El presente título, subtítulo y texto pertenece a uno de los veinte relatos que contiene mi libro CRÓNICAS DE MESA Y MANTEL. Una recopilación de anécdotas, algunas por mí vividas, observadas y otras de igual modo imaginadas, teniendo como escenario cualquier comedor de hotel, restaurante, mesón, tasca o figón de Madrid.
Copyright © 2010 José Luís de Valero.
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GENTE MAJA
No son gente guapa. Son gente maja, que el adjetivo calificativo es muy diferente en su significado en cuanto respecta a mis protagonistas.
Entre los dos pueden sumar siglo y medio, pero poseen una marcha anímica que para sí la quisieran más de uno y más de dos gaznápiros veinteañeros recién salidos del huevo paterno, de esos y esas que con ombligo al aire, tetas sueltas y pelo engominado se creen los amos del cotarro.
Ella y él son diferentes. Pertenecen a otra generación que resurge de lejanas galaxias; vienen de otros confines universales y no les duelen prendas el pregonarlo a los cuatro vientos para dar con su testimonio de amor un palo en los morros a más de uno. Y si digo que ella y él son diferentes es debido a que poseo la evidencia de su paso por mi vida.
El canoso cabello de ella resplandece igual que una ígnea llama blanca que viento se niega a extinguir a pesar de los años que lleva ardiendo sobre su cabeza. Y él, con una sonrisa de bien nacido la observa embelesado pendiente del menor de sus gestos.
Para mí, que de gestos y arrumacos doctorado estoy, esta pareja viene a ser como Los Últimos de Filipinas o si se quiere rizar el rizo, la quintaesencia del amor en estado puro y posiblemente en fase terminal, pero con un par de huevos y también de ovarios que para sí los quisieran muchas de las parejas de hoy en día. Y lo demuestran besándose en público con incontrolado frenesí. No se avergüenzan de ello a pesar de los cuchicheos del resto de comensales.
Lo cierto es que desde hace un mes, ellos dos comen a mi vera casi codo con codo, próximos a mí en esencia y espíritu y oyéndoles hablar en susurros entre veladas frases y arrumacos, me siento de algún modo hermanado a ellos al intuir sentimientos afines puesto que también yo acumulo años y sabido es que los sentimientos añejos se asemejan y tienden a juntarse.
Pero yo como solo, sin nadie a mi vera.
Yo no sé de ellos ni de sus nombres, ni de sus circunstancias, ni cómo el destino benigno o cruel, incierto y espasmódico les ha reunido en una mesa próxima a la mía, pero les veo comer con alegre apetito incluso a veces vorazmente sabedores que aquél puede ser su último bocado.
A pesar de ello saborean los alimentos, el champán y el licor de manzana que les sirven a los postres con no disimulada delectación, mirándose fijamente a los ojos en un susurro anímico, comulgando al unísono con la mirada el uno con la otra o la otra con el uno, que para el caso es lo mismo.
Entre tanto en mi mesa aparecen cual milagro manjares que el bueno de Pepe me ofrece solícito y siempre atento a cualquier manía gastronómica que pueda ocurrírseme.
Propietario, camarero o no sé qué ni me importa su grado de servicio al cliente, diariamente reposta mi estómago mas no mi alma, que ésta no se alimenta con viandas terrenas y hoy se halla al igual que ayer, huérfana de afectos cercanos añorando su otra mitad, quizá lejana en el espacio físico pero próxima en el plano anímico.
Entre masticación y deglución me emociono al contemplarlos. Son los últimos gladiadores de una generación que lucha a brazo partido contra el destino que irónicamente nos conduce a todos hacia la propia muerte. Un destino que les ha unido y que a la postre les separará en la vida física con el cruel zarpazo de la muerte orgánica, desperdigando sus cenizas al viento pero dejando que en el aire perdure para los restos la fragancia del amor que se profesaron en vida.
Y eso no se lo llevará la muerte.
A pesar de todo, él o ella, ella o él sabedores del final de los tiempos, estoy seguro que paladean el placer físico de la carne y también el placer de la buena mesa hasta el postrer segundo, hasta el finiquito de los mágicos momentos que pueda otorgar una taza de café tras el postre, y un licor de manzana compartido sorbo a sorbo como lo han hecho casi todo y siempre en la vida, compartiendo aunque fuera a ratos, su propia existencia.
El viejo mesón asturiano de Argüelles nos acoge, nos aglutina. Es una especie de batidora que nos mezcla preparando el ágape ante nuestro definitivo arribo a la estación término. Y ahí estamos nosotros, aposentados cómodamente aguardando el hachazo final que nos reintegrará a nuestros orígenes, quizá a una nueva vida lejos de nuestra amada tierra.
Hace exactamente un año, en este mismo lugar yo dialogaba en mudo circunloquio con una astada calavera de ciervo que pendía y todavía pende en una de las paredes del comedor-refugio de gente maja, que no guapa, aunque algún pelanas con ínfulas se cuele de vez en cuando entre sus muros alborotando el gallinero y provocando malas digestiones al personal.
Entonces, digo, estaba acabando de escribir un libro y me acuerdo que aquel día de monólogo interior con la testa del finiquitado ciervo, se me empañaron los ojos de emoción al transcribir, rectifico, al intentar resumir con y en la distancia que otorga el tiempo y el espacio y mediante una servilleta de papel, el monólogo interior que me dictaba aquél descarnado ciervo que me contemplaba impávido desde más allá de la muerte.
El astado no contestó a todas mis preguntas, al menos auditivamente no pude apreciarlo. Simplemente me observó desde sus descarnadas cuencas vacías de toda luz, dándome a entender que la forja del amor sólo se consigue mediante la convivencia y la humanidad compartida sorbo a sorbo.
-“Viene a ser – dijo – como un toma y daca o como compartir en buena compaña la calada de un cigarrillo.“
Ahora ella, cabello canoso ondeando al viento, apura un trago de café que absorbe con incontrolado deleite y aspira una calada de cigarrillo con la veterana voluptuosidad que le otorgan los años vividos en comandita.
Él no fuma pero inhala de igual modo con arrebato las volutas que emergen de los labios de su compañera semejantes a las fumarolas de un volcán a punto de entrar en erupción.
Se miran, se observan casi a hurtadillas. Sonríen. Son cómplices.
Me consta que se amarán más allá de la muerte.
Se levantan de la mesa, abandonan el campo cogidos de la mano como un par de adolescentes, arrullándose y dándose ánimos cual golondrinas que emprenden vuelo rumbo a lejanos y desconocidos parajes. Se alejan. Su esencia parece desaparecer, se esfuma tras ellos aunque algo imperceptible queda flotando en el ambiente del viejo comedor asturiano.
La mesa queda vacía. El mantel ha sido retirado por el bueno de Pepe, el paciente y buen camarero o yo qué sé lo que es el hombre en el negocio.
Pero ahí queda escondida en la penumbra la esencia del amor, el perfume de la vida que se esparce entre mi cuerpo, me impregna y de algún modo me prepara para afrontar con dignidad mi camino en solitario hasta la hora final.
Por ello prosigo escribiendo, intentando desgranar mi alma letra a letra, folio a folio, robándole segundos a la muerte, intentando plasmar sentimientos, fundiéndome con los restos de dos vidas anónimas que envejecen al unísono, queriendo y sin querer abandonar la vida, aferrándose con determinación numantina a los últimos rayos de luz y de calor que nos otorga el astro rey que de igual forma, con el paso del tiempo, fenece lentamente en el espacio.
Y mientras tanto el que suscribe, también se aferra cual náufrago a una quimérica tabla de salvación que sólo se consigue alcanzar habiendo franqueado previamente las barreras que dan paso al amor compartido.
A pesar de ello y aún habiéndolas traspasado, este día Navidad, continúo comiendo solo.
José Luis de Valero
Madrid-Argüelles, Diciembre de 2003
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El primer capítulo que os ofrecí de este libro fue hace cuatro años y se titulaba EL MENÚ DEL DÍA , bastante más largo y jocoso que el presente.


