Despuntaba el alba sobre la gaditana bahía
y Cádiz, mi amada Gades, como una novia resplandecía,
de blanco ataviada, a la espera de su esposo, el nuevo día,…
Con el amanecer clareando, la luz se extendía
igual que un barniz sobre la arena entre las viejas barcas de pesca
varadas acá y allá, agazapadas, casi escondidas,
Rugía el mar y aullaba el viento.
En el amanecer de aquel día, me aproximé caminando
hasta el milenario y para mí, entrañable puerto.
Un viejo marino apoyado en la caña de su vieja barca
me miró con mustio gesto.
Tenía la mirada perdida y ausente de los vencidos.
Rugía la mar, aullaba el viento.
Hablaba el viejo para sí, con la voz queda,
y entre silencio y silencio, musitaba un monólogo
compuesto
por parte de sus poéticos recuerdos:
Viejo poeta – se decía – iluso, necio,
que desgranando vas sentimientos,
creyendo que en Cádiz, alguien,
hará caso a tus sonetos.
Esconde tu alma,
silencia tu verbo,
cierra tu mente y arroja,
todas tus musas al fuego.
Deja ya de soñar, viejo,
que el mundo no entiende de sentimientos,
refúgiate en tu soledad,
y canta para ti, en silencio.
Salpicado por la bruma,
bogando al viento,
surqué el mar de la vida,
rodeado de silencios.
El viento azotó mi alma,
la mar rodeó mi cuerpo,
deseo naufragar, ahora,
para dormirme en su seno.
Mi vida zozobra ya,
la espuma envolverá, como blanco sudario mi cuerpo,
fundido estaré con la mar, navegando desde Cádiz,
hasta el Puerto del Gran Silencio.
Rugiente mar, blanco sudario que cubrirá mi marchito cuerpo.
Aquel gaditano, solitario navegante venido de tierra adentro,
izó blancas velas de algodón que se alzaron
cual gaviotas azotadas por el viento.
Aguardaba a que las brisas portantes
lo impulsaran mar adentro,
hasta perder de vista la gaditana tierra que le vio nacer….
hasta perderse para siempre, mar adentro.
El marino en su travesía,
dialogar quería
con sus amigos y hermanos delfines,
que en su rumbo alocadamente se cruzarían
animándole en su último viaje en pos de la libertad
con destino al puerto del Gran Silencio.
El gaditano marino no había fijado ningún rumbo
ni trazado signo alguno en la carta de navegación.
Cerró los ojos. Se dejaría llevar por el viento, pensó,
cabalgando sobre la cresta de unas olas que le salpicarían,
purificando su espíritu, y templando su viejo y ajado cuerpo.
Bajo el brazo, portaba el viejo un cúmulo de papeles,
páginas por él escritas en finiquitados tiempos.
Ellas eran sus compañeras de viaje,
la recopilación de toda una vida,
el signo gráfico de su propio testamento.
El viejo marino había sido en su día un escritor viajero.
Mostrándome las páginas, el viejo gaditano me habló,
en un susurro, muy quedo:
Hoy están conmigo – dijo –
Las acojo entre mi pecho al calor que les proporciona mi cuerpo.
Ellas y yo nos hemos fundido en uno, para lanzarnos al viento.
Huimos de esta gaditana tierra,
que mancillarla con mi cuerpo muerto, no quiero.
Nos sumergiremos en nuestra madre la mar,
entre toneladas de blanca espuma,
sobre las olas que nos mecerán, durmiéndonos,
hasta el fin de los tiempos.
Rugiente mar, blanco sudario que cubrirá nuestros marchitos cuerpos.
El marino soltó amarras, levó el ancla, huyó,
partió en pos de su libertad,
cabalgando sobre las olas,
impulsado por el viento,
Su vieja barca zarpó, libre al fin de ataduras,
libre al fin de su destierro.
El viejo marino, alejándose, me miró,
despidiéndose de mí con dulce gesto.
No tenía ya, la mirada perdida y ausente de los vencidos.
No pude oír ni una palabra más, por el rugir del viento.
El Atlántico tronó al pie de los arenales
reclamando para sí, a su hijo gaditano, el escritor viajero.
Nos miramos fijamente.
Nos despedimos en silencio.
Rugía la mar, aullaba el viento.
Proseguí mi caminar entre los varados barcos
de aquel milenario y gaditano puerto,
y sin volver la vista atrás, me fui caminando en silencio,
salpicado por la bruma y azotado por el viento.
Cádiz, mi amada Gades, quedó atrás,
en torrentes de luz sumida,
de blanco ataviada, con el nuevo día ya desposada,
y arrullada por las olas de la mar, que celosamente,
en sus entrañas aguardaba el cuerpo de un escritor viajero.
Aquel viejo gaditano que cuando zarpó.
decidió para no mancillar la playa, agonizar tras el horizonte,
yendo su cuerpo a morir más allá de la bahía,….
entre las olas del mar,,,, lejos de su amada Gades,
allá donde la visión de su tierra amada se perdía y entonces,…
entonces sí, pensaría,…entonces de añoranza…
y con el alma rota,
libremente llorar podría.
José Luis de Valero.
Relato poético ganador del Primer Premio Ciudad de Cádiz 2004
Copyright © 2003 José Luís de Valero
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