civil e industrial. Las calles de las ciudades españolas comenzaron a poblarse con seres de todas las razas y credos que a su vez, se unieron formando comunidades cerradas en las cuales era casi imposible que las policías locales pudieran intervenir para frenar los desmanes que se cometían a plena luz del día. Las ciudades dejaron de ser seguras para convertirse en campos de batalla donde imperaba la ley del más fuerte. 

 Los ciudadanos españoles pasaron de la noche a la mañana de proclamarse antirracistas, a defender sus bienes por encima de cualquier sentimentalismo humano. La xenofobia se impuso en una sociedad que no estaba dispuesta a consentir más robos, asesinatos y violaciones por parte de cientos de miles de refugiados que habían tomado a España por un vertedero de inmundicia y a los españoles por individuos permisivos que les recibían con los brazos abiertos, consintiendo todas sus tropelías. 

 Los antiguos centros de acogida fueron clausurados y las ayudas económicas que antiguamente eran destinadas a los inmigrantes, canceladas. Tan sólo la Cruz Roja Española continuó atendiendo por un tiempo a los enfermos – que eran miles – mediante la distribución de medicamentos y raciones de comida procedentes de sus almacenes de reserva. Cuando se agotaron las existencias, Cruz Roja solicitó a la UE nuevos envíos para atender la creciente avalancha humana que se agolpaba ante las puertas de sus hospitales, pero la UE cerró el grifo. Ya lo había hecho anteriormente en el resto de Europa incluso con las ONG que ya entonces trabajaban exclusivamente a favor de los ciudadanos comunitarios, excluyendo a los inmigrantes indocumentados. 

 El caos y el miedo se adueñaron de cada rincón de España. Los levantamientos civiles se pusieron a la orden del día y al Gobierno la situación se le escapó de las manos. Los inmigrantes indocumentados que pudieron ser detenidos dentro de territorio español fueron internados en campos de concentración creados para tal fin, situados en lugares de difícil acceso y dotados con amplias medidas de seguridad.  

 A los inmigrantes que años antes se habían hecho con la nacionalidad española y por lo tanto podían ser considerados como europeos por derecho, no les cupo mejor suerte. Los guetos en las grandes ciudades comenzaron a poblarse de musulmanes en su mayor parte, puesto que los refugiados procedentes del Este de Europa fueron aceptados por el Gobierno de la nación como ciudadanos europeos y por lo tanto excluidos de la criba. 

 Como país integrante de la Unión Europea, España solicitó urgente ayuda comunitaria para frenar la invasión que se estaba produciendo a través del Estrecho de Gibraltar, pero las arcas de la UE se hallaban bajo mínimos y desde Bruselas las únicas ayudas que se recibieron fueron las de carácter militar y logístico, respecto a los movimientos de efectivos navales y tropas especialmente equipadas para la vigilancia costera, que fueron las encargadas de reprimir las oleadas de lo que más tarde se denominó La Gran Invasión. 

 Las fuerzas de la Guardia Civil que hasta entonces se habían encargado de la vigilancia de la costa española y de la captura en alta mar de embarcaciones procedentes de Marruecos, fueron sustituidas por unidades de élite tanto navales como terrestres, efectivos militares que operaban bajo la bandera de la Unión Europea. 

 Al inicio del III Milenio las pateras procedentes de Marruecos dejaban en las playas españolas un promedio de doscientos refugiados diarios. Con el tiempo las pateras fueron sustituidas por lanchas rápidas con capacidad para cien pasajeros cada una. Eran muchas las embarcaciones que cruzaban diariamente el Estrecho en viajes de ida y vuelta, originando desembarcos masivos de dos y tres mil hombres por día, que se desperdigaban a lo largo y ancho del territorio nacional, provocando una auténtica invasión de bocas hambrientas a las que les importaba bien poco la forma de conseguir algo de comida para continuar con vida. 

 También con el paso del tiempo las anteriormente llamadas, Mafias del Estrecho que operaban en territorio marroquí favoreciendo el paso clandestino de inmigrantes hacia España, fueron sustituidas por mandos militares del Frente Islámico Internacional que operaba con total impunidad en el norte de África teniendo como bases las ciudades de Tánger, Ceuta, Melilla, Túnez y Argel, así como también Trípoli y Bengasi en territorio libio. 

 El descontento y la anarquía se generalizó en todo el segmento social español y los gobiernos que se sucedieron fueron incapaces de poner orden y concierto en un país que servía de cabeza de puente a la inmigración procedente de África y de Sudamérica. La UE tomó cartas en el asunto y quiso hacer de la Península Ibérica un bastión inexpugnable a las acometidas migratorias. Para tal fin el territorio costero español se blindó, convirtiéndose en un búnker vigilado por miles de ojos y armas prestas a ser utilizadas a la mínima de cambio. 

 Se sabe que algunas lanchas rápidas armadas con misiles procedentes de Marruecos y con destino a las costas de Tarifa, fueron torpedeadas por submarinos de la UE apostados en aguas internacionales causando con su intervención cientos de muertos, pero ese detalle no frenó en modo alguno la invasión; más bien la fortaleció en su aspecto de misticismo religioso puesto que para los fundamentalistas islámicos el cruzar hacia Europa dejó de ser una necesidad individual con el fin de subsistir, para convertirse en yidah, “Guerra Santa” contra el infiel occidental. 

 El Frente Islámico Internacional se hizo cada vez más fuerte. Sus filas se incrementaron día a día con individuos agrupados en el norte de África, dispuestos a ofrecer su vida por la causa islámica en acciones de sabotaje y ataques suicidas contra objetivos occidentales. Tanto en Argelia como en Libia existían campos de acogida de refugiados, que a su vez eran reconvertidos en campos de entrenamiento para la formación de comandos terroristas y del naciente Ejército Islámico. 

 En líneas generales, España había sido el primer y gran coladero de inmigrantes en Europa con la total colaboración del Gobierno que, mediante permisivas legislaciones, fomentó desde un principio la inmigración descontrolada otorgando a los extranjeros, derechos y prebendas que en algunos casos ni los propios españoles ostentaban. 

Con el tiempo, eso hizo que el malestar y el descontento crearan en la sociedad española un caldo de cultivo que desembocó en un levantamiento civil de funestas consecuencias, con terroríficos actos de barbarie que tiñeron de sangre los campos y las calles de España. 

 El terror se adueñó de la Península Ibérica, pero aquella Era nefasta había comenzado mucho antes. 

(Continuará)  

LA INVASIÓN 
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jueves, 4 de septiembre de 2014

LA INVASIÓN. Capítulo II


Cuando en 2011 me decidí a escribir LA INVASIÓN, según parece no andaba tan descaminado en mis predicciones, a pesar que en el capítulo anterior ya advertía que mi novela no pretende ser un relato profético. Sin embargo creo que me equivoqué en mi apreciación.
La invasión musulmana ya ha dado comienzo.
Y nosotros, los infieles, ya podemos ir liando los bártulos.
O inflarlos a hostias, que es otra opción.

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Manda huevos con los putos soplapollas de la yihad, o como coño se llame el invento de esos descerebrados. A ver si ahora resulta que me he convertido en un nuevo Nostradamus, versión Blogger-Windows7. 

LA INVASIÓN 
CRÓNICA DE UN FUTURO INMEDIATO 
Capítulo II 

 Debo poner en orden mis ideas y organizar de igual modo las provisiones y el armamento. El tiempo se acaba, mi mundo se hunde, desaparece engullido por la propia incompetencia del ser humano, por la maldad que lleva consigo la guerra y también por el hambre. Los habitantes de la Tierra no hemos sabido regentar con dignidad lo que nos fue legado, y ahora los cuatro jinetes del Apocalipsis galopan desenfrenadamente a través de nuestro planeta sumido en la barbarie. 

 Vacío sobre el suelo del búnker el contenido de todas las cajas que pude requisar en lo que días antes fue un apacible y bello pueblo mediterráneo. Tuve que abrirme paso entre montones de cascotes, escombros y cadáveres hasta llegar al centro comercial de la población, hoy en día destruida y calcinada por un misil islámico. 

 Hago recuento de víveres, armas y municiones. Dispongo de lo suficiente para resistir largo tiempo sin necesidad de regresar al pueblo pisoteado por la guerra. Hurgando entre los diferentes artículos seleccionados en mi requisa, mis manos tropiezan con un teléfono móvil. Asqueado, lo arrojo por el acantilado. Para nada me sirve ya. Los satélites de comunicaciones han dejado de ser operativos. 

 Bien es cierto que los seres humanos jamás nos comunicamos entre nosotros mismos. De nada nos sirvió poseer una sofisticada red de comunicaciones. No supimos acertar con la clave de acceso a la comunión colectiva de la Conciencia Universal. La Humanidad en bloque se parapetó tras sus propios errores, negándose a regenerar su proceso evolutivo. 

 Mis ojos recorren la línea del horizonte, intentando descubrir algún resto del último combate naval que se ha librado en estas aguas, pero nada rompe la superficie del mar. No existe el menor indicio de la atrocidad provocada por el hombre en ese mismo escenario, hace escasamente dos días. El Mediterráneo asistió como testigo de cargo, mudo e impotente, al mayor enfrentamiento naval de la Historia. 

 La Armada de la Unión Europea luchó hasta la extenuación contra las Fuerzas Aéreo-Navales del Frente Islámico Internacional, pero tras cinco horas de combate sucumbió ante el potencial ofensivo, técnico y humano de las fuerzas de ocupación. Mientras tanto, la Armada de los E.E.U.U. permaneció guarecida en sus aguas territoriales en estado de máxima alerta, y la Royal Navy se apostó en el Canal con el fin de frenar un más que posible desembarco de tropas islamistas en territorio inglés. 
 Pero ninguna de las dos Armadas acudió a prestar ayuda en el Mediterráneo.  

 La Armada de la Unión Europea para su defensa en el Mediterráneo sólo contó con escasas unidades navales francesas, italianas y españolas. La descoordinación de sus respectivos mandos operativos con bases en Tolón, La Spezia y Cartagena, fue crucial a la vez que caótica puesto que las Fuerzas Aéreo-Navales del Frente Islámico Internacional utilizaron un novísimo emisor de radiofrecuencia que inutilizó por completo los sistemas electrónicos de defensa y ataque de la Armada Europea. 

 De la hecatombe naval tan sólo se salvó la Deutsche Marine de la República Federal de Alemania. Los científicos de la flota submarina alemana con bases en Rostock, y Kiel en el mar Báltico, y Bremerhaven y Wilhelmshaven en el Mar del Norte, desarrollaron in extremis un inhibidor de radiofrecuencia naval, que a pesar de no ser operativo para los buques que navegaban en superficie, sí lo era con los submarinos que patrullaban sumergidos en aguas próximas a las bases navales de Rostock, Kiel y Bremerhaven. 

 En el año 2013, la Deutsche Marine tan sólo contaba con cuatro unidades U-Boote de la clase 212 (212A): U31, U32, U33, U34, submarinos convencionales no nucleares propulsados por motores Diesel de quinta generación, reforzados con un sistema adicional de propulsión independiente de aire (AIP), que utilizaba una membrana de intercambio de protones en células de combustible alimentadas por hidrógeno. 

 Sin embargo anteriormente, concretamente el 3 de Junio de 2012, el semanario alemán “Der Spiegel” denunció y con pruebas irrefutables que el Gobierno, en aquellos años presidido por Ángela Merkel había fabricado en los astilleros de Kiel tres unidades de submarinos de la clase Dolphin, una versión muy modificada del U-Boot 209 armados con cabezas nucleares. Estas unidades fueron entregadas al Gobierno de Israel dotando de esta forma a la Armada israelí de capacidad atómica. 

 El 7 de Mayo de 2020, coincidiendo curiosamente dicha fecha con el 75 Aniversario del fin del III Reich, la derrota de Alemania y el fin de la II Guerra Mundial, la República Federal de Alemania se retiró de la Unión Europea. La locomotora económica que había impulsado el desarrollo europeo, frenó en seco su trayectoria. Desde aquel mismo instante Alemania se rearmó y blindó sus fronteras. 

 Hoy en día el continente europeo a excepción de Alemania, se encuentra a merced de las hordas invasoras del Frente Islámico de Liberación, mientras su Ejército del Sur con bases en Marruecos, Argelia, Túnez y Trípoli, más las tropas formadas por el Ejército de Oriente, avanzan inexorablemente desde los confines de Arabia y Asia Central arrollándolo todo a su paso. 

 En Oriente Próximo el Estado de Israel todavía permanece agazapado en Jerusalén, Tel Aviv y Haifa, a pesar que dicho puerto fue destruido en su totalidad por misiles del Frente Islámico Internacional. Como único baluarte de defensa y ataque israelí, sólo queda la mítica e histórica fortaleza de Masada, a orillas del Mar Muerto, lugar en el cual se encuentran situadas y activadas doscientas cabezas nucleares, preparadas para ser lanzadas al unísono rumbo a los cuatro puntos cardinales. 

 El Frente Islámico Internacional era sabedor del peligro que se cernía sobre la meseta de Masada y permaneció a la expectativa sin atacar objetivos israelíes. Cuando el puerto de Haifa fue destruido, el Estado de Israel advirtió que el lanzamiento de un nuevo misil islamista sobre territorio israelí bastaría para desencadenar un lanzamiento masivo de misiles nucleares. De pulsarse el botón de lanzamiento, todas las poblaciones y territorios situados en un círculo de 1.500 kilómetros, quedarían totalmente irradiados. Sería el fin para el Frente Islámico y un nuevo y definitivo Holocausto para el pueblo judío. 

 La fortaleza de Masada fue y continúa siendo el lugar del primer holocausto judío habido en el año 73 de nuestra Era, cuando Eleazar ben Yairun, un rebelde zelote, reunió a sus huestes y les propuso suicidarse para evitar ser hechos prisioneros de Roma. Debido a tal circunstancia histórica, Masada ha sido el lugar de juramento de lealtad para las tropas del ejército israelí, donde sus efectivos militares proclaman a voz en grito: ¡Masada no volverá a caer! 

 Pero casi toda Europa sí que ha caído. Millones de bocas famélicas se han unido, formando el mayor contingente armado que ha existido a través de los siglos. El jinete apocalíptico de La Guerra, galopa frenéticamente huyendo del hambre y de la miseria, en pos de los derechos humanos y del pan y la sal que la sociedad occidental les negó en su día. Para ellos ha llegado la hora de la venganza. 

 En el nombre de Alá, cientos de miles de yihadistas bajo el lema de Guerra Santa, y otros tantos millones de seres humanos movidos simplemente por fanatismo religioso y el hambre que corroía sus entrañas, han invadido la vieja Europa. 

 Millones de parias abandonaron estériles campos y se lanzaron a la conquista de su libertad. La masa de corderos sojuzgados se convirtió en una temible manada de lobos sedientos de sangre, pero en su agrupación y posterior organización no figuró un líder que pudiera ser definido como tal, a pesar que a comienzos del Tercer Milenio Ussama Bin Laden fue el principal catalizador de la guerra, y su captura y ejecución por efectivos norteamericanos, el germen que años después hizo explotar La Gran Hecatombe. 

 La precisa sincronización y efectividad de sus posteriores ataques a la sociedad occidental, ya no precisó de líderes políticos o religiosos. El peligro hace que se agrupe la manada. Los lobos atacan. 
Su líder es Alá y el Hambre. 

 La invasión de Occidente fue un proceso de evolución lento y larvado.  
El caldo de cultivo fraguado durante decenios en el laboratorio democrático del llamado mundo libre, alcanzó al fin su punto máximo de ebullición cuando el bien nutrido hombre occidental forzó la máquina, obligando a los parias de la Tierra a apretarse el cinturón un punto más allá del límite aconsejable. 

 El poder económico de la Unión Europea, conjuntamente con la tradicional soberbia imperialista de los Estados Unidos de América, aplastaron sin piedad a un Tercer Mundo que hacía siglos se estaba debatiendo entre la vida y la muerte. Fue entonces cuando millones de seres humanos se alzaron desde el fondo de sus pozos de hambre y miseria, negándose a continuar viviendo bajo encubiertos estados de esclavitud democrática. 
 La democracia no otorga gratuitamente el pan. 

 Sin embargo el Frente Islámico Internacional supo fundir la miseria y el hambre, paliándolas mediante la Guerra Santa. Les ofreció pan, armas y el premio del Paraíso si morían en combate luchando contra los infieles de Occidente. Idéntica versión de Las Cruzadas promovida siglos atrás por el Vaticano, con la diferencia que actualmente las tropas islámicas no hacen prisioneros. Los degüellan.

Años más tarde las larvas eclosionaron, dejando volar en libertad a las crisálidas de la muerte. Nacía el conflicto Oriente-Occidente. 
…………………  

 El viento de Tramontana ruge barriendo la costa oriental española. Su rugido es como un gran lamento que se amplifica por el espacio y sobre las olas de lo que un día, dicen, fue la cuna de la Civilización. Una civilización que jamás hizo honor a su nombre. Siempre nos estuvimos matando como perros hambrientos en pos de un trozo de pan o en el nombre de nuestros dioses. Jamás fuimos civilizados. 

 La quijada de asno que se alzó hermano contra hermano en los primeros compases de la narración bíblica, todavía permanece suspendida en el aire. Llevamos el mal impreso en nuestros genes desde el principio de los tiempos y morimos aferrados al mismo mal cuando nos llega la hora de partir hacia la muerte, rumbo a lo desconocido. 

 Nuestro mundo siempre ha sido un semillero de violencia. Perdido en el extrarradio de la galaxia, el planeta Tierra se ha caracterizado desde sus orígenes por albergar una raza de seres cuyo único objetivo ha sido la supervivencia física, aun a costa de la destrucción de su hábitat y de su propia especie. 

 La madre Tierra nos avisó con tiempo. Al principio del Tercer Milenio sus entrañas se abrieron provocando seísmos de gran magnitud, erupciones volcánicas, maremotos, inundaciones y terribles sequías. Los efectos conjuntos de sus avisos causaron millones de muertos, mas a pesar de ello los seres humanos proseguimos con nuestra labor destructiva. 

 Machacábamos el suelo que nos albergaba y continuábamos sangrando a nuestra propia especie, devorándonos los unos a los otros en cientos de guerras fratricidas, convirtiendo nuestra existencia en un acto de canibalismo cósmico. Fue el principio del fin. La llegada del Tercer Milenio tan sólo significó un cambio cronológico según las pautas marcadas por el calendario cristiano, pero estuvo muy lejos de significar un cambio en las estructuras mentales de la humanidad que disfrutaba del poder económico. 

 Una humanidad marcada a fuego por las profundas desigualdades sociales entre los pueblos. La dualidad entre países ricos y pobres acrecentó el odio y fomentó la guerra. Tres cuartas partes de seres humanos vivían en naciones azotadas por el hambre y la miseria, obligando a sus habitantes a subsistir con rentas ínfimas. Dentro de esas mismas naciones, las enfermedades endémicas causaban estragos entre poblaciones que no sabían cómo despojarse del fantasma de la pobreza congénita.  

 Más de novecientos millones de personas pasaban hambre y quinientos millones se alimentaban bajo mínimos. La bandera del hambre se alzó sobre los pueblos del Tercer Mundo y el estandarte de la guerra fue enarbolado por millones de hombres hambrientos de pan y sedientos de justicia. Alentados por el Islam, más de mil millones de seres humanos se pusieron en pie de guerra. 

 Esos millones de parias y fanáticos religiosos ya están aquí. Han desembarcado en las costas mediterráneas y sus divisiones acorazadas ruedan frenéticamente hacia el corazón de Europa destruyendo a su paso todo signo de vida. 
La barbarie está servida. 
El viejo continente sucumbe. 

 Por donde pisan las orugas de sus carros de combate, jamás volverá a crecer la hierba. 

(Continuará) 
LA INVASIÓN 
Copyright © 2014 José Luís de Valero. 
Todos los derechos reservados.

lunes, 1 de septiembre de 2014

LA INVASIÓN. Capítulo I


Hace unas semanas me despedí de vosotros anunciando que a mi regreso, posiblemente lo haría con una serie de vídeos de creación propia titulados EMITIENDO EN LOS ULTIMOS DÍAS, basados en una crónica hipotética y demencial. 

Pero lo cierto es que no he grabado dicha serie. Simplemente me he permitido grabar un breve vídeo de presentación, puesto que el guión original pertenece a una novela de creación propia que inicié en 2011 y que acabo de concluir y registrar en el presente año. Como adelanto os ofrezco el inicio y un fragmento de texto correspondiente al Capítulo III. 

 “En aquellos años, el territorio español aglutinaba un treinta por ciento de población extranjera. Para los refugiados sudamericanos la única vía de escape a Europa era solicitar asilo en la Madre Patria, pero ni España ni los españoles estaban en aquellos tiempos para excesivas fiestas de acogida. 

Ya en la década de los noventa y hasta 2016, la avalancha humana de inmigrantes procedentes tanto de Marruecos como del resto de países africanos y sudamericanos había sido aplastante, y a la larga sus consecuencias fueron desastrosas para el resto de los españoles autóctonos que veían como su país se había convertido en una gigantesca Torre de Babel, incapaz de subsistir económicamente debido al incesante flujo de inmigrantes indocumentados que desembarcaban constantemente en la costa española. 

A lo largo de los años, la llegada de millones de personas en busca de pan y trabajo hizo que se colapsaran los principales núcleos de población urbana e industrial. Las calles de las ciudades españolas comenzaron a poblarse de seres de todas las razas y credos que a su vez, se unieron formando comunidades cerradas en las cuales era casi imposible que las policías locales pudieran intervenir para frenar los desmanes que se cometían a plena luz del día. Las ciudades dejaron de ser seguras para convertirse en campos de batalla donde imperaba la ley del más fuerte. 

Los ciudadanos españoles pasaron de la noche a la mañana de proclamarse antirracistas, a defender su vida y sus bienes por encima de cualquier sentimentalismo humano. La xenofobia se impuso en una sociedad que no estaba dispuesta a consentir más robos, asesinatos y violaciones por parte de cientos de miles de refugiados que habían tomado a España por un vertedero de inmundicia y a los españoles por individuos permisivos que les recibían con los brazos abiertos, consintiendo todas sus tropelías.” 

Si visualizáis el vídeo, podréis comprobar que es el arranque de una crónica narrada en primera persona, y a pesar que yo soy un mal actor, quizá intuyáis el desarrollo y desenlace de los acontecimientos.

   

LA INVASIÓN 
CRÓNICA DE UN FUTURO INMEDIATO 

NOTA DEL AUTOR 

Mi intención al escribir LA INVASIÓN, no fue precisamente la de unirme a la masa de escritores que redactan sus textos bajo patrones político-ético-literarios perfectamente establecidos, dentro y para la sociedad en la que vivimos. El contenido de este libro – salvo datos históricos y puntuales recogidos a última hora – es pura ficción literaria, pero los actos que en él acontecen son situaciones que más mal que bien podrían desarrollarse en un futuro inmediato. Y espero equivocarme. 

Posiblemente también, en mi navegar literario me salga de los márgenes establecidos por los editores que a la postre, son los que tienen la sartén por el mango y los únicos responsables junto con el autor, de la publicación y el contenido ético de una obra cuya difusión pueda suscitar polémicas o soliviantar a un sector mayoritario de lectores. 

Si esto ocurre, editor y autor pueden darse por muertos – comercialmente hablando – o bien con su temeraria acción de exponer a la luz un texto tabú, se encontrarán inmersos en juicios de valor, suscitando con ello controversias de la más variada índole. Me consta que mis detractores formarán legión, pero yo no he escrito este libro para congraciarme y bailarle el agua a una mayoría de lectores, y sí para profundizar sobre un tema espinoso como lo es la inmigración y la saturación y ocupación indiscriminada en España y en el resto de Europa de elementos foráneos, y las posibles consecuencias que puedan acarrear tales actos dentro de unos años. 

Por supuesto, LA INVASIÓN no pretende ser un libro profético. Más bien es una hipotética conjetura que he formado a tenor de los acontecimientos que se han producido y siguen produciéndose a lo largo y ancho del continente europeo. El argumento de este libro es mera hipótesis especulativa, aunque no exento de cierta amenaza latente. 

José Luis de Valero. 

LA INVASIÓN 
CRÓNICA DE UN FUTURO INMEDIATO 
Copyright © 2014 José Luís de Valero. 
Todos los derechos reservados. 

Capítulo I 

Base Naval en el Mediterráneo, CARTAGO UNO. 
Enero de 2025. 

Soy corresponsal de guerra y escribo mi última crónica sabiendo que nadie leerá estas páginas. Ningún ser humano se acercará mañana al puesto de periódicos más cercano, ni conectará su ordenador portátil para informarse de las últimas noticias acerca de los terribles acontecimientos mundiales que están desarrollándose sobre la faz de la tierra. 

Las viejas rotativas hace años que dejaron de girar sobre sus ejes y los satélites de comunicaciones han dejado de ser operativos. Creo que hasta nuestro propio planeta se ha detenido en el espacio, expectante, intuyendo que de una vez por todas se verá libre de la presencia del ser humano sobre su castigada corteza terrestre. 

Las últimas páginas de mi diario están en blanco, al igual que mi mente que lucha desesperadamente para procesar todo lo acontecido. Para acabar de rellenarlo deberé continuar recordando fechas, datos, lugares y personas. Toda una vida de lucha y fracaso; una guerra abierta y frontal contra mi destino en busca de lo ignorado, de lo imposible. A solas con mi cerebro, dañado ya de tanto recuerdo inútil. Esfuerzos baldíos, chatarra cósmica que se reciclará cuando todo acabe con el gran estallido de la muerte física. 

Necesito descansar definitivamente. Estoy llegando al límite de mi organismo biológico y si por mí fuera, habría acabado voluntariamente con mi tránsito por este planeta maldito. Pero no quiero desertar. Sería como reconocer mi derrota ante las circunstancias adversas que se me han impuesto desde la misma fecha de mi nacimiento. Una y mil veces me he lanzado a tumba abierta buscando el ansiado fin, inconscientemente, como alocado, pero en el último momento siempre hubo algo que tiró de mí haciéndome volver a mis cabales. 

El eterno combate hombre-destino, que nos marca a fuego durante el ciclo vital de nuestra existencia en la Tierra. El porqué y para qué de la Vida. Preguntas sin respuestas que se suceden inexorablemente con machacona insistencia y a las que nadie que yo sepa, ha podido dar una respuesta aceptable si exceptuamos a los sacerdotes de cualquier religión, que ellos sí tienen respuestas para todo lo divino y humano. Son los grandes gurús del pensamiento, la voz de los dioses, los infalibles, los pastores que cuidan el rebaño humano. 

Yo estuve a punto de ser uno de ellos pero me desprendí del cayado y desenterré el hacha de guerra. De todas formas y por mi carácter, no hubiese sido un cura respetuoso y sumiso con los preceptos emanados desde el Vaticano y a buen seguro, la excomunión hubiera marcado mi fin como clérigo. 

“En el nombre de Dios”. Así comienzan los ritos en casi todas las confesiones religiosas, pero... ¿Quién es Dios?... ¿Dónde está Dios?... ¿Este planeta le pertenece?... ¿Somos nosotros, míseros humanos, el fruto de su Creación Cósmica?. Cientos de preguntas. Respuestas convincentes, cero. 

Sólo sé que el Séptimo Sello ha sido abierto. Los Ángeles del Apocalipsis ya están aquí, y en el nombre de Alá sus divisiones acorazadas se han hecho con el control de Oriente y de la vieja Europa. 

Por lo tanto nuestro presente como criaturas cósmicas se me antoja ciertamente nefasto y lo que pueda ocurrir después de la muerte, es todavía si cabe más ignoto. No hay respuestas desde el Más Allá. 
Elevamos nuestra mirada al cielo en busca de ayuda, pero no existen comunicaciones verbales con el Creador Universal. 

Dios no habla. El hombre está solo, perdido en el espacio infinito.

 ……………………… 

Base Naval en el Mediterráneo, CARTAGO UNO. 
Febrero de 2025. 

Las notas musicales de J. S. Bach - "Jesus bleibet meine Freude" BWV 147 se expanden en el interior de mi habitáculo. Bach es supremo, milagroso para mi espíritu. Me siento atrapado por esa música que parece surgir de los abismos siderales, aplacando los sentidos y dando sosiego a mi alma. Mi cuerpo se relaja y mi ego interno me lo agradece. 

Me elevo, floto en el espacio, me convierto en aire, en bruma, en bosque, en mar y por un momento creo que estoy fundido con la Creación. Mero sueño, momento efímero que sin embargo paladeo con delectación como si fuera la última vez que pudiera saborearlo. Mis ojos se humedecen. Siento el fluir de mis lágrimas bajando lenta, muy lentamente, hasta que se remansan en mi rostro. Música de las Estrellas, del Universo, para un pobre diablo que como yo, está atrapado en tres malditas dimensiones y quiere escapar de ellas. 

Me llaman..., mi Patria lejana me llama. Sus sonidos tan lejanos, debilitados no tanto por su lejanía sino por el desconocimiento de la Verdad Absoluta, me protegen, me arropan dándome a entender que no estoy solo en el infernal caos de la primitiva existencia que me está envolviendo como un sudario. Deseo ser libre de mente y de espíritu. No acepto más ligaduras. Me rebelo contra mi destino en la Tierra. 

Estoy sediento de un Amor que no se otorga en este planeta. Añoro a mi gente ausente, que no muerta. Ellos llegaron ya a mejor lugar, más allá de las estrellas, reintegrados al combate, a la lucha, construyendo nuevos mundos para que nuestra Esencia no perezca. 

Me ha tocado la peor parte; cubrir la retirada, narrar los acontecimientos, vigilar los flancos, ser testigo del holocausto final. Como le sucedió a mi abuelo allá por el año 1939 en la frontera franco española. Pero yo tendré mejor suerte. No caeré prisionero del vencedor porque aquí dentro de poco nadie podrá enarbolar el estandarte de la victoria. 

Si alguno de nosotros queda vivo, su botín será un mundo en llamas, calcinado, yermo. Nos lo hemos ganado a pulso. No se efectuarán desfiles victoriosos al paso alegre de la paz, ni los políticos homicidas arengarán a los ejércitos en pos de nuevas batallas y botines de guerra. Todo acabará pronto...... Espero que muy pronto. 

A través de mi casamata atisbo el azulado horizonte todavía limpio, nítido y refulgente. Mi mar..... mi amado Mediterráneo bonancible a veces, tempestuoso otras, ruge ahora como un león herido de muerte. Ambos tenemos las horas contadas. Pereceremos juntos, fundidos en fraternal abrazo, envueltos entre toneladas de blanca espuma..... 

Bach se aleja, huye del caos. No desea presenciar el holocausto final. 
El sonido de su música se extingue en el amanecer. 

Copyright © 2014 José Luís de Valero. 
Todos los derechos reservados. 

(Continuará)