Al igual que Cayo Julio César, puedo decir con orgullo que también yo he cruzado el Rubicón, pero a la inversa, no para entrar en Roma al frente de las legiones, sino para salir de ella en una batida en solitario rumbo a Hispania. De igual forma que César lo hizo, yo musito entre dientes "ALEA JACTA EST": la suerte está echada.
Tras cruzar el Rubicón me he internado en la Galia y traspasando los Pirineos me he refugiado en los montes astures cobijándome en una remota lobera situada en lo más profundo de los Picos de Europa. Desde aquí atisbo lo que antaño fue un territorio llamado España que permaneció unido durante siglos por vínculos de sangre, de amor y de muerte. Hoy, desde la distancia observo atónito que donde antaño florecía la concordia entre todos los pueblos hispanos, ahora tan sólo se divisan humeantes ruinas provocadas por las acciones políticas de una raza llamada humana.
Debo aclarar que quien suscribe no pertenece a tal raza. El hecho de que yo esté aquí es debido a una promesa que en su día hice a los míos. Mi manada de lobos hispanos fue perseguida y masacrada por esbirros gubernamentales de común acuerdo con villanos literarios, y al igual que lo hizo el pueblo bíblico por el desierto, toda mi familia se dispersó hasta el último espacio virtual del Universo. Pero yo prometí que algún día regresaría para dar fe de que nuestra presencia en este territorio marcó un hito. Y ese día ha llegado.
Estoy aquí para cumplir mi promesa.
Olfateo, luego existo. Antes de salir de la espesura a campo abierto, observo. Observo a los humanos llamados racionales, cómo se destruyen, cómo aniquilan todo vestigio de vida. Sin duda son una raza maldita. Destruyen su hábitat, sus dioses, sus leyes, sus creencias y de paso se masacran entre ellos. Nuestra raza no hace eso. Cuando nos peleamos entre nosotros, tan sólo marcamos el mordisco, pero jamás nos destruimos. Respetamos y cuidamos nuestro linaje. Ya quedamos pocos, pero estamos unidos. Somos una gran manada que se refugia en ignotas loberas cibernéticas diseminadas por Hispania.
Todo el mundo cree que para comunicarnos entre nosotros sólo nos cabe aullar. Pero eso es un error del que saldrán algunos de los que me están leyendo, a medida que nos vayan conociendo. Los lobos hispanos llevamos el honor y la bravura impresa a fuego en nuestros genes. Miles de generaciones, miles de guerras y millones de muertos nos avalan. Tenemos a bien defender hasta la muerte nuestras creencias y nuestro territorio, que es tanto como decir nuestra Patria. Y ese es el principal vínculo que nos une.
Sin embargo también poseemos otras armas. Nuestro sistema de comunicaciones es secreto. Nos reconocemos por la mirada, leyéndonos, incluso leyéndonos el pensamiento, virtud ésta fuera del alcance de los que opinan que todo en este mundo ha de ser políticamente correcto. En nuestras acciones sólo imperan tres leyes: lealtad a nuestra estirpe, defensa del territorio y ataque frontal contra el enemigo.
Aplasto mi cuerpo contra la tierra y deseo fundirme a ella como hijo suyo que soy. Arribo desde la frondosidad de un plácido bosque que existe tras una de las colinas de Roma, y después de cruzar el Rubicón, casi sin darme cuenta, me encuentro en pleno territorio enemigo.
Hay que cubrirse, aplastarse contra la tierra para que nadie vea mi sonrojo ni mi llanto por tanta muerte, por tanta sangre, por tanta vileza e ignominia que mancha mi patria hispana. Hay que cubrirse, que los carroñeros andan al acecho y se ceban con los más débiles. Aunque eso no va conmigo. Yo no aúllo. Sólo observo y tras valorar el salto, me lanzo a la yugular de mi presa y a pesar que según dicen, la venganza es un plato que se sirve frío, yo no busco la venganza en estas páginas.
Sólo busco Justicia y ese es un bien escaso en este pandemonio de nacionalismos en el que se ha convertido mi amada Patria..... por lo que de nuevo me escondo en la espesura aguardando paciente que algún signo de vida procedente de mi antigua manada cibernética venga a sacarme de mi letargo. Sólo entonces volveré a incorporarme a ese minúsculo ejército de rebeldes, con el fin de proseguir en un combate que se me antoja suicida, aunque poco o nada me importa tal hecho. Porque nosotros, los viejos lobos hispanos, estamos acostumbrados y también condenados a batirnos en solitario contra los carroñeros políticos que asolan nuestro territorio.
José Luis de Valero.
