lunes, 21 de abril de 2014

RELATOS DE CEMENTERIOS, CADÁVERES Y APARECIDOS


Hace más de un mes que las calderas de este Infierno permanecen simplemente en estado de mantenimiento, y ello se ha debido a que el fogonero mayor, o sea quien suscribe, ha sido sometido a una revisión a fondo en ambos periscopios oculares, por lo cual me he abstenido de encender la pantalla y pulsar este artilugio llamado Windows. 

De vuelta a la normalidad, reinicio. Y en principio lo he hecho grabando el vídeo que podéis ver a continuación; DESDE MI BÚNKER Capítulo XVI antes de, si os atrevéis, comenzar a leer este post, Como ya os indico en el vídeo, podéis leerlo de golpe o bien por entregas, eso dependerá del tiempo que dispongáis para hacerlo.


DESDE MI BÚNKER Capítulo XVI por devalero

RELATOS DE CEMENTERIOS, CADÁVERES Y APARECIDOS. 
 LA HERENCIA DEL TÍO BAYO 

 Tal y como le comenté en mi último post a Marybel Galaaz , a mí me agrada evocar el pasado, los viejos recuerdos archivados en mi mente, antiguas consejas y dichos de los abuelos relatados al amor de una lumbre mantenida y avivada con sarmientos, escuchar el crepitar del fuego, observando el gato acurrucado a su vera y escuchando su ronroneo mientras mi abuelo, tras liar un cigarrillo de Ideales relataba la historia de “Los Diablicos”, apodo con el cual se conocía a una familia que existió a principio del siglo XX en la población de Alfamén, provincia de Zaragoza. 

Su comentario me dio pié a recuperar ese archivo de mi mente, puesto que en su día lo plasmé por escrito en una novela que titulé RELATOS DE CEMENTERIOS, CADÁVERES Y APARECIDOS. Este post precisamente trata sobre lo que le sucedió a esa familia. Un relato veraz con personajes reales de carne y hueso y sin seres sobrenaturales ni fantasmagorías de por medio. 

Su historia y lo que ocurrió debe constar, supongo, en los archivos parroquiales, puesto que el párroco tuvo bastante que ver con los acontecimientos que se produjeron. En el año 1995 cuando estaba estructurando la novela, quise indagar "in situ" e intenté acceder al archivo, pero no se me concedió el oportuno permiso. Alegaron que los archivos a los cuales me refería, habían sido destruidos en la Guerra Civil, pero eso era totalmente falso, porque antes, durante y después de la guerra, uno de mis tíos era y fue alcalde de Alfamén. 

Y me juró por sus muertos, que en dicha población no hubo ni un muerto ni existió ningún expolio parroquial. Por lo tanto a ti, Marybel, te doy las gracias por hacerme recordar, que no olvidar, mis viejos escritos y como prueba de mi agradecimiento, te dedico este post. 

Capítulo de mi novela 
RELATOS DE CEMENTERIOS, CADÁVERES Y APARECIDOS 
Copyright © 2001 José Luís de Valero 
Todos los derechos reservados 

LA HERENCIA DEL TÍO BAYO 

Los hechos que se relatan en la presente historia se desarrollaron en el primer tercio del pasado siglo en el pueblo de Alfamén, localidad eminentemente agrícola y ganadera perteneciente a la provincia de Zaragoza. Esta pequeña población se halla a caballo entre Longares, en la carretera que discurre hacia Valencia, y La Almunia de Doña Godina, situada ésta en el antiguo Camino Real – hoy llamado la N-II – que conduce a Madrid. 

Un rectilíneo camino de herradura unía ambas poblaciones y a la mitad del mismo se hallaba y todavía se halla, a Dios gracias, Alfamén, asentamiento humano cuyos orígenes se pierden en la noche de los tiempos. No quiere decirse con ello que hoy en día los habitantes de Alfamén puedan presumir de un significativo pasado histórico mostrando importantes o altivos monumentos pétreos, mudos testigos de su historia. 

Más bien al contrario, ya que en aquellos lejanos tiempos el pueblo se estiraba indolentemente en la llanura mostrando sus casas de piedra caliza y adobe encalado, siendo el campanario de la iglesia parroquial el punto más alto de referencia que tenían los labriegos para orientarse en campo abierto. 

Alfamén se encuentra situado en el centro de una fértil dehesa – ayer de secano, hoy en día convertida en regadío – en medio de soledades esteparias, con calores de bochorno en el verano y crudos y helados inviernos favorecidos por los gélidos aullidos del cierzo que barre sin piedad trigales y viñedos. En aquellos años sus habitantes iban a juego con el clima. En primavera y verano se mostraban afables y jacarandosos, mientras que llegando el otoño sus rostros y formas de comportamiento transmutaban, adquiriendo la tosquedad propia del tronco de olivo viejo. 

Cuando el invierno llamaba a la puerta, las gentes se encerraban en las cocinas de sus casas al amor de la lumbre alimentada por los miles de de sarmientos que les proporcionaban los viñedos existentes en la zona. Recios caldos por cierto, que junto al buen pan que se cocía en sus hornos y los mejores corderos que pastaban en sus rastrojos, componían mayormente la dieta de los alfameneros sin olvidar la borraja, suprema verdura aragonesa, manjar exquisito donde los haya. 

Una tarde de crudo invierno la Pilarica, hija mayor del Tío Bayo, se encontraba precisamente pelando y limpiando una fuente de borrajas en la cocina de su casa, situada en el centro del pueblo. La cocina-comedor siempre fue en los pueblos de Aragón la estancia más concurrida de todos los aposentos. Dos grandes bancos de madera situados frente a frente, escoltaban la chimenea de obra o de hierro en la cual se cocían y asaban los alimentos que consumía la familia. 

El Tío Bayo, apellido y también apodo por el cuál era conocido en todo el pueblo, dormitaba sentado en el banco sobre su inseparable almohadón de lana al amor de la lumbre, mientras la Pilarica ultimaba la cena. Los acompasados ronquidos del viejo se unían al ronronear del gato, enroscado a sus pies y con los pelos chisporroteando a causa de la proximidad del fuego. 

La Pilarica, entre borraja y borraja, no dejaba de observar a su padre. El viejo labrador, gastado por los años y comido por una enfermedad que según los galenos de Zaragoza era incurable, semejaba la viva estampa de la muerte en vida. Su rostro, de cerúleas y hundidas mejillas, prominentes pómulos que parecían querer salir disparados a través de la piel y con la boca abierta dejando al descubierto las desnudas encías, denotaba bien a las claras la cercanía de la visita del hombre de la guadaña, presto a pasaportar al Tío Bayo hacia la tumba. 

La Pilarica se dijo para sus adentros que su padre no pasaría de aquel invierno. Los fríos aires del cierzo no contribuían precisamente a mejorar el estado de salud del viejo, sumido desde hacía un mes en toses y ahogos sólo interrumpidos por una profunda somnolencia que auguraba el sueño eterno. 

Adormecido estaba el viejo, cuando hicieron su aparición por la puerta el resto de los hijos que regresaban de sus labores agrícolas. Los tres hombres se quedaron mirando por un instante al durmiente, e interrogaron con la mirada a la hermana. 

-Padre sigue igual. Cualquier día se nos muere. 
-Pues entonces ya nos podremos repartir el dinero y las tierras, mira tú por dónde, que ya va siendo hora. 

Genaro, el mayor de los varones, era el más lanzado a la hora de reclamar la parte de herencia que le correspondería tras la muerte del viejo patriarca. Con su padre siempre andaba a la greña en lo concerniente a dineros y distribución de trabajo en las labores del campo. Jamás se llevó bien con su progenitor y tampoco con el resto de sus hermanos a excepción de Pilarica, que a esta sí le tenía la suficiente confianza como para revelarle sus más íntimos secretos. 

-Pilarica, que digo yo que tienes que preguntar a padre dónde guarda el dinero, no sea caso que la espiche y se vaya al otro mundo sin soltar una perra. 
-Con las mismas se lo preguntas tú, que para eso tienes boca. 

La Pilarica no estaba por la labor; bastante trabajo tenía en cuidar del viejo y atender las necesidades de sus tres hermanos. Por otra parte a ella nunca le preocupó lo más mínimo el dinero que su padre habría podido ahorrar a lo largo de una vida de lucha y trabajo con las vides y con los sembrados de mies. Hacía años que había cumplido los cuarenta y aceptaba de buen grado la soltería, a sabiendas que ningún mozo la requeriría de amores a pesar de la dote que pudiera corresponderle por razón de herencia. 

Aquella fría y ventosa noche los cuatro hermanos se dispusieron en torno a la mesa para dar cuenta de una copiosa cena. Genaro, Martín y Roque engulleron una colmada fuente de borrajas con patatas mientras la Pilarica ultimaba medio ternasco al amor de las brasas. El porrón de vino tinto corría de mano en mano mientras las miradas de los tres hermanos no se apartaban de la decrépita figura del durmiente anciano, apoyado en su bastón y recostado sobre su inseparable almohadón. Genaro, hablando para sí entre dientes, no dejaba de dar vueltas al mismo tema. 

-Manda cojones con el viejo,… ya podría decirnos dónde guarda los dineros. 
-En casa estarán, de aquí no han salido, seguro.  

Roque, el menor de los hermanos, ya había efectuado por su cuenta y riesgo alguna que otra batida en los distintos aposentos de la casa para intentar descubrir el paradero de los billetes de banco que su padre había podido reunir a lo largo de los años. El viejo no confiaba en los banqueros y prefería guardar todo el capital bajo su propio techo, eligiendo diferentes escondrijos donde depositaba pequeñas sumas en monedas de plata que después canjeaba por papel moneda. 

Pero semejantes actividades habían cesado tras su repentina enfermedad y posterior postración. Si bien era cierto que Roque había podido descubrir y sustraer a escondidas de sus hermanos pequeñas cantidades de monedas, el grueso del capital en billetes de banco estaba todavía de ser hallado. 

Sin duda el viejo – pensó Roque – habría localizado un secreto rincón en la casa o en el corral trasero para enterrar los billetes, que dicho sea de paso, abultaban menos que las monedas mientras que su valor era igual y a veces considerablemente superior. 

-Que digo yo que padre igual se lo gastó en putas – insinuó Roque – Que tras morir madre, el viejo se largaba una vez por semana a Zaragoza y cuando regresaba no traía ni un céntimo en la faltriquera. 
-¿Y tú cómo coño sabes eso? – preguntó Martín. 
-Bien que le registraba cuando se echaba la siesta – terció Genaro – que Roque siempre ha estado muy interesado con los dineros de padre. 
-Como tú, ni más ni menos – saltó la Pilarica – Como todos nosotros, a qué engañarnos. Al fin y al cabo todos estamos deseando que se muera para heredar las tierras y las cuatro perras que tiene por ahí, escondidas en alguna parte de la casa. 
-O en el corral – sugirió Martín. 
-¡Qué más da dónde estén! – explotó Genaro – Esos cuatro cuartos no nos sacarán de apuros. 

Roque permaneció en silencio. En su interior rumiaba un plan que nada tenía que ver con las idas y venidas que se llevaban sus hermanos respecto al dinero del viejo. En uno de sus registros a la hora de la siesta, descubrió en el calzón de su padre un documento expedido por el recién inaugurado Banco de Aragón situado en la calle del Coso en Zaragoza, en el cual constaba el último asiento del reintegro efectuado por el Banco de Aragón a su padre, un mes antes de que enfermara. 

Aunque lo que en verdad le puso los dientes largos, fue la cantidad que el Banco le reintegró al viejo…. ¡¡ 50.800 pesetas ¡!....En aquellos años, una fortuna,….Pero ¿dónde estaba todo aquel inmenso capital?....¿en qué lugar de la casa o del corral lo habría guardado?.....Lo que Roque tenía bien claro, era que su padre desde hacía años ahorraba peseta a peseta de todas las transacciones que efectuaba tanto con las cosechas de trigo, como con las ventas de corderos ternascos que él criaba con esmero y que además le pagaban a buen precio. 

-Ni putas, ni hostias – pensó Roque para sí – Hice bien en hacerles creer a mis hermanos que padre era un putero, pero lo cierto es que el viejo no se gastaba ni un céntimo. Era como las urracas, que todo lo que brilla se lo llevan al nido. 

Tras cenar casi en silencio, excepción hecha de las cuatro frases que se cruzaron refiriéndose a los dineros paternos, la Pilarica fregó los platos de loza y los cubiertos. Secándose las manos con el delantal, se enfrentó a sus tres hermanos. 

-¿Y esta noche quién se va a quedar de guardia junto a padre?...Que yo estoy muy cansada y más que harta de velar, y vosotros tres siempre escurrís el bulto. 
-Conmigo no cuentes que mañana antes del alba tengo que sacar los corderos al pasto – se excusó Martín. 
-Pues conmigo tampoco cuentes, que salgo de amanecida con las caballerías a labrar el cacho de la tía Jacinta, y eso está a más de dos horas de aquí – replicó Genaro. 
-¿Y tú que excusa me vas a poner, Roque? – le espeto Pilarica a su hermano – Porque vamos, que yo sepa, mañana no tienes labor pendiente. 

Roque se quedó pensando que aquella noche le podría ser propicia para estar a solas con el viejo y registrar su alcoba sin que nadie le molestara en sus pesquisas. 

-Venga, no se hable más del asunto, que yo me quedaré de guardia – respondió como resignado a la tarea. 
-Pues ahora ayudadme a llevar a padre hasta su cama – solicitó Pilarica. 

El tío Bayo permanecía como casi siempre, sumido en la semiinconsciencia. Pero cuando los cuatro hermanos le cogieron en vilo para trasladarlo hasta la alcoba, abrió los ojos y emitió un leve quejido seguido de unas palabras que sus hijos no supieron descifrar. 

-¿Qué es lo que dice, padre? – se interesó Pilarica 
-¿Qué va a decir, no ves que chochea? – repuso Genaro. 
-¡Vamos con él a la cama y a ver si le cambias los calzones Pilarica, que sa cagao y huele que apesta, joder ! – vociferó Martín con un mohín de asco. 
-Pues mientras le cambias me voy a tomar un trago a la taberna – se excusó Roque – Y luego vuelvo para velar, no te apures Pilarica. 
-Y nosotros dos nos vamos a dormir – contestaron casi a dúo Genaro y Martín. 

En esas estaba la Pilarica, limpiando a su padre, cuando de repente el tío Bayo pareció recobrar el sentido. En sus ojos había un cierto brillo; era como un imperceptible y quimérico hálito de vida que pugnaba por salir al exterior. 

-Pilarica, hija – balbució el viejo casi sin aliento – Acerca tu oído a mi boca, que voy a pedirte un favor. 
-Nada de favores, padre, que yo estoy aquí para cuidarle y servirle. 
-Lo sé, hija mía, bien que lo sé. Acércate. 

Cuando la Pilarica, tras besar a su padre y desearle las buenas noches regresó a la cocina, su rostro reflejaba una profunda tristeza. Sabía que el viejo se estaba muriendo. Él mismo se lo había confirmado dictándole al oído su última voluntad. 

Al cabo de un rato volvió Roque de la taberna. Entró por la puerta achispado, con más de una copa en el coleto. 

-¿Por qué lloras, Pilarica? 
-Padre se nos muere. No pasará de esta noche. 
-¡No me jodas!, ¿eres bruja, adivina o qué coño eres? 
-Nada de eso. Él mismo me acaba de decir que ha visto a madre y que le está esperando. 
-Eso son chorradas de viejo. 
-Serán chorradas, pero padre se nos muere. Será cuestión de avisar a Don Anselmo para que le dé la extremaunción. 
-Padre no cree en los Santos, además ese cura es un cabrón y un pesetero y seguro que nos sacará los cuartos por un par de Pater noster. 
-Don Anselmo es un hombre de Dios – contestó Pilarica. 
-Ese cuervo negro, de Dios no quiere saber nada. Lo que sí quiere es meter las manos bajo las sayas y revolcarse en los pajares con las mozas casaderas,… y tampoco les hace ascos a las casadas que se dejan. 
-Estás levantando falsos testimonios, hermano. 
-¡Já!,…Pregúntale a la Felisa quién le ha hecho la barriga que lleva. 
-Como te oiga su marido te da de cuchilladas, Roque. 
-El Rufino lo consiente, porque el cura le pagó la yunta de mulas…¿o qué te crees?...¿que deja al cura que se la monte gratis?.... 

La conversación entre los dos hermanos se cortó de repente. Un tremendo alarido surgió desde la alcoba del Tío Bayo. Cuando la Pilarica y Roque abrieron la puerta, el viejo yacía en la cama con los ojos en blanco, totalmente exánime. Acababa de fallecer. 

Su entierro se efectuó cuando se cumplieron las cuarenta y ocho horas de su muerte, tal y como en aquel tiempo estaba estipulado por ley. Lo cierto fue que durante el velatorio desarrollado en la alcoba, a las veinticuatro horas de su fallecimiento el cadáver del Tío Bayo desprendía un tufo vomitivo. 

-A ver si aligeramos con el muerto, que aquí no hay quien pare con el olor a córpore insepulto – se atrevió a insinuar Don Anselmo tras escanciar agua bendita sobre el cadáver y las cuatro paredes de la habitación mortuoria – Cubrirlo con la tapa del ataúd y listo, que en este velatorio no se puede ni respirar. 

Así lo hicieron. Pero el hedor ya se había propagado por toda la casa y tres días después del entierro, la fetidez persistía en el ambiente. 

-¡Me cago en la puta bastos! – masculló Genaro entre dientes – ¡En esta jodida casa no se puede vivir de la pestilencia que hay, joder!… 
-Pues ya sabes – le cortó Pilarica – te vas a vivir a la Venta de Pacorro y en paz. 
-Y una mierda, que en esa Venta sólo paran los gitanos y los pordioseros. ¿No será que quieres que me vaya para poder buscar tú sola los dineros del viejo? 
-¿Dineros?...¿Qué dineros, rediós?...¿Dónde están los dineros del viejo? – replicó Martín – Llevamos tres días buscándolos, poniendo la casa patas arriba y ni rastro de ellos. 
-Yo juraría que aquí en la casa, no están – sugirió Roque. 
-¿Y dónde están, si puede saberse? – se interesó Pilarica. 
-Eso, tu lo sabrás, Pilarica – sentenció el hermano. 
-¿Yo, pobre de mí? 
-Sí, tú – machacó Roque – Tú misma me dijiste que padre habló contigo minutos antes de morir….¿o es que no te acuerdas?..... 
-¡Pues claro que me acuerdo! – saltó Pilarica – Sólo me dijo que había visto a madre, y que….. 
-¿Y qué, coño? ¡Habla ya, joder!– respondieron casi a coro los tres hermanos…. 

Súbitamente a la Pilarica se le iluminó el semblante. Esbozó una leve sonrisa y mirando uno a uno a sus tres hermanos, respondió con gesto triunfal: 

-¡Ahora sé dónde pueden estar los dineros de padre!.....  
                                               ……………………………….. 

-¡¡ Me cago en san dios !!....¡¡ Me cago en el puto viejo, rediós!!---¡¡ Es un mal bicho hasta después de muerto, copón bendito !!.....Si lo que dice la Pilarica es cierto, es para desenterrarlo y dejárselo de comida a los lobos…¡¡ Me cago hasta en su puta madre !!... 

Mientras Genaro maldecía a troche y moche y permanecía rojo como un pimiento morrón, las venas del cuello parecían que le iban a estallar de la mala leche que se acumulaba en su cuerpo. 

-Pues si queremos los dineros, no tenemos más cojones que hacerlo – anunció Roque con gesto serio. 
-¿Hacer el qué? – dijo Martín. 
-Desenterrarlo, por supuesto. 
-¿Y si allí no están? – arguyó Genaro. 
-Estarán – afirmó rotundamente Pilarica – Por eso antes de morir, me pidió el favor que le enterrásemos apoyando la cabeza sobre su almohadón de lana. 
-¡Pero si ese almohadón no pesaba nada! – replicó Genaro – ¿Cómo van a estar ahí las monedas de plata?...De haber estado pesaría un quintal y nos habría extrañado. 
-¡Ni monedas ni hostias, tontos del haba! – casi aulló Roque – ¡El jodido almohadón debe estar lleno de billetes de banco, coño! 
-¡Cojones!...¿Y tú cómo sabes eso? – inquirió Martín. 
-Pues por este papelote del Banco de Aragón que hace días descubrí cosido en el calzón del viejo – dijo Roque sacando de su faja el documento donde constaba el reintegro bancario efectuado al Tío Bayo. 

Pilarica, Genaro y Martín se lanzaron como buitres tras el papel que esgrimía triunfalmente Roque. En sus ojos brillaban a partes iguales la codicia y el desprecio hacia su progenitor. 

-¡Nos lo podías haber enseñado antes, cacho cabrón! – se quejó Genaro, propinándole un capón a Roque en el cogote – ¡Y fijaros en la cantidad!... ¡¡ 50.800 pesetas ¡¡….¡¡Tocamos a más de dos mil duros por cabeza¡¡ 
-Pues será cuestión de ir a buscarlos y quitárselos – dijo Pilarica casi en un susurro – Que a mí bien que me vendrán esos duros para solventar mi vejez sin pasar apuros. Aunque eso significa que tendremos que abrir la fosa y el ataúd. 
-¡Pues se abre y sanseacabó, rediós! – resolvió Genaro – O eso, o nos quedamos sin blanca y a verlas venir. 
-¡El muy hijo puta! – farfulló Martín escupiendo en el suelo – Se lo quería llevar todo a la tumba y dejarnos con lo puesto. 
-No se hable más del asunto – decidió Roque – Hagámoslo esta misma noche. Yo me encargo de ir a buscar las palas y los azadones. 

El cementerio de Alfamén se hallaba y todavía se encuentra ubicado en las afueras de la población, cerca de la carretera comarcal que une las poblaciones de Longares con La Almunia de Doña Godina. Para llegar a pié de tumba, los cuatro hermanos tuvieron que cruzar medio pueblo amparándose en las sombras que les proporcionaba una noche más negra que la boca de un lobo. Una noche en la cual aullaba un cierzo que azotaba la mies y las vides que jalonaban el camino que discurría hacia el camposanto.


Tras cruzar la carretera comarcal, lejos ya del centro de la población, Genaro encendió un fanal de aceite y se puso en cabeza de la comitiva. En aquellos lejanos tiempos el cementerio municipal estaba en campo abierto, o sea que no existía vallado que salvar ni cancela que abrir. Salvo cuatro nichos propiedad de las familias más pudientes, el resto de difuntos eran sepultados entre la dura tierra. Entre sus grumos se encontraba enterrado el Tío Bayo desde hacía tres días. 

-Ya hace tres días que está bajo tierra y cinco desde que murió – meditó Martín en voz alta – Los gusanos se estarán dando un festín. 
-Y nosotros nos lo daremos después en el mejor restaurante de Zaragoza, pero será para celebrarlo con buena carne y mejor vino– se carcajeó Genaro cogiendo una de las azadas – Venga, pongámonos todos a cavar que cuanto antes acabemos, mejor. 

Así lo hicieron y se aplicaron a la labor con ahínco, porque no tardaron ni cinco minutos en tener a la vista la negra tapa del ataúd. Pero ninguno de los cuatro hermanos se decidía a dar el último paso: Abrir el féretro. 

-Estamos cometiendo un sacrilegio – se lamentó Pilarica entre sollozos. 
-Estamos en nuestro derecho de coger lo que es nuestro, que no es lo mismo – repuso Genaro erigiéndose en capataz del grupo – No se lo vamos a dejar a los gusanos, joder. Hay que meterle mano a la tapa ....Vámos, todos a una y menos hostias que padre no se va a enterar. Y tú Pilarica, cuando nosotros tres destapemos el ataúd, coge el almohadón y estira de él hasta sacarlo de la caja….
-¡Venga ya!...¡¡Ahora!! 

Fue como si se hubieran abierto de par en par las puertas del más infecto de los infiernos, La insoportable hediondez que desprendía el cadáver del Tío Bayo, bastó para que a los cuatro hermanos les asaltara al unísono un vómito colectivo. Casi ahogándose en su propio vómito, 
Genaro le grito a su hermana: 

-¡¡Tira del almohadón, rediós!! 
-¡Ya le tengo! 
-¡Vámonos de aquí cagando leches! – ordenó Genaro. 
-¡Tenemos que cubrir la fosa, Genaro! 
-¡Qué le den por culo!...¡Qué se lo coman los lobos!...¡Vámonos ya!... 

Los cuatro hermanos emprendieron la huída hacia el pueblo y lo hicieron al trote. Cuando a la luz de los candiles, excitados y sudorosos se reunieron en la cocina frente al hogar, les temblaba el cuerpo de la cabeza a los pies. Pero su excitación fue en aumento cuando tras descoser el almohadón, se dieron de bruces con un rollo de billetes de banco que estaba en el interior de una zalea camuflada entre los vellones de lana. 

Ahí se hallaba la herencia paterna rescatada de entre los muertos: 50.800 pesetas en billetes expedidos por el Banco de España el 17 de Mayo y el 24 de Junio de 1927, respectivamente. Cien billetes nuevos y sin estrenar de 500 pesetas con la imagen de Isabel La Católica, y dieciséis de 50 pesetas con el grabado del Rey Alfonso XIII. No hacía ni tres meses que habían sido puestos en circulación, pero ahora ya tenían dueño.


-Tocamos a más de dos mil duros por barba – calculó a bulto Genaro. 
 -Exactamente a 12.700 pesetas por cabeza – sentenció Roque sin dudar, puesto que con anterioridad ya lo había calculado, por haber sido el descubridor del papel del Banco de Aragón cosido en los calzones del viejo Tío Bayo. 
-Pues al avío – zanjó la Pilarica – Que cada uno coja lo que le pertenece y que Dios nos perdone a todos. 
-¿De qué coño nos tiene que perdonar? – rugió Genaro – ¡Al fin y a la postre estos dineros nos pertenecen por razón de herencia, joder!... 
-Pero se los hemos robado a un muerto – respondió Pilarica con un mohín de aprensión – Y creo que eso ha sido un pecado muy grave. 
-Pues te confiesas y en paz – sugirió Martín con una risotada. 
-¡Ni se te ocurra, rediós! – bramó Genaro dirigiéndose a Pilarica – Que a ese cabrón de cura le faltaría tiempo para denunciarnos a la Guardia Civil……

……………………………….. 

 -Ave María Purísima. 
-Sin pecado concebida. 
-Perdóneme padre porque he pecado.…….. 

Después de asistir a primera misa y tras confesarse, Pilarica se arrepintió de haberlo hecho. Debió atender a la advertencia que en la noche anterior le hizo su hermano Genaro, y ahora no se vería en el compromiso de cumplir con una penitencia que no sólo le afectaba a ella, sino también a sus tres hermanos. 

-Como penitencia a tus pecados, tanto tú como tus hermanos esta misma noche os cubriréis con sábanas blancas y portando cada uno un candil peregrinaréis hasta el cementerio – le había sentenciado en principio Don Anselmo – Durante el recorrido rezaréis seis padrenuestros y seis avemarías, y cuando lleguéis a la tumba de vuestro padre os hincaréis de rodillas y rezaréis un Rosario. 
-Y así lo haréis durante tres días seguidos – prosiguió el cura – De todas formas, tampoco estará de más que la totalidad del dinero que le robasteis al difunto, esta misma tarde a primera hora la donéis a esta parroquia ya que el delito lo cometisteis en tierra sagrada. Y con 50.800 pesetas, son muchas las mejoras que se podrán hacer en esta iglesia…. 
-Yo no puedo responder por lo que harán mis hermanos con su dinero, padre – le contestó Pilarica un tanto azorada. 
-¿Y tú con el tuyo, qué piensas hacer hija mía? 
-Se lo daré todo a esta parroquia si eso le vale, Don Anselmo. 
-Me vale hija, me vale,….y di a tus hermanos que hagan lo propio...... 
-Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti 
-Amén. 

Cuando Pilarica relató a sus hermanos la penitencia que les había sido impuesta por Don Anselmo, toda la Corte Celestial se vino abajo con estrépito. Los juramentos, maldiciones e improperios que emitieron sus hermanos a voz en grito, debidas no sólo a la penitencia en sí, ya que por sí sola era demencial y fantasmagórica, sino en mayor medida por la imposición del párroco respecto a donar el total de la herencia de cada cual a la iglesia. Todo ello fue el desencadenante de las blasfemias y maldiciones que Pilarica pudo oír en boca de sus hermanos. 

-Pues yo le acabo de dar a Don Anselmo todo lo que me correspondía por herencia, concretamente las 12.700 pesetas – anunció la Pilarica a sus hermanos – Vosotros podéis hacer lo que os dé la gana con vuestro dinero, pero esta misma noche tenemos que ir al cementerio a cumplir con la penitencia. 
-¡Y una mierda que se coma ese hijo puta de cura! – aulló Genaro – ¡Ni yo me he confesado con él, ni me confesaré jamás, ni ese cabrón de cuervo negro va a conseguir que la gente de este pueblo me vea vestido de fantasmón, y mucho menos le voy a regalar lo que me corresponde por herencia para vestir Santos! 
-Pues conmigo el cura también lo lleva crudo – añadió Martín – Ni disfraces, ni penitencias, ni hostias, y mucho menos aflojarle ni un duro. 
-Soy de la misma opinión – terció Roque – Aunque es más que posible que si no le tapamos la boca con algún dinero, el muy cabrón se chive a la Guardia Civil. 
-No puede hacerlo, es secreto de confesión – repuso Pilarica muy convencida. 
-Me río yo de los secretos de confesión que guardan todos esos cuervos negros – masculló entre dientes Genaro. 
-Pues ya me diréis qué hacemos – apuntó Pilarica – Que la noche está al caer y todavía tengo que preparar las sábanas y los candiles. 
-Pues lo mejor que podemos hacer será cumplir con la penitencia en el cementerio para que el cura no se vaya de la lengua con los Civiles, pero eso de aflojarle la herencia, conmigo que no cuente – meditó en voz alta Martín. 
-Estoy de acuerdo contigo, Martín – dijo Roque – Y tampoco yo le voy a soltar a esa sanguijuela de cura ni una sola peseta como penitencia. 
-Allá os las compongáis vosotros, pero como me llamo Genaro, que no seré yo el que suelte mi herencia a ese hijo puta de cura, ni se disfrace de fantasmón, ni por el camino del cementerio rece padrenuestros, ni avemarías, ni Rosarios, ni leches. Como mucho os acompañaré, pero vestido de paisano y sin candil ni hostias benditas…. 
-Yo rezaré por ti, Genaro. 
-Me cago en tus rezos y por mí como si te quedas muda, Pilarica,…que ya te vale en el follón que nos has metido con tu puta manía de confesarte.

……………………………….. 

 Al día siguiente a la hora del café, el bar del pueblo estaba a reventar de labriegos y lugareños que comentaban acaloradamente los últimos hechos que se habían producido en la localidad. 

-¡No me lo puedo creer, Salustiano! 
-Lo que yo te diga, Braulio. Eso va a misa. 
-¿Y quién coño vio esa barbaridad que me estás contando? 
-Pues esos tres que ves ahí en la barra del bar, coño,… los arrieros que habían estado trajinando con las caballerías en Longares y venían de regreso al pueblo a eso de la medianoche. 

El llamado Braulio echó de soslayo una mirada a los arrieros. 

-Si se trata de Justo, Perico y Damián, sí que son gente de fiar, esos no mienten y menos cuando pasan cerca del cementerio, que siempre se santiguan – respondió Braulio, apurando de golpe una copa de cazalla. 
-Y que nadie ponga en tela de juicio nuestras palabras – se le oyó decir al llamado Damián – Justo, Perico y yo vimos al Genaro acompañando a tres fantasmas con candiles que se dirigían al cementerio. 
-¡Válgame Dios!...¿El Genaro del Tío Bayo que en paz descanse? 
-El mismo – contestó Perico – Pero nosotros no seguimos sus pasos, sólo sabemos que iban caminando y rezando camino del cementerio. -Aunque no sabemos si el Tío Bayo descansará muy en paz, que digamos – replicó Justo – Esta mañana hemos ido al cementerio y la fosa del Tío Bayo estaba abierta de par en par, con la caja desclavada y con su cabeza colgando fuera del ataúd. 
-El lugar apesta a muerto que tira de espaldas – añadió Damián – Por eso hemos avisado al alcalde y por teléfono desde este mismo bar, el mismo alcalde llamó a la Guardia Civil de La Almunia, a ver si vienen y ponen orden en el asunto. 
-¿Pero qué coño pintará el Genaro en este asunto?...¿Habéis podido hablar con él? – inquirió Salustiano. 
-El Genaro, el Martín y el Roque están desaparecidos, y en casa del difunto sólo está la pobre Pilarica hecha un mar de lágrimas – anunció con cierta sorna el dueño del bar – Me lo acaba de decir el alcalde, o sea que el caso huele a muerto. Habrá que avisar al cura, digo yo. 
-Don Anselmo no está en el pueblo – aseguró Mariano, el sacristán – Ayer mismo recibió la visita de los tres hijos del Tío Bayo, y en su despacho se lió una bronca del carajo y se oyeron voces muy destempladas. Yo no sé qué pasó, pero por la tarde Don Anselmo se marchó a toda prisa a Zaragoza en el coche de línea, y además me dijo que no sabía ni cuándo iba a volver, que tenía muchos asuntos pendientes de arreglar en la capital. 
-De repente mucha gente está desaparecida, creo yo – insinuó Justo – Pienso que este asunto va a traer cola, porque ya me diréis qué coño pinta Don Anselmo en este embrollo, y porqué se marchó con tanta prisa a Zaragoza. 
-Las malas lenguas dicen que tiene un lío de faldas en la capital, pero eso es lo de menos. Y por si faltaba poco, ahora tenemos en el cementerio un córpore insepulto – añadió Mariano, que no desaprovechó la ocasión para soltar uno de los latinajos con los cuales adornaba su verbo para darse a valer entre los lugareños. 
-Pues si el cura no está en el pueblo, tú serás quien le rece el segundo responso – le auguró Perico. 
-Eso sí que no, yo no soy cura. Llamaré por teléfono al Arzobispado de Zaragoza, y ellos sabrán a quién enviar para cubrir la ausencia de Don Anselmo. 

En estas estaban cuando alguien gritó: 
-¡Ya están aquí los Civiles! 
Y en efecto. A lo lejos se distinguían cuatro caballos que avanzaban al trote y sobre ellos, cuatro miembros de la Guardia Civil con sus verdes capotes al viento. 

-Como los tres hijos del difunto Tío Bayo no aparezcan, se va a liar parda, que los picoletos si no localizan a los más allegados al muerto, no se andan con hostias a la hora de repartir estopa – vaticinó Salustiano en voz baja.. 
-Pues a nosotros que nos registren, que Justo, Perico y yo sólo vimos a Genaro y a los tres fantasmas, pero ni les seguimos ni supimos qué coño hicieron con el muerto – sentenció Damián – Y por lo que pueda pasar, lo mejor será que nos marchemos ahora mismo. 
-Mejor será que no lo hagáis, Damián – aconsejó Salustiano – El aviso lo habéis dado vosotros y además sois los únicos que habéis visto a Genaro camino del cementerio. O séase que sois los principales testigos. 
-No, si al final nos van a llover hostias como panes, ya lo veréis – presagió Perico, dirigiéndose a su dos compañeros con cierto temblor en su voz – Ya os dije antes, que debimos callarnos y allá cada cual con sus muertos. 
-Pero eso de los otros tres fantasmas, no me negaréis que tiene tela – porfió Salustiano – Está por ver si os van a creer los Civiles. 
-Pues es lo que vimos, ni más ni menos – añadió Justo. 
-La Guardia Civil no cree en los fantasmas – terció Braulio. 
-O sea, que vienen con la mosca detrás de la oreja – intervino el recién llegado alcalde de Alfamén, calándose la boina hasta las orejas con desafiante gesto – Dejad que me presente como la primera autoridad del pueblo, y yo les hable primero. 

Lo cierto era que como alcalde, el Tío Cascarro nunca había destacado por el hecho de solventar trifulcas vecinales, y más bien carecía de labia a la hora de enfocar un tema. Por eso, una vez que los cuatro picoletos descabalgaron frente al bar y cuando uno de ellos preguntó por el alcalde, al presentase éste y dar comienzo a su plática, el sargento que comandaba la patrulla no tardó ni un minuto en hacerle callar. 

-Pero vamos a ver, alcalde….No se atropelle hablando, joder ¿De qué coño de fantasmas me está hablando, buen hombre?....La denuncia sólo cita a cuatro sujetos caminando a medianoche hacia el cementerio, y que en el cementerio de este pueblo han profanado una tumba. 
-Pero los testigos aquí presentes sólo me hablaron de un paisano y tres fantasmas que se alumbraban con candiles, señor sargento, y así se lo comuniqué por teléfono al comandante de puesto – le contesto el Tío Cascorro al guardia civil, con cierto temor en el semblante. 
-¿Testigos?...¿Dónde hostias está esa gente? – vociferó el de los galones. 

Justo, Perico y Damián dieron un paso al frente, a la vez que se quitaban la boina respetuosamente. Antes de comenzar a hablar, Damián carraspeó levemente. 

-Nosotros fuimos los que le dimos parte al señor alcalde de lo que vimos a medianoche. O sea, que el Genaro iba caminando hacia el cementerio en compañía de tres fantasmas con candiles, pero no sabemos nada sobre lo que pudo suceder en el cementerio, ni si hubo una profanación de sepultura, ni ná de ná,…. 
-¿¿Ni ná de ná, cacho cabrón??....¡¡Pues te vas a enterar de tó, de tó!! 

En menos de treinta segundos a Damián se le habían inflamado ambos carrillos debido a la tunda de hostias recibida por parte del sargento, que entre hostia viene y hostia va, bufaba como un Miura enfurecido saliendo por la puerta de toriles. 

-¿Quién coño es el Genaro y dónde carajo está ese elemento? – inquirió sin dilación el sargento, ajustándose el barboquejo del tricornio, un tanto desplazado debido a los vaivenes habidos entre hostia y hostia – Y no me digáis que no lo sabéis, porque pondremos este pueblo patas arriba. Así que aviando, todo Cristo en su busca. 
-El Genaro es el hijo mayor del difunto al que le han profanado su tumba – casi gimió Tío Cascorro, el alcalde. 
-¿O sea que el tal Genaro tiene más hermanos? – rumió el comandante 
-Pues sí señor, dos varones y una hembra. 
-¿Y dónde están esos tres elementos que con el Genaro suman cuatro? 
-Los tres varones han desaparecido y la Pilarica está en su casa llorando como una Magdalena. 
-¿Han desaparecido los tres de golpe, así por las buenas?.... 
-Y el señor cura tampoco está en el pueblo – apuntó Mariano, el sacristán. 
-¡Y a mi qué coño me importa si el cura está o no está en este puto pueblo de mierda, joder!...Ahora vamos a efectuar una inspección al cementerio para levantar el acta de profanación, y luego interrogaremos a la hija del difunto. Mientras tanto que todo el pueblo me localice a los tres hermanos y los lleve al Ayuntamiento. Y vosotros, los testigos y denunciantes y usted señor alcalde, estáis en arresto preventivo y se vienen con nosotros al cementerio. Y apretad el paso que nuestros caballos tienen sed y están hambrientos. 
-Por falta de agua y pienso para caballerías no será, señor sargento – respondió solícito el Tío Cascorro – Que en este pueblo quien más quien menos tiene una mula para trabajar la tierra. 
-Pues en marcha hacia el cementerio, y que en esta cantina nos vayan preparando un buen almuerzo para la vuelta. 
-Eso está hecho, mi sargento – respondió babeante el dueño del figón.

                                              ……………………………….. 


A pesar que el asado de ternasco estaba en su justo punto para ser degustado, y que cuatro porrones de recio vino tinto se hallaban dispuestos en batería sobre la mesa del café-cantina, ninguno de los recién llegados desde el cementerio se atrevió a meterles mano. El alcalde y los tres testigos permanecían de pié, boina en mano, en respetuoso silencio, mientras que los cuatro componentes de la patrulla de la Guardia Civil andaban con el estómago revuelto entre arcada y arcada, echando bilis a troche y moche. 

-¡Me cago en la puta bastos! – balbució el sargento con un hilo de voz, escupiendo bilis – ¡Me cago en el copón y en este puto pueblo de profanadores de tumbas!...¡Ya se me ha jodido el estómago después de ver y oler tanta mierda, cagon tó lo que se menea, rediós! 
-Le puedo hacer una tisana de manzanilla – sugirió el dueño de la cantina. 
-Te metes la tisana por el culo, imbécil. Lo que quiero saber es si se ha localizado al tal Genaro y a sus dos hermanos. 
-Pues todavía no, que yo sepa, señor sargento – añadió el de la cantina – Por lo visto continúan desaparecidos. 
-¿Desaparecidos, dices?...¡¡Sin mi permiso, aquí no desaparece ni Dios!!.. ¡Ahora mismo vamos a interrogar a la hermana de los tres sospechosos! ¡A ver qué coño se trae entre manos esa jodida familia!...¡Y tú, el cantinero, ya me estás poniendo en una espuerta el asado de ternasco y un pellejo vino! 

 ……………………………….. 

Al día siguiente en la casa-cuartel de la Guardia Civil del puesto ubicado en La Almunia de Doña Godina, se respiraba mal ambiente. El sargento Cañete, tras regresar con su patrulla desde la vecina población de Alfamén, tenía un humor de perros y procedía a relatar todo lo que allí sucedió, al comandante de puesto, el teniente Peláez. 

-Vamos a ver, Cañete, ya he leído tu informe y es un follón de letras y datos que no los entiende ni Dios, pero explícame por qué carajo tenemos el calabozo al completo, quién coño son esos fulanos que te has traído detenidos y bajo qué cargos. 
-Son testigos de una profanación de sepultura en el cementerio de Alfamén, así como también son testigos de la declaración de la detenida, mi teniente. 
-¿Y la detenida es esa mujer que atiende por Pilarica, la del Tío Bayo? 
-Exacto, mi teniente. Es la hermana de los profanadores, y posible cómplice de parricidio. Ella también participó en los hechos y así me lo relató, teniendo como testigos a los números bajo mi mando y a todos los aquí detenidos. 
-¿Pero ella se ha declarado culpable de parricidio? 
-Pues no, mi teniente, a pesar que mi interrogatorio fue severo. 
-¿Y a qué se debe el hecho que esa mujer tenga un ojo a la funerala y partido el morro, además de un despellejamiento en el cuero cabelludo?..... 
-Estaba tan nerviosa que al ser detenida se cayó en el portal. 
-Entiendo…… 
-Sin embargo sus tres hermanos todavía permanecen huidos. 
-¿Y por qué has detenido al sacristán? 
-Por ocultamiento de pruebas, mi teniente. 
-¿Qué clase de pruebas, Cañete?...Explícate y no te vayas por las ramas. 
-El sacristán alega no saber de qué iba la bronca que mantuvo el cura en la rectoría con los tres hermanos huidos. Sin embargo cuando interrogué a la detenida llamada Pilarica, ella confesó que en compañía de sus tres hermanos, tras desenterrar el cadáver de su padre y hacerse con el botín que el difunto guardaba dentro del almohadón con el cual había sido enterrado, al día siguiente sus hermanos se fueron en busca del cura para hablar con él respecto a un asunto relativo a la herencia – acabó Cañete, casi sin aliento. 
-Pero bueno Cañete, ¿Qué coño tiene que ver el cura con el cisco que has escrito en tu informe y me estás contando, e igualmente con la herencia de los cojones?.... 
-Pues ahí viene lo bueno, mi teniente – bufó Cañete tomando aire – Según la declaración de la Pilarica, después de desenterrar a su padre se sintió culpable y fue a confesarse con el cura….. 
-¿Y?.... 
-Pues que el cura les impuso a los cuatro hermanos dos penitencias…. 
-¡Sigue, joder!...¿En qué consistían dichas penitencias, coño?.... 
-La primera era que durante tres días seguidos, los cuatro hermanos tenían que vestirse con sábanas blancas e iluminándose con un candil, peregrinar de noche hasta el cementerio y rezar un Rosario frente a la tumba de su difunto padre……. 
-Continúa, Cañete, que te atascas. Y cíñete a la declaración de la detenida. 
-A sus órdenes mi teniente, eso hago….Y la segunda penitencia consistía en que los cuatro hermanos tenían que donar al cura el total de lo sustraído al muerto, alegando que dicho capital le pertenecía a la Iglesia por haber sido enterrado en tierra sagrada.
-¡Menudo morro el del cura!....¿Y le aflojaron el parné? 
-Según manifestó la detenida, ignora lo que hicieron sus hermanos con la parte que les correspondía, pero ella sí que lo hizo. Le soltó al cura 12.700 pesetas. 
-¿Y has interrogado al cura para verificar los hechos? 
-Imposible, mi teniente. También ha desaparecido. 
-¿Cómo?....¿Qué también el cura se ha largado del pueblo?.... 
-Eso afirma el sacristán, mi teniente…… 
-¡Coooño, coño, coño!....Ahora comienzo a vislumbrar la luz en este jodido caso...Saca al sacristán y a la Pilarica del calabozo y tráemelos a mi presencia….Otra cosa, Cañete,…Ten en cuenta que la próxima vez que yo vea que te has ensañado a golpes con una mujer detenida, yo mismo te inflaré a hostias sobre el terreno,…¿oído, sargento?... 
-A sus órdenes, mi teniente….. 

………………………………..  

Tras una hora de conversación con la Pilarica y diez minutos con el detenido sacristán, y después de una llamada telefónica al Arzobispado de Zaragoza, el teniente Peláez salió de su despacho y se dirigió al sargento Cañete que, entre sudores y bufidos, estaba redactando un nuevo informe de lo sucedido en Alfamén, con letra más legible y datos menos confusos. 

-Vamos a ver, Cañete, deja lo que estás haciendo y escribe: 

A/ En el día de la fecha, póngase en libertad sin cargos a todos los detenidos, excepción hecha de Pilar Bayo, presunta parricida y profanadora confesa de la sepultura de su progenitor con el agravante de robo pecuniario al cadáver. Pilar Bayo queda detenida en esta casa-cuartel de la Guardia Civil a disposición del Señor Juez… Toma nota de lo dicho y prosigue: 

B/ Cúrsese a todas las Comandancias de la Guardia Civil, orden de busca y captura de los siguientes individuos: Genaro Bayo, Martín Bayo y Roque Bayo, bajo los mismos cargos imputados a Pilar Bayo. 

C/ Puestos al habla con el Arzobispado de Zaragoza, nos indican que el llamado Anselmo Cifuentes que en su día ejerció como cura párroco en la población de Alfamén, ha sido destituido “a divinis” de forma inmediata, al saberse que en nombre de la Santa Iglesia Católica había reclamado para sí cierta cantidad monetaria, y por ignorar su actual paradero, el mencionado Arzobispado de Zaragoza declina y se inhibe de cualquier responsabilidad a que hubiere lugar. 

D/ Dado que el ya mencionado Anselmo Cifuentes se encuentra en paradero desconocido, y puesto que según lo declarado por Pilar Bayo fue el receptor de 12.500 pesetas procedentes del expolio funerario, cúrsese igualmente orden de busca y captura para que dicho individuo preste declaración ante los Juzgados competentes. 
-Eso es todo, Cañete. Pásamelo a la firma.

……………………………….. 

El final de “Los Diablicos”, apodo por el cual se recordó a los cuatro hermanos Bayo, antes y después de la Guerra Civil, no pudo ser más amargo de lo que ya lo fueron sus vidas. 

Tras dos años de prisión en la cárcel de Torrero de Zaragoza, a Pilar Bayo le fue concedida la libertad sin cargos, gracias a la gestión efectuada por un letrado de oficio que removió cielo y tierra hasta conseguir que los médicos que trataron al Tío Bayo de sus múltiples y graves dolencias, testificaran en los Tribunales manifestando que el difunto murió de muerte natural debido a su avanzada edad. Con todo y con eso, el Juez que llevaba el caso ordenó la inhumación del cadáver del Tío Bayo para someterlo a una autopsia, finalizada la cual se descartó cualquier posibilidad de asesinato. 

Cuando tras salir de prisión Pilar Bayo regresó al pueblo, la gente ni la miraba a la cara apartándose a su paso como si fuera una apestada. El mismo día de su llegada, Pilar lío el petate y se largó a Zaragoza. Al cabo de unos meses un lugareño juraba que la había reconocido en una casa de putas del barrio de Las Fuentes. Nunca más se supo de ella. 

Y tampoco nada se supo del ex cura Anselmo Cifuentes, aunque después de la Guerra Civil, uno del pueblo dijo que lo había visto vestido de falangista en un desfile por las calles de Zaragoza. 

Sin embargo las vidas de Genaro, Martín y Roque Bayo tuvieron distintos destinos. Tras la bronca con el cura optaron por desaparecer de escena con lo puesto, que no era poco, o sea con el total del capital que les reportó a cada uno la profanación de la sepultura del Tío Bayo. Los primeros días estuvieron viviendo en una pensión de mala muerte cerca de El Tubo en Zaragoza, pero en el Heraldo de Aragón leyeron una nota de alcance provincial en la que se reflejaba todo lo sucedido en Alfamén. 

Sabedores de que estaban en busca y captura, se supone que los tres hermanos optaron poner tierra de por medio, aunque también pueda suponerse, que al cabo de dos años ninguno de ellos se enteró de que su hermana Pilar había sido absuelta sin cargos y por consiguiente, la presunción de parricidio y busca y captura, anulada. Quizá de haberlo sabido sus destinos hubieran cambiado. Pero no fue así. 

Veinte años después, se supo que Genaro y Martín habían cruzado a pie los Pirineos y se largaron con viento fresco a Paris. Allí fue el lugar dónde entre champán y putas dilapidaron sus respectivas herencias. Cuando nueve años después estalló la Guerra Civil en España y no les quedaba ni un franco en el bolsillo, ambos se enrolaron en el bando republicano. Martín con un proyectil en el vientre, la palmó en Belchite tras dos días de terribles sufrimientos, y Genaro, que se cascó toda la guerra con el Ejército Popular sin recibir ni un solo rasguño, acabada la contienda se pasó al maquis. Pero en 1943 una ráfaga disparada por la Guardia Civil le voló la cabeza en los pirineos de Huesca. 

Y todo eso se sabe a ciencia cierta, ya que Mariano el sacristán, también estuvo en la guerra, pero actuando como sanitario en el bando franquista. Fue precisamente en Belchite donde recién finalizada la batalla con el triunfo de los nacionales, se dio de bruces con un moribundo Martín. En su agonía le relató todo cuanto les había ocurrido a Genaro y a él desde su huída hacia Francia, y cuando Mariano le puso al corriente de los hechos con la excarcelación de Pilar, al saber que tanto él como Genaro y Roque habían sido absueltos, sonrió levemente exhalando su último suspiro. Su cadáver fue enterrado con cal viva en una fosa común. 

El nombre del maqui Genaro Bayo salió a relucir en la prensa de la época. Estaba considerado como uno de los más feroces y sanguinarios maquis que en aquellos lejanos tiempos habían conquistado a golpe de metralleta el pirineo de Huesca. Su cadáver fue fotografiado escoltado por más de treinta números de la Guardia Civil. Nunca se supo el lugar donde había sido enterrado. 

De Roque, el hermano más joven, nada se supo a ciencia cierta. Sin embargo años más tarde, en 1965, mi tío Felipe me comentó que en el invierno anterior, apareció en el pueblo un forastero muy viejo que iba montado en uno de esos grandes coches americanos conducido por un chofer negro. El coche paró en seco frente a la derruida casa del difunto Tío Bayo y el viejo se apeó ayudado por su chofer. Extendió su mano y acarició con la yema de sus dedos la carcomida madera de la vieja puerta. Después regresó a su asiento y el coche arrancó enfilando la carretera con dirección a Zaragoza. 
Aquel vehículo lucía una matrícula en la cual podía leerse: 
New York City. 

José Luis de Valero. 

Capítulo de mi novela 
RELATOS DE CEMENTERIOS, CADÁVERES Y APARECIDOS 
Copyright © 2001 José Luís de Valero 
Todos los derechos reservados

sábado, 8 de marzo de 2014

LA SANTA COMPAÑA y SU PAJOLERA MADRE


No nos engañemos: Vítor Veiga era un capullo integral y un picha floja. Sin embargo Sabela, su mujer, era la que en realidad mandaba en la casona y la que le sometía a una férrea disciplina tanto laboral como de cama. Aquella misma noche y antes de sentarse a la mesa para dar cuenta del sobrante de pote gallego habido en el mediodía, Sabela le espetó de repente: 

-Vítor, ¿ya muñiste la vaca? 
-Todavía no. 
-¿Pues a qué esperas? 
-A que escampe, que está diluviando. 
-La teta de la vaca no puede esperar a que escampe la lluvia. Si quieres cenar, antes ya te estás yendo a escape al ordeño. 
-¿Con la que está cayendo? 
-Y con la que te puede caer de mi parte, si no te vas ahora mismo. 

Vítor Veiga ni se atrevió a contestar. Las órdenes que emanaban de su mujer eran tajantes y no admitían la menor réplica, so pena de tener que vérselas con el rodillo de amasar empanadas que Sabela manejaba con increíble destreza, como bien había podido comprobar Vítor en sus propias carnes en más de una ocasión. 

Antes de salir hacia el establo se acercó al hogar donde crepitaba un viejo piñeiro silvestre que con una viva llama lamía el caldero en el cual se estaban recalentando los restos del pote matutino. Emitiendo un leve suspiro de resignación, Vítor se acercó al hogar y olisqueó el guiso. Desprendía un sutil aroma y no pudo resistirse a suplicar: 

-¿Puedo probar un cacho lacón con berza antes de ordeñar, Sabela? 
-Puedes, pero ya te estás yendo que la campana de la iglesia acaba de dar nueve campanadas….Y que no se te olvide que mañana bien temprano te has de acercar con mi collar de perlas al joyero del pueblo, a ver si de una maldita vez me arregla el cierre. 
-Pero si esas perlas son más falsas que Judas, Sabela….. 
-Me es igual. Antes de morir me las regaló mi madre que en paz descanse. 
-Pues vale, lo que tú digas, pero poner un cierre nuevo valdrá más que las perlas – rezongó por lo bajo…... 

Vítor recordó que la vieja bruja de su suegra había tenido mal fin. Decíase en la aldea que andaba en tratos con quiromantes, sanadores y echadores de cartas y sortilegios. Incluso había quien aseguraba que la madre de Sabela preparaba filtros y bebedizos con restos de cadáveres humanos. Lo cierto fue que un buen día apareció colgada de un carballo y el cura se negó a enterrarla en sagrado. 

En medio de una impresionante tormenta cuajada de rayos y truenos, Vítor cogió el cubo, salió de la casona dirigiéndose al establo e inmediatamente comenzó a temblar de puro miedo. Desde rapaz, cuando caía la noche le entraban todos los males. Ello era debido a cuanto le ocurrió en una noche negra como la boca de un lobo. A su madre y a él se les había aparecido la Santa Compaña en el sendero de Cangas. Vítor salió corriendo, pero su madre se quedó como petrificada contemplando la fúnebre comitiva. Murió al cabo de tres días, delirando y con los ojos en blanco. 

Por eso cuando tras ordeñar la vaca abrió la puerta del establo salió al exterior y nuevamente se dio de narices con la Santa Compaña, Vítor se fue de bareta dejando sus cayumbos más pringaos que el palo de un churrero. El pestazo era de tal calibre que la comitiva de la Santa Compaña en pleno, pegó un respingo echándose hacia atrás. 

-Eres un guarro, Vítor – aulló uno de los encapuchados – Hasta hoy, nadie se había atrevido a cagarse en nuestra presencia; al contrario, al vernos salían a escape. 

Vítor bajó los ojos, avergonzado. Intentó balbucir alguna disculpa, pero su acojone ante la espectral visión era tal, que lo único que le salió fue un sonoro cuesco que según él mismo dedujo en el momento de la evacuación o lanzamiento, era cuanto le quedaba en su intestino grueso. 

El que encabezaba la comitiva de la Santa Compaña, profirió un desgarrador alarido, al tiempo que sentenció: 

-¡¡ En castigo a tu osadía y pedorreta, y antes de emplazarte en tu hora final te condenamos a conocer tu pasado y también el de tu amada Sabela, puesto que ambos vivisteis unidos en una vida anterior y en uno de vuestros devaneos amorosos hicisteis mofa y escarnio de los seres que habitamos el Más Allá ¡!,... -¡¡Éste es vuestro pasado¡!....¡¡Contémplate en tu anterior y disoluta vida!! - vociferó el comandante en jefe de la Santa Compaña, sacándose de la manga una tele de plasma que se enchufó directamente bajo el sobaquillo....... 

Tras un leve parpadeo, el artilugio de plasma comenzó a emitir unas bucólicas imágenes,....Mostraba el gran salón-biblioteca de una antigua mansión inglesa y a dos personas vestidas elegantemente según la moda de finales del siglo XIX. Ambas se hallaban cómodamente apoltronadas en sus respectivos sillones .... Pero lo peor estaba por llegar......
……….. .................... 

Lady Elisabeth Bradford apuraba lentamente el té de las cinco mientras hojeaba con su habitual languidez la prensa del día. 

-Atiende querido Víctor. Oscar Wilde afirma que "Drácula" es una de las mejores novelas jamás escritas - leyó, con un mohín de enfado - Eso es ridículo, teniendo en cuenta que Bram Stoker es un palurdo irlandés, está claro. ¿No crees? 

El silencio fue la respuesta. Lady Elisabeth cerró el periódico intentando distinguir a través de la cortina de humo que invadía el gran salón-biblioteca, el cuerpo de su esposo que se hallaba camuflado en el interior de una vaporosa nube de aromático tabaco. 

-Víctor, querido ¿Estás ahí? 

El afilado perfil de Lord Víctor Bradford, Caballero de la Jarretera y Miembro Honorario de la Cámara de los Lores, surgió solícito entre la bruma carraspeando levemente con la exquisita corrección que distingue a los caballeros que han tenido la oportunidad de estudiar en Oxford. 

-¿Sí, querida?.... ¿Decías.....? 

Lady Elisabeth Bradford increpó suavemente a su esposo. Le molestaba sobremanera la poca o incluso nula atención que Víctor prestaba a sus comentarios cuando estaba saboreando aquella apestosa pipa. 

-Deberías prestarme un mínimo de atención, querido. 
-Lo siento, querida. Estaba soñando con las próximas vacaciones 
-Me complace que por una vez pensemos en lo mismo. Creo que ya va siendo hora de programar nuestras bien merecidas vacaciones de invierno. ¿No te parece? Este año me agradaría hacer algo diferente, algo irrepetible ¿Me comprendes? 
-Por supuesto, darling, por supuesto. Lo dejo en tus manos. A buen seguro me sorprenderás con el destino que tú elijas. Pero te recuerdo que antes de emprender viaje, debería visitar a mi dentista en Londres para que me realice un empaste. 

Cuando Lady Elisabeth Bradford tomaba una decisión respecto a sus vacaciones histórico-culturales y una vez fijado el destino vacacional, la partida no admitía demoras de ningún tipo. Los empleados de la agencia de viajes Cook, cercana al domicilio de los Bradford, se echaban a temblar cuando veían entrar por la puerta a Lady Elisabeth solicitando información y los pertinentes folletos del viaje elegido por el matrimonio. 

Toda la documentación del itinerario vacacional incluyendo los pasajes, tenían que estar preparados en un tiempo límite por lo que los empleados de Cook hacían horas extras para satisfacer la premura viajera de la aristocrática pareja. 

A las cuarenta y ocho horas de haber programado las vacaciones invernales, el matrimonio emprendió viaje. Tras dos semanas pateándose media Europa por infernales caminos, arribaron a Bucarest mediante los servicios de una diligencia tirada por cuatro astrosos jamelgos. 

En la Plaza Mayor les esperaba un menestral, que a bordo de una desvencijada tartana tirada por un no menos desvencijado burro, les condujo tras cuarenta kilómetros de caótico recorrido hasta la misma orilla del lago Snagov situado al pie de los Alpes de Transilvania. El burro en cuestión, la palmó al final del trayecto tras exhalar un solemne rebuzno de descontento por la fustigación recibida de parte del otro burro de menestral. 

El recepcionista del hotel sonrió por lo bajo cuando Lady Elisabeth Bradford se interesó por un viejo convento medio en ruinas, situado en una pequeña isla del lago. 

-Deseamos visitar inmediatamente la tumba de Vlad el Empalador. La agencia Cook nos indica que en esa isla se encuentra su tumba- ordenó tajantemente - Consíganos una barca, joven. 

-Lo lamento señora, pero de día no verán nada. Al tratarse de un vampiro, el Príncipe Vlad de Valaquia no está allí hasta pasada la medianoche. 
-¡Qué fastidio! - exclamó contrariada Lady Elisabeth Bradford - Ese detalle no me lo advirtieron en mi agencia de viajes. Pienso presentar una reclamación en toda regla cuando regrese a Inglaterra. ¡Es inaudito! 

Tremendamente decepcionada, Elisabeth firmó en el libro de registro, mientras su esposo contemplaba embelesado una preciosa capa negra expuesta en una de las vitrinas situadas en el hall del hotel. 

-Es una copia exacta de la que utilizó Vlad de Valaquia, El Empalador- caballero - apuntó solícito el recepcionista - Y a muy buen precio, por cierto. 
-¡Oh, me encanta Víctor!- exclamó repentinamente Lady Elisabeth - Es exactamente la clase de prenda que necesitamos como souvenir. Súbanosla a la suite, joven. 

Mientras estaban vistiéndose para la cena, Víctor se interesó por el repentino interés de su esposa ante tan bella, aunque a la vez anticuada prenda. Por supuesto él no estaba dispuesto a pasear por las calles de Londres con semejante vestimenta sobre los hombros, ni por todo el oro del mundo. Una cosa era que le agradase su corte y hechura y otra muy distinta el utilizarla asiduamente como abrigo. 

-No te preocupes, querido- le tranquilizó Lady Elisabeth - No será en Londres donde utilizarás esa capa. Esta noche me encantaría que bajases a cenar con ella puesta sobre los hombros,...Así estarás a tono con el ambiente de este sombrío hotel. 

Cuando el aristocrático matrimonio hizo su aparición por la escalinata que descendía desde las habitaciones al comedor del hotel, los escasos turistas que se hallaban degustando la cena no pudieron reprimir un estremecimiento. Víctor Bradford en todo su esplendor, bajaba por la escalera vestido de rigurosa etiqueta, capa incluida, ofreciendo su brazo a una Lady Elisabeth ataviada de lamé, con un despampanante y escotado traje de noche de color rojo sangre y con su rubia melena al viento. 

Los comensales y los camareros que atendían las mesas se quedaron inicialmente paralizados ante la - por un momento - teatral aparición, para después estallar en una carcajada colectiva. 

-No les hagas caso, querido- susurró por lo bajo Lady Elisabeth - Esos ignorantes no saben vestirse para la cena con prendas a tono con las circunstancias. 

Durante la cena al amor del fuego, Víctor paladeaba un recio vino de la tierra al tiempo que no cesaba de emitir sonoros chasquidos bucales. 
-Por favor, Víctor, deja de hacer ruido con la boca. Es desagradable en extremo oír el sonido y el crujir de tus dientes. 
-Lo siento querida. Mi dentadura,... ya sabes. No me dio tiempo de visitar al dentista para que me empastara una pieza- se disculpó Víctor, comprobando con asombro que las mejillas de Elisabeth se hallaban totalmente arreboladas. 
-Y tú no bebas más vino, querida- apuntilló, al observar un extraño fulgor en la mirada de su esposa - Te noto muy excitada. 

Elisabeth se ahuecó coquetamente el cabello, apurando de golpe una nueva copa de aquel excelente vino que por el color, hacía juego con su rojo y escotado vestido. 
-Subamos a nuestro aposento, querido. Te espera una sorpresa - contestó enigmática - La fiesta todavía no ha terminado; yo diría que comienza ahora. 

Una vez a solas en la suite, Víctor se quedó atónito cuando vio a su hasta entonces recatada esposa desvestirse a un ritmo quizá más bien cadenciosamente lujurioso, teniendo en cuenta el innato pudor que siempre había demostrado su cónyuge para tales menesteres previos al encame. 

La sorpresa fue en aumento cuando Elisabeth se situó junto al balcón abierto de par en par, ataviada con un escotado, transparente y vaporoso camisón blanco invitándole a compartir el lecho matrimonial con una mirada cargada de carnal deseo. 

-Espero que te comportes como un auténtico vampiro, amo mío- le susurró voluptuosamente al oído, ofreciéndole su palpitante yugular con un teatral gesto de desmayada actitud - Tómame salvajemente, príncipe de las tinieblas. 

Víctor carraspeó levemente y tomando impulso se lanzó en picado sobre Elisabeth, intentando superar la histórica actuación de Vlad El Empalador. que por supuesto, ni había estudiado en Oxford, ni en su día tuvo la más remota idea de cómo tratar a una aristocrática dama inglesa. 

Todo sucedió rápidamente. En un instante, el cuerpo de su esposa yacía en el suelo entre espasmos de dolor y con los ojos totalmente desorbitados por el feroz ataque de un enloquecido Víctor que la contemplaba con la mirada extraviada. 

-¡Oh Víctor, eres un patán!...¡Has destrozado mi garganta!- gimió Elisabeth, llevándose ambas manos al cuello con un gesto de terror. 

Pero Víctor no prestó la menor atención a la angustiada queja de su esposa,...Estaba demasiado ocupado tratando de localizar uno de sus colmillos postizos, perdido entre las innumerables perlas que formaban una gargantilla isabelina, ahora diseminada sobre la alfombra de la suite número 13 del hotel Drácul Village....... 

Desde que había salido de Londres, Víctor Bradford no dejaba de pensar en su maltrecho incisivo y su única preocupación fue la de no haber podido visitar a su dentista antes de la partida,....Aquél maldito colmillo, siempre le había causado problemas. 
....………………… 

De repente el artilugio de plasma que portaba el comandante en jefe de La Santa Compaña se apagó dejando de emitir. Vítor Veiga pareció despertar de un largo sueño. Se llevó las manos a la boca y hurgando en su interior extrajo un ensangrentado colmillo. 

-¡Carallo! – exclamó – ¿Pues no se me ha caído un colmillo? 
-¡Pues que te creías, imbécil! – rugió el de la Santa Compaña – El sueño prosigue pero aguarda, que cuando llegues a casa te espera tu mujer…¡Y entonces sí que arderá Troya!....¡Ja, Ja, Ja, Ja,….!........Ahora puedes irte, que por este vez y sin que sirva de precedente, te perdonamos la vida…..Aunque posiblemente preferirías estar muerto de saber la que se te avecina….¡¡Ja, Ja, Ja, Ja, Ja,….!........ 

Mientras Vítor Veiga permanecía en el suelo en un estado de semiinconsciencia, la espectral comitiva se esfumó como por arte de magia. Los rayos y truenos habían desaparecido pero continuaba lloviendo a mares. Vítor estaba empapado de la cabeza a los pies. 

Poco a poco fue volviendo en sí, cogió el cubo del ordeño y se dirigió a la casona dando traspiés. El interior se hallaba completamente sumido en la oscuridad y eso le extrañó, porque Sabela siempre mantenía un par de bujías encendidas día y noche junto a las imágenes que representaban al Apóstol Santiago, patrón de Cangas de Morrazo, y junto a la imagen da Nosa Señora da Franqueira, patrona de Galicia. 

En el hogar crepitaban los restos de un viejo arbusto piñeiro silvestre que proporcionaba una débil llama a punto de extinguirse. Vítor avivó el fuego y prendió ambas bujías iluminando parcialmente la estancia. Observó que el caldero en el cual Sabela cocinaba el pote, permanecía sobre la mesa junto al pan y las dos escudillas y cucharas de madera que componían el servicio de mesa. 

Probó el guiso y comprobó que más que frío, estaba como helado. Y eso le extrañó aún más, porque Sabela siempre mantenía la comida caliente antes de servirla, y según calculó Vítor, desde su salida al establo hasta su regreso no habían transcurrido ni veinte minutos. 

-¡Sabela, que ya regresé del ordeño!...¡Se enfrió el pote!...¿Dónde estás? 

Pero no obtuvo respuesta. La casona permanecía en un silencio sepulcral. De repente el campanario de la iglesia desgranó una tras otra, doce campanadas. Vítor pegó un respingo sin comprender qué demonios estaba sucediendo…. Lentamente se dirigió hacia el dormitorio…y allí, a la luz de las dos bujías que portaba en ambas manos, contempló un macabro espectáculo, algo que él sabía jamás podría olvidar…. 

Sabela yacía ensangrentada sobre el lecho con la garganta completamente desgarrada. Sobre su cadáver, se encontraba desparramado el viejo collar de falsas perlas que le había regalado su madre antes de morir ahorcada en un carballo…… 

-¡Cágome en La Santa Compaña y en su puta madre! – exclamó Vítor con sus ojos casi fuera de las órbitas, al tiempo que estampaba las dos bujías contra el suelo de madera …. 

Al cabo de un mes Vítor Veiga fue detenido por la Guardia Civil, cuando se encontraba vagando desorientado en el interior de un profundo y sombrío bosque del municipio de Cangas do Morrazo. Tras ser ingresado en prisión, fue juzgado, condenado y ejecutado a garrote vil por el asesinato de su esposa Sabela y posterior incendio del hogar conyugal. 

Según comentaron quienes estuvieron presentes en la ejecución, las últimas palabras que pronunció Vítor Veiga fueron….. 

-¡Cágome en La Santa Compaña y en su puta madre! 

José Luis de Valero. 

Capítulo de mi novela 
RELATOS DE VIAJES Y DE VIAJEROS. 
Copyright © 2010 José Luís de Valero 
Todos los derechos reservados 

PD: Quienes deseen leer los diálogos de Vítor, La Santa Compaña y Sabela en Galego, que pulse este LINK.  

miércoles, 5 de marzo de 2014

PÁGINAS AL VIENTO DE LA BAHÍA


Despuntaba el alba sobre la gaditana bahía 
y Cádiz, mi amada Gades, como una novia resplandecía, 
de blanco ataviada, a la espera de su esposo, el nuevo día,… 
Con el amanecer clareando, la luz se extendía 
igual que un barniz sobre la arena entre las viejas barcas de pesca 
varadas acá y allá, agazapadas, casi escondidas, 

Rugía el mar y aullaba el viento. 

 En el amanecer de aquel día, me aproximé caminando 
hasta el milenario y para mí, entrañable puerto. 
Un viejo marino apoyado en la caña de su vieja barca 
me miró con mustio gesto. 

Tenía la mirada perdida y ausente de los vencidos. 

Rugía la mar, aullaba el viento. 
Hablaba el viejo para sí, con la voz queda, 
y entre silencio y silencio, musitaba un monólogo 
compuesto por parte de sus poéticos recuerdos: 

 Viejo poeta – se decía – iluso, necio, 
que desgranando vas sentimientos, 
creyendo que en Cádiz, alguien, 
hará caso a tus sonetos. 

 Esconde tu alma, 
silencia tu verbo, 
cierra tu mente y arroja, 
todas tus musas al fuego. 

 Deja ya de soñar, viejo, 
que el mundo no entiende de sentimientos, 
refúgiate en tu soledad, 
y canta para ti, en silencio. 

 Salpicado por la bruma, 
bogando al viento, 
surqué el mar de la vida, 
rodeado de silencios. 

El viento azotó mi alma, 
la mar rodeó mi cuerpo, 
deseo naufragar, ahora, 
 para dormirme en su seno. 

 Mi vida zozobra ya, 
la espuma envolverá, como blanco sudario mi cuerpo, 
fundido estaré con la mar, navegando desde Cádiz, 
 hasta el Puerto del Gran Silencio. 

Rugiente mar, blanco sudario que cubrirá mi marchito cuerpo. 

 Aquel gaditano, solitario navegante venido de tierra adentro, 
izó blancas velas de algodón que se alzaron 
cual gaviotas azotadas por el viento. 
Aguardaba a que las brisas portantes lo impulsaran mar adentro, 
hasta perder de vista la gaditana tierra que le vio nacer…. 
hasta perderse para siempre, mar adentro. 

 El marino en su travesía, 
dialogar quería con sus amigos y hermanos delfines, 
 que en su rumbo alocadamente se cruzarían 
 animándole en su último viaje en pos de la libertad 
 con destino al puerto del Gran Silencio. 

 El gaditano marino no había fijado ningún rumbo 
ni trazado signo alguno en la carta de navegación. 
Cerró los ojos. Se dejaría llevar por el viento, pensó, 
cabalgando sobre la cresta de unas olas que le salpicarían, 
purificando su espíritu, y templando su viejo y ajado cuerpo. 

 Bajo el brazo, portaba el viejo un cúmulo de papeles, 
páginas por él escritas en finiquitados tiempos. 
Ellas eran sus compañeras de viaje, 
 la recopilación de toda una vida, 
el signo gráfico de su propio testamento. 
El viejo marino había sido en su día un escritor viajero. 
Mostrándome las páginas, el viejo gaditano me habló, 
en un susurro, muy quedo: 

 Hoy están conmigo – dijo – 
Las acojo entre mi pecho al calor que les proporciona mi cuerpo.
 Ellas y yo nos hemos fundido en uno, para lanzarnos al viento. 
Huimos de esta gaditana tierra, 
que mancillarla con mi cuerpo muerto, no quiero. 
Nos sumergiremos en nuestra madre la mar, 
entre toneladas de blanca espuma, 
sobre las olas que nos mecerán, durmiéndonos, 
hasta el fin de los tiempos. 
Rugiente mar, blanco sudario que cubrirá nuestros marchitos cuerpos. 

 El marino soltó amarras, levó el ancla, huyó, 
partió en pos de su libertad, 
cabalgando sobre las olas, impulsado por el viento, 
Su vieja barca zarpó, libre al fin de ataduras, 
libre al fin de su destierro. 

 El viejo marino, alejándose, me miró, 
despidiéndose de mí con dulce gesto. 
No tenía ya, la mirada perdida y ausente de los vencidos. 
No pude oír ni una palabra más, por el rugir del viento. 
El Atlántico tronó al pie de los arenales 
reclamando para sí, a su hijo gaditano, el escritor viajero. 

 Nos miramos fijamente. 
Nos despedimos en silencio. 
Rugía la mar, aullaba el viento. 
Proseguí mi caminar entre los varados barcos 
de aquel milenario y gaditano puerto, 
y sin volver la vista atrás, me fui caminando en silencio, 
salpicado por la bruma y azotado por el viento. 

 Cádiz, mi amada Gades, quedó atrás, 
en torrentes de luz sumida, 
de blanco ataviada, con el nuevo día ya desposada, 
y arrullada por las olas de la mar, que celosamente, 
en sus entrañas aguardaba el cuerpo de un escritor viajero.

 Aquel viejo gaditano que cuando zarpó. 
decidió para no mancillar la playa, agonizar tras el horizonte, 
yendo su cuerpo a morir más allá de la bahía,…. 
entre las olas del mar,,,, lejos de su amada Gades, 
allá donde la visión de su tierra amada se perdía y entonces,… 
entonces sí, pensaría,…entonces de añoranza… 
y con el alma rota,
 libremente llorar podría.

José Luis de Valero. 

Relato poético ganador del Primer Premio Ciudad de Cádiz 2004 
 Copyright © 2003 José Luís de Valero 
Todos los derechos reservados


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