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Ya en la ducha y debido a las prisas, se cascó un porrazo de cierta consideración al resbalar y darse con la rabadilla contra el canto de la pileta. Entre variopintos juramentos y exabruptos, Froilán se aprestó a preparar rápidamente el equipaje, maldiciendo la hora que se le había ocurrido posponer sus vacaciones hasta el mes de Agosto, facturando por delante en Julio a su mujer, niños y suegra hacia tierras gallegas.
Durante los meses de verano, debido al escaso margen de tiempo que disponía para comer, ni pensar hacerlo en su domicilio puesto que Froilán no sabía ni freírse un huevo y con su mujer y suegra de vacaciones, se veía totalmente desasistido en asuntos culinarios. Por lo tanto estaba obligado a comer en tascas o mesones de mala muerte, que tales figones y tabernas dedicados a repostar desfallecidos estómagos, también se prodigan en Madrid, barrio de Argüelles y aledaños para solaz de currantes de paso por la zona.
Aquel verano el astro rey se dedicó principalmente a fundir las piedras, derretir el asfalto y llevarse por delante a varios miles de ciudadanos europeos que no llegaron a tiempo de ponerse a salvo bajo una sombra o bajo la protección del aire acondicionado. Las calles de Madrid se habían convertido en una especie de parrilla al rojo vivo o más bien en una brasa incandescente y de todo punto inhumana que freía cuanto de animal y humano se atreviera a posar los pies sobre la superficie callejera.
Froilán consultó su reloj y comprobó que tenía el tiempo más que justo para tomar un bocado en el primer mesón que le saliera al paso. A resguardo en su portal, se dijo que en sólo cinco minutos se las tendría que ver con San Lorenzo si quería repostar su desfallecido estómago. Mas San Lorenzo, en contubernio con el anticiclón de las Azores apoyado por los vientos procedentes del Sahara, estaba en los cielos asando a los habitantes de Madrid, Según lo visto y comprobado el santo mártir se complacía en fundir el asfalto de las calles madrileñas, sin duda para recordar a los creyentes lo canutas que las debió pasar cuando a él lo asaron en una parrilla, vuelta y vuelta, dejándole como un churrasco.
A las 14 horas, 30 minutos Froilán optó por asomarse al exterior y salir a escape como alma que lleva el diablo en busca del refrigerio, palabra ésta que dicho sea de paso bien parece precursora de estímulos y deleites refrigerantes, cual no era el caso de Froilán en aquellos instantes, puesto que sudando a través de todos los poros de su piel corría a toda máquina en pos de la pitanza que su ya enfurecido estómago reclamaba para sí mediante feroces rugidos. Sin embargo por más que buscó en todas las cercanas guaridas del yantar, figones o mesones próximos a su domicilio, todos ellos sin excepción lucían el CERRADO POR VACACIONES.
A las 14 horas 45 minutos de aquel maldito domingo no se hallaban sus carnes ni su ánimo presto a contemplar el paisaje urbano, máxime cuando con estupor leyó en un termómetro que se hallaba a 45 grados centígrados a la sombra. Apretó las mandíbulas sintiendo rechinar los dientes mientras sus pies, embutidos en unas mil veces malditos calcetines tipo ejecutivo-agresivo chapoteaban en un magma de sudor cuyo efluvio de queso rochefort arribaba inmisericorde hasta su propio sentido olfativo.
Cierto era, pensó, que le quedaba la opción de remontar la calle Marqués de Urquijo hasta darse de bruces con El Corte Inglés y de tal guisa, sumergirse en el oasis de aire acondicionado que reinaba en sus estancias del Rincón del Groumet – abierto en festivos –, pero Froilán se dijo que el comer y beber en sus refrigerados aposentos bien podría costarle una pulmonía de euros y no estaba su exhausta bolsa para tales dispendios, teniendo en cuenta el derroche hotelero de toda su familia en Coruña, tirando de marisco hasta en el desayuno y la suegra tirando de cartón tras cartón en el bingo.
Dándole al meollo, estaba claro que también dio en pensar en el slogan que figura en el ticket de consumición en tan magno establecimiento: “Si no está satisfecho con su compra, le devolvemos el dinero”, que es lo que reza en la propaganda, dándole a entender a uno que el cliente siempre tiene la razón o cuando menos que su dinero se encuentra a buen recaudo.
Saboreando la idea de comer por el morro, en aquel instante Froilán pensó remontar Marqués de Urquijo, penetrar a saco en el restaurante de El Corte de marras y ponerse ciego atiborrándose de suculento marisco y sibaríticos platos regándolos con las mejores añadas de su bien provista bodega.
Después, una vez saboreados y deglutidos, con malévola premeditación y alevosía tan sólo restaba ponerse dos dedos en la boca cual gentil tribuno de Roma y a continuación echar la pota sobre la moqueta de la Pérfida Albión, aunque tal acción fuere digna de un bellaco y con ella quedara el restaurante anglosajón hecho unos zorros.
"Al fin y al cabo – rumió para sus adentros – siguiendo al pie de la letra el slogan de la firma, yo devuelvo el género y los del Corte me reintegran la pasta."
Sopesó la acción a seguir y no le pareció del todo ético tal procedimiento e intercambio de mercancía, así que de nuevo optó por lanzarse a la busca y captura de cualquier establecimiento válido para darle al diente, fuera mesón, figón o vulgar tasca con tal de calmar su hambruna.
A todo eso el tiempo corría inexorablemente y los rugidos intestinales de su organismo así lo pregonaban a los cuatro vientos, surgiendo vociferantes como alaridos salvajes desde el fondo de su cuerpo, desfallecido ya de tanto arrastrase en pos del condumio.
Apreciando visualmente las volutas caloríficas que cual fantasmagóricos espectros emergían entre el asfalto, Froilán convino que la subida por Marqués de Urquijo le estaba vedada pues más bien en aquellas circunstancias de bochorno parecía una hazaña comparable a remontar en bicicleta el Tourmalet o el Alpe d´Huez en hora punta y con las ruedas pinchadas. En su desesperado caminar, literalmente desfallecido, se derrumbó en el primer banco que halló a la sombra.
Jadeante, casi en fase de taquicardia cayó en la cuenta que el destino cruel a veces, magnánimo otras, le había puesto frente a un figón de mala muerte con ínfulas de marisquería de postín según daba a entender un fiero bogavante pinza en ristre, que lucía pintado en el cristal de la puerta de entrada. Marisquería-Restaurante-Cervecería, rezaba el reclamo, dándole a entender que en aquellos pagos el menú del día podía ser historia y que quién allí se aposentara podía ir preparando la Visa Oro.
Taciturno y simplemente por mera curiosidad se aproximó con cierta reverencia al cristal donde el fiero bogavante era dueño y señor del cotarro. Los negros ojillos del bicho, malévolos y mal pintados se clavaron en su retina como lanzándole un mensaje advirtiéndole del terreno en el que se estaba moviendo.
Pero la suerte estaba echada. Froilán Cascante tomando aire empujó con cierto temor la puerta de acceso al local y al instante el Polo Norte pareció abalanzase sobre su cuerpo envolviéndole con subliminales e invisibles latigazos de aire helado. Había traspasado los elementos, estaba en otro mundo; entonces no pudo resistirse a contemplar al pintado bogavante tostándose al sol, mientras él en aquellos instantes rezumaba un placentero frescor a través de todos los poros de su piel.
Cerró los ojos intentando borrar de su mente los estúpidos y mal pintados ojos del bogavante-reclamo, ya que por otra parte el artista que lo había plasmado de igual modo se había olvidado de pintarrajearle las patas reglamentarias y en su delirio pictórico, el bicho más bien parecía un ciempiés ortopédico con patas de más y antenas de menos que un digno representante de su estirpe.
-¿El caballero viene solo?
Froilán afirmó con la cabeza repetidamente y con la mirada un tanto estúpida, babeando incluso por la comisura de la boca, sorbiéndose el moco, pues era portador de un moquillo rebelde que se deslizaba por la nariz debido al soponcio y brusco cambio climático habido en cuestión de segundos.
Se dejó llevar por el camarero igual que un reo ofrece su cuello al tajo del verdugo. En aquellos mágicos momentos a Froilán Cascante le importaba un carajo lo que pudiera costar la pitanza.
El establecimiento era y es angosto, de mal caminar entre sus muros y cuchitriles escandalosamente pintados de un azul indefinible, mezcla de celeste, cobalto y con sutiles pinceladas de verde esmeralda que por lo visto querían imitar las olas del mar en plena galerna cantábrica. Sin ser un experto en arte mural, Froilán atribuyo sin duda el desacato pictórico a la misma mano que creó el bogavante-ciempiés de la entrada, a pesar que con su personal matiz plasmado en las paredes, evidentemente el artista se había pasado un huevo.
Atónito se encontraba contemplando el fruto de aquel artístico delirium trémenos, cuando el camarero tiró de él con cierta prisa casi empujándole hacia el interior del local; tanto fue así que el hambriento Froilán tuvo que sortear como pudo media docena de tripudos bebedores de cerveza que se las estaban viendo con sendas jarras; hasta que al fin asistido por el camarero pudo llegar al primer reducto, o como quiera llamársele al habitáculo destinado a degustación marisquera.
Dicho recinto tenía y tiene seis metros cuadrados a lo sumo, lugar donde se ubican tres raquíticas mesas con sus correspondientes cuatro sillas cada una, lo que hace que la suma de todos los componentes o piezas de mobiliario colapsen el espacio útil para poder moverse entre las mesas con cierta holgura. Tanto fue así que observando a los comensales se podía apreciar que más que sentarse, se apretujaban como en el Metro a hora punta, codo con codo entre montones de cáscaras de marisco, descabezados langostinos y peladuras de gambas.
Si a todo ello añadimos las botellas de vino, las copas y los cubiertos, el maremagno gastronómico que se formaba en la zona adquiría cierto reflejo tragicómico.
Quedaba una mesa libre pero estaba dispuesta para cuatro servicios aunque Froilán se preguntó, dónde y cómo podrían aposentarse cuatro comensales sin llegar a pisarse los pies y darse de patadas en las espinillas.
Haciendo un mohín de disgusto por no poder anidarle en la mesa libre, el camarero decidió introducir a su cliente en otro cuartucho contiguo – ocho metros cuadrados – donde además de hallarse vacío figuraban cuatro raquíticas mesas montadas y listas para su uso.
-Aquí estará más fresco, caballero – dijo indicando autoritariamente a Froilán el rincón más alejado, intentando sin duda que el comensal ocupara el menor espacio posible.
Como pudo y tras ímprobos esfuerzos, Froilán se introdujo entre la pared y la mesa volcando en el arriesgado intento las copas, el salero y arrastrando tras de sí el cenicero, los cubiertos y una voladiza hoja blanca de papel que hacía la función de servilleta. El mantel de celulosa a cuadros, de semejante forma se fue a hacer puñetas debido a la pertinaz lucha del comensal por encasquetarse en tan mísero reducto, semejando tal acción una especie de encajonamiento en chiqueros.
De repente Froilán Cascante notó como si las heladas garras de la propia muerte estuvieran recorriéndole una a una todas las vértebras del espinazo. Enclaustrado como estaba en tan ruin postura y haciendo un supremo esfuerzo con las cervicales, elevó cuanto pudo la cabeza para investigar la procedencia del gélido zarpazo, y cuál sería su asombro al comprobar que un aparato difusor de aire acondicionado pendía justo a un metro sobre su cabeza flagelándole con un despiadado chorro de aire siberiano.
Se disponía a elevar una queja al respecto, cuando el camarero sin duda molesto por el estropicio causado con las copas, cenicero, cubiertos, salero y mantelería de papel, frunció el entrecejo hasta un límite ciertamente desaconsejable, como para que el hambriento comensal se atreviera a quejarse de la brisa polar que lenta pero inexorablemente congelaba su espina dorsal,
Froilán aguardó pacientemente a que el camarero ultimara la retirada del destrozo y montara de nuevo el servicio de mesa, para a continuación – caviló – indicarle la conveniencia de reducir el volumen de aire, o bien cambiarle de mesa para escapar de la tenaz congelación que parecía anhelar convertirlo en un carámbano.
-Me es imposible rebajar el flujo de aire, caballero. El aparato sólo tiene una marcha – resopló molesto el marmitón – Lo que puedo hacer es apagarlo momentáneamente pero si se ocupan las tres mesas restantes me veré obligado a ponerlo de nuevo en marcha, caso que algún cliente me lo pida.
-Para evitar problemas lo mejor sería cambiarme de mesa ¿no cree?
-Imposible – cortó tajante – El resto mesas son como mínimo para tres comensales.
Cortado, confuso, medio enchiquerado y notando como el sudor que empapaba su camisa se iba convirtiendo en escarcha, a punto estuvo Froilán Cascante de soltar una patada a la cojitranca mesa y lanzar por los aires el recién colocado servicio; sin embargo haciendo un supremo esfuerzo se contuvo, en buena parte debido a la alternativa formulada por el camarero según la cual la desconexión del aire sería un hecho, siempre y cuando aquel cuchitril permaneciera huérfano de más comensales.
Por otra parte sólo pensar en tener que abandonar la marisquería y reintegrarse al ardiente asfalto en busca de otro lugar, al ya desfallecido comensal le producía vértigo y una sensación de desamparo difícil de describir.
-Como entrante le aconsejo unas almejas de Carril con bacalao de Terranova aliñado a las finas hierbas. Exquisito, oiga.
¨Cojonudo¨ - pensó Froilán horrorizado – “Mezclan almejas con bacalao y encima a las finas hierbas,... ¿y por qué no adornar el plato con una rechoncha morcilla de Burgos y coronando el mejunje, a modo de peineta, una raja de sandía?”
Sin prestar la menor atención a las bárbaras propuestas culinarias que emergían de la heráldica boca del camarero, dio en ojear la carta en busca de lo más ventajoso para su bolsillo.
-¿Dónde está el menú del día? – se atrevió a preguntar en un susurro, mirando de reojo al mozo.
-¿Qué dice? – bramó, mirándolo con enconada fijeza no exenta de furor.
Volvió a repetir su pregunta, esta vez sin alzar excesivamente la mirada.
La crispación del empleado iba en aumento igual que la mala leche del comensal. Por un momento pensó que el frío reinante en aquella covacha estaba haciendo estragos en sus circuitos cerebrales, ya que de repente a Froilán le dio por alzar la voz y pegar tal manotazo sobre la jodida mesa. En su arrebato hizo temblar la cubertería, las copas, el cenicero y hasta consiguió hacer perder el equilibrio al salero que acabó derribado sobre el mantel.
-¡Qué me traiga el menú del día, coño!,..¡Y apague de una jodida vez el puto aire!
La exaltada requisitoria fue como un desahogo interior, algo sublime para su amor propio castigado en exceso en aquella hora, cuando el reloj de cuco colgado frente al ventisquero de aire acondicionado cantaba con incontrolado trino las 15 horas de aquel fatídico domingo. Era preciso abreviar. Los aviones no esperan y para llegar desde Argüelles hasta el aeropuerto de Barajas se precisaba no menos de una hora.
A la misma velocidad que el estúpido reloj de cuco se escondía cobardemente en el interior del reloj, así el camarero desapareció temeroso del lugar, no sin antes atizarse soberano trompazo en el muslamen contra una esquina de la mesa vecina, factor que le hizo soltar un juramento-imprecación de lo más blasfemo, sin duda indigno de ser pronunciado en una marisquería-restaurante de Argüelles.
Froilán Cascante sonrió por lo bajo. Acababa de sentar las bases del inicial entendimiento de lo que se supone ha de ser la pacífica convivencia y trato entre un camarero y un cliente. Si a su inicial cortesía le responden con soberbia entonces se han de invertir los términos para que todo funcione a gusto de uno, y a partir de aquel instante Froilán se convirtió en una especie de fiera territorial dispuesta a defender sus derechos por encima de cualquier imposición.
Una temblorosa mano empuñando un mando a distancia apareció de improviso apuntando directamente a un metro por encima de su cabeza.
El zumbido siberiano desapareció al instante y de nuevo la primavera reinó a espaldas del solitario comensal. Froilán suspiró aliviado haciéndose la firme promesa que en el futuro debería mantener con todo el mundo los mismos modales y dotes de mando utilizados con el camarero chillón.
Aprovechando la supremacía de mando ganada a pulso tras su inicial enfrentamiento con el camarero, creyó conveniente ampliar su espacio vital y para conseguir tal fin empujó la mesa hacia delante con cierto cabreo y suficiencia. De nuevo temblaron copas y demás artilugios aunque esta vez no hubo derribo de utensilios; Froilán comprobó que había ganado casi treinta centímetros de espacio vital, lo que ya podía ser considerado como un éxito parcial vista su anterior situación claustrofóbica; así que comenzó por aposentarse lo mejor que pudo a la espera de la carta con el menú del día.
Pasaron cinco minutos y el camarero seguía sin aparecer por la zona.
Un leve carraspeo advirtió de la presencia del camarero que retornaba al comedor cojeando levemente frotándose con inusitada excitación el muslo derecho, receptor del batacazo producido minutos antes contra el esquinazo de la mesa. Entonces fue cuando Froilán alzó la cabeza con suficiencia dejando traslucir una leve sonrisa, un pelín canalla y con cierto recochineo.
-¿Y bien,...? ¿Qué hay de menú del día? – preguntó frotándose las manos.
El camarero tardó como diez segundos en contestar, mirando fijamente al cliente, como hipnotizado.
Froilán reparó en él.
El individuo era más bien de complexión fornida, achaparrado, bien cebado y de prominente barriga con pelos y ombligo despuntando a través de una camisa cuyos botones pugnaban fieramente por desprenderse de los ojales y dejar en total libertad el pelamen del mozo.
-Gazpacho de primero, filete de segundo, pan, vino y postre,... y tendrá que esperar un buen rato porque el gazpacho se está enfriando en la nevera.
Lo soltó de corrido sin tomar aire, aunque al finalizar emitió una especie de bufido o rugido tribal dando a entender que el menú era inapelable. Pero daba la casualidad que el cuerpo del comensal además de comida le pedía guerra, pendencia dialéctica, bronca y querella verbal contra el desmadre de algunos restauradores o cocineros-autores que se creen con patente de corso para joder el estómago, la cartera o incluso la vida de sus parroquianos.
Froilán Cascante mentalmente contó hasta diez, calibrando el inicio de hostilidades que de un momento a otro iban a producirse entre aquellas cuatro paredes. Preparó el primer misil y apuntó al blanco.
-Mejor me presenta la carta del menú del día y así elijo otra variante – disparó.
El mozo abrió unos ojos como platos mirando alternativamente hacia un lado y a otro como buscando algo que se le hubiese extraviado.
-¿Variante?,... ¿Qué variante?,... ¿Qué es eso de la variante? – farfulló.
-Sí hombre, verá usted; como me imagino sabrá, todo menú del día ha de tener un mínimo de tres variantes; tres para el primer plato, tres para el segundo y tres para el postre. Eso es por ley y además el menú ha de venir por escrito y especificando claramente su precio – concluyó, aspirando el cigarrillo y soltando una espesa voluta de humo hacia el techo.
Observó de reojo al camarero y viendo sus facciones totalmente petrificadas, remató la faena.
-Yo con eso de la variante,... pues no sé,... ni idea,... ¡qué quiere que le diga! – intentó zafarse el mozo.
-Lo que usted me ofrece es un rancho, sin más – cortó Froilán, tajante – y debo recordarle que un restaurante-marisquería tiene la obligación de contar entre sus ofertas gastronómicas con el preceptivo menú del día.
Aspiró una profunda calada del cigarrillo dando por concluida su disertación al respecto. Mientras, los ojos del camarero parecían clavados en la brasa del pitillo como si su fulgor pudiera darle una explicación convincente o poseyera la clave que descifrara el embrollo de las jodidas variantes. Vista su falta de reacción ante el problema laboral que se le planteaba, Froilán decidió preparar un segundo misil en la rampa de lanzamiento.
-Y abrevie con la carta del menú que tengo prisa, joven.
El segundo misil parecía haber causado estragos, habida cuenta de la velocidad de huída de la que hizo gala el enemigo. Froilán Cascante se felicitó por haber sido tan explícito y contundente imponiendo la ley ante un ganapán con atuendo de camarero deseoso de aplicarle por narices un rancho sin duda deleznable y mezquino.
El cuco salió nuevamente de su polvoriento escondrijo cantando las tres y un cuarto. En aquel mismo instante, como si el pajarraco hubiera marcado con su trino la señal para un nuevo recrudecimiento de las hostilidades, hizo su aparición el sosías del camarero o más bien su doble pero corregido y aumentado en cuanto a formato y manifiesto descaro.
Medía el sujeto como mínimo dos cuartas más que el iletrado camarero subalterno y según los modos de que hizo gala en su presentación con su malsana verborrea, parecía el hombre propenso a flatulencias o úlceras estomacales habida cuenta de su acritud en las iniciales palabras de salutación.
-¡Qué coño pasa aquí!,... ¡Ni menú del día ni hostias!,... ¡Aquí no hay más cera que la que arde, rediós! – bramó excitado.
Por un momento el famélico comensal se vio cercado, acorralado contra la pared por aquel par de gañanes que parecía se complacían en obligarle a degustar el único e infame rancho del maquiavélico restaurante-marisquería. Tuvo que hacer un supremo esfuerzo para no perder la compostura y salir a escape de aquel antro, pero no ya el apetito si no el hambre y la sed más aplastante atenazaron sus impulsos de fuga obligando a su cerebro a procesar de inmediato nuevos planes de defensa y ataque.
-Presénteme ahora mismo el Libro de Reclamaciones – murmuró Froilán por lo bajo, amenazadoramente – Y no se olvide de adjuntar la correspondiente licencia de apertura debidamente visada por los organismos competentes de hostelería.
Su requisitoria fue como poner un paquete de cartuchos de dinamita en la boca de un pozo de petróleo en llamas y a continuación prender la mecha. Al instante se hizo un pastoso silencio y el vacío se adueñó del comedor-cuchitril. La explosión fue como una coz que desplazó a los dos ganapanes hasta el fondo de sus pestilentes y mugrientas trincheras culinarias, atropellándose en febril carrera con tal de no ser el último en esfumarse de la odiada presencia de aquel sujeto que les estaba amargando el día.
En aquellos sublimes momentos Froilán Cascante creyó ganada la batalla que libraba por un yantar digno, mas al cabo de cinco minutos de interminable espera vio surgir la achaparrada figura del emisario heráldico con atuendo de camarero, agitando o más bien enarbolando triunfalmente una mugrienta hoja de papel escrita a mano, que depositó con manifiesto orgullo ante las narices del huésped.
-¡Esto es lo que hay, caballero! – jadeó pletórico.
Sin poder contener su curiosidad Froilán tomó la pringosa misiva del enemigo en la cual a modo de ultimátum se le otorgaban nuevos platos o variantes, según se mire.
El texto rezaba de tal guisa:
Primer plato
Gazpacho Andaluz
o
Gazpacho Castellano
o
Gazpacho ¨al dente¨
Segundo plato
Filete con patatas
o
Filete con pimientos
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Filete con ensalada
Postre
Helado de vainilla
o
Helado de chocolate
o
Helado de vainilla-chocolate
Pan y vino
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Precio: 15 Euros, IVA incluido.
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Entornó los ojos con resignación dispuesto a rendir la plaza y levantar el campo, mas su organismo que no entendía ni remotamente de claudicaciones, mediante un retorcijón de estómago le dio a entender que de allí no se iba sin repostar.
Con toda la parsimonia de la que fue capaz permaneció en el más absoluto silencio, encendió un nuevo cigarrillo, aspiró profundamente una calada y se entretuvo en hacer anillos de humo, uno de los cuales se coló con precisión matemática en el otro. Tal juego parecía complacer al camarero puesto que dibujó una media sonrisa al comprobar tal pericia bucal, siguiendo visualmente las volutas que emergían de la boca de Froilán a intervalos de tres segundos.
Pero su distracción iba a costarle un disgusto. Un nuevo misil estaba en el aire.
-Oiga joven, ¿me está usted tomando el pelo o cree que soy gilipollas? – le espetó de improviso, arrojando la carta del menú sobre la mesa, cortando el flujo de humo y con ello el espectáculo de las volutas.
El gañán-camarero era de reacción tardía y le costó asimilar y compaginar el fin del juego de los anillos, al mismo tiempo que la pregunta reprobatoria demandaba una respuesta de su parte; mas por lo visto su mente no la había procesado o bien se hacía el sordo puesto que a su vez fue él quien volvió a preguntar, bolígrafo en ristre.
-¿Qué va a tomar el señor?
-Veamos joven: Conozco de sobra los ingredientes del gazpacho andaluz, pero me intriga sobremanera los componentes que se mezclan en el gazpacho castellano, y estoy que no vivo imaginando cuál ha sido la privilegiada mente que ha parido el gazpacho “al dente” y además quisiera saber qué coño es eso. Soy todo oídos.
Con indignación mal contenida, Froilán Cascante aplastó el cigarrillo recién encendido e ignorando el cenicero de sobremesa, lo despanzurró contra el duro suelo pisoteándolo a conciencia intentando con tan zafio gesto exteriorizar el creciente cabreo que comenzaba a hacer mella en él.
Esta vez el enemigo salió de estampida golpeándose repetidamente y de rebote en ambos muslos casi al unísono, lo que le valió salir del recinto cojeando cual torero empitonado por un Miura. En su precipitada huída no dudó en asirse desesperadamente a los manteles de dos de las mesas, arrastrando tras de sí toda la impedimenta de copas y platos armando en tan reducido espacio un descomunal pifostio.
En tan aparatosa retirada a Froilán le extrañó no escuchar blasfemia o denuesto alguno por parte del achaparrado mozo, achacando tal silencio al lacerante dolor que sin duda le proporcionaron los dos puyazos recibidos en ambos muslos.
De repente, un tropel de voces destempladas, ruido de cacerolas y pucheros sin duda estampados contra el suelo se dejaron oír tras la retaguardia enemiga. La cocina, convertida en cuartel general del enemigo, en aquellos momentos a buen seguro se hallaba en pie de guerra ultimando los preparativos para pasar a cuchillo al maldito huésped.
Súbitamente apareció el camarero-heraldo portando una fuente de adultas gambas a la plancha que depositó de golpe sobre la mesa. Una docena, exactamente, que por cierto desprendían un sutil aroma que hizo chasquear lengua y paladar del cliente y también vibrar su extenuado estómago.
-¿Vale esto de primero? – preguntó el mozo con suficiencia.
-Vale – respondió Froilán lacónico, atacando la primera gamba.
Andaba dándole tientos a la sexta, cuando de nuevo apareció el camarero con un rebosante cuenco de paella a la marinera que con sólo olerlo, alimentaba.
-Aquí le dejo el segundo. ¿Le apetece?
Sin duda la paella era uno de los platos favoritos y formaba parte de la dieta dominical de Froilancito Cascante desde su más tierna infancia. Por supuesto que le apetecía aquel inmenso plato rebosante de arroz y marisco. Pero existía una pega.
-Oiga joven, todavía no he acabado con el primer plato y usted ya me está sirviendo el segundo, por lo que cuando comience con la paella ya estará fría y a mí me gusta la paella caliente. O sea, mejor se la lleva a la cocina y me la sirve cuando acabe con las gambas, ¿vale? ¡Ah! Y otra cosa: Entiendo que lo que me está sirviendo entra en el precio del menú del día; quince euros ¿no es eso?
Quizá sus palabras fueron demasiado complejas o indescifrables para la retrasada mente de aquel gañán metido a camarero. Se largó con el plato sin decir una palabra, pero con la duda si dejarlo abandonado a su suerte en la mesa contigua, o restituirlo definitivamente a la cocina como así hizo.
A los diez segundos se oyó un juramento de arriero e inmediatamente asomando por la puerta de la cocina, apareció la jeta del camarero-cocinero-berraco totalmente abotargada interpelando malamente a Froilán Cascante.
-¿Usted ha venido aquí a tocarme los cojones?,.. ¿a joderme el día?,…¿o a qué coño ha venido, eh?... ¡Está claro que sólo tendrá que pagar quince euros a pesar que le estoy sirviendo platos de la carta!, ¡Pero ni se le ocurra volver por aquí, que este local tiene reservado el derecho de admisión, me cago en la puta bastos! – rugió amenazante.
Froilán tomó la decisión de que había llegado su hora y que aquella especie de amorfo y chulesco berraco no se iba a librar de él tan fácilmente.
-Y ahora tráigame la paella. Y que esté caliente – remachó.
El berraco ni chistó. Desapareció tras la puerta de los fogones y de inmediato se oyó como si toda la batería de cocina reventara, rodando por los suelos. Froilán dio por sentado que la refriega había concluido y que el berraco se había retirado a lamer sus heridas. Mas vana ilusión. Según dicen tras la tormenta viene la calma, pero tal dicho no tenía cabida en aquel restaurante-marisquería de Argüelles. Cuando se encontraba degustando las primeras cucharadas de paella, un nuevo contingente enemigo apareció por la puerta del minúsculo comedor.
-¡¡Uff, qué calor hace aquí!! ¡¡Por Dios, qué sofoco!!
-No te preocupes, Maruja, que ahora mismo les digo que pongan el aire, ¡¡Manoolooo!! – berreó su acompañante.
En medio de un tremendo y espectacular alboroto de sillas y mesas chocando entre sí, la tal Maruja, oronda y paquidérmica hembra ataviada con un corto y resudado vestido veraniego, se encajó tras una mesa como Dios le dio a entender entre sonoros golpes de abanico.
Su adjunto satélite, un escuchimizado y canoso varón, seco cual estaca y con visa de prejubilado, una vez aposentado con menos apreturas debido a su extrema delgadez, requirió de nuevo a voz en grito la inmediata presencia del tal Manolo mientras la llamada Maruja proseguía con sus sofocadas quejas fragmentando literalmente su abanico, dándose sonoros golpes sobre sus prominentes y desbocados senos.
-Tú tranquila, Maruja, que ahora mismo nos enchufan el aire, faltaría más, ¡¡Manoooloooo!!
Froilán Cascante cerró los ojos. Para su pesar, de nuevo aquel gutural grito de guerra llamando a rebato, que supuso era solicitando los servicios de un sicario que pondría en marcha el invisible hálito de la muerte fría. No se le olvidaba que la gélida boca asesina del artilugio se hallaba suspendida a su espalda, apuntándole justo en el cogote. Y aquel detalle le estremeció.
Ya nada sería igual una vez que el maldito trasto comenzara a escupir su helado y mortífero resuello. En aquel momento intuyó que sus vértebras crujirían resquebrajándose en mil pedazos y lo que era peor, que aquella magnífica paella que estaba saboreando era la última que comía en su vida.
Para colmo de males apareció en escena el requerido Manolo. Manolo era ni más ni menos que el camarero berraco, su mortal enemigo. Presto, solícito, rastrero y babeando halagos se dirigió hacia la cárnica humanidad de la sofocada Maruja. El tío se hacía mierda alabando a sus clientes de toda la vida.
-Maruja, eres un sol. Cada día estás más guapa. Y tú, Isidro, te conservas de puta madre. Pedid por esa boca.
La Maruja se descolifroró ante la marrullera exageración del tal Manolo, pero fue directa al grano.
-Manolo, pon el aire, coño, que me estoy asando viva y ya sabes que no soporto el calor ni el humo.
Manolo, el berraco, el enemigo a quien Froilán creía moribundo, mirándole de reojo esbozó una cruel sonrisa y dirigiendo abiertamente su mirada hacia el que se estaba zampando la paella, le faltó tiempo para contraatacar.
-Eso está hecho, Maruja, ¡marchando una de aire fresco!
Su mano empuñó cual espada de Damocles el fatídico mando a distancia y entonces el de la paella comprendió que con tal acción le estaban largando un torpedo a la línea de flotación. Y estalló. Y lo hizo directamente sobre su testa. Ante tal desmán a Froilán Cascante sólo le cupo clavar bandera.
Se acordó entonces de un tebeo que leía de niño, cuando el Cachorro ante un ataque berberisco clavaba su bandera de combate en el mástil del galeón, dando a entender con ello que no se rendiría ni harto vino.
Y Froilán le imitó. Clavó la bandera de su libertad y libre albedrío dispuesto a combatir hasta el final. Bien a su pesar, envió el resto del plato de paella a tomar por saco y preparándose para el abordaje final, hurgó en el interior de uno de sus bolsillos intentando localizar su arma secreta.
Y en efecto, allí estaba. Silencioso pero aromático, largo cual un misil tierra-tierra, enrollado sobre sí mismo como una serpiente preparada para lanzarse al ataque. Lo palpó con sus temblorosas manos ya que era su último cartucho, la última andanada qué, o bien podía catapultarlo a la más humillante de las derrotas, o a la más gloriosa de las victorias.
Un Montecristo del número 4 aguardaba la orden de ser prendido en flamígero holocausto. Froilán lo acarició con reverencia, como dándole ánimo para que con su explosivo prendimiento y con el humo que desprendería su combustión, aquel chiquero de comedor se convirtiera en una escena de la batalla de Lepanto, donde siquiera por una vez en la Historia los españoles resultaron ser los amos del cotarro.
En aquel supremo instante, el recién nombrado Almirante de La Mar Océana, Don Froilán Cascante Caparrota, sintió como un inmenso latigazo de satisfacción. Apartó de un manotazo el cuenco con los restos de la paella y sin más, preparó las baterías de cubierta. A su diestra, por la amura de estribor, se hallaba la mesa o bajel cargado de langostinos y gambas, lugar donde se aposentaba la dotación enemiga totalmente despistada, chupando y deglutiendo una colmada fuente de langostinos, acompañando la pitanza con sonoros sorbos de Albariño.
Lenta, muy lentamente el Almirante Froilán extrajo el Montecristo de su funda. La suerte estaba echada. Inició los prolegómenos con premeditación, alevosía y la precisa parafernalia requerida en este caso. Ni más ni menos dio una lección óptica de cómo debe preparase el encendido de un buen habano, contemplando en un principio la buena textura de su hoja, haciéndola crujir levemente entre los dedos pulgar e índice y aspirando su aroma en crudo antes de aplicarle el fuego.
Impertérrito y comprobando que el mero preparativo de ignición causaba el deseado efecto, a Froilán Cascante tan sólo le restó pulsar el encendedor. Un simple chispazo puso en marcha el mecanismo de combustión. Una premonitoria llama surgió del mechero y después, con infinito recochineo por su parte, aplicó la flama al Montecristo. Al momento una aromática fragancia se expandió por el ínfimo e infecto cuchitril destinado a comedor. Y aquello fue Troya. La Maruja y el Isidro, abandonaron la succión de langostinos prorrumpiendo en sonoras toses en medio de grandes aspavientos, mientras el berraco del Manolo salía como escopeteado de su mugriento antro culinario, fijando en el del puro una mirada asesina.
-¿Qué pasa, Maruja? – inquirió de muy mal grado, mientras apartaba el humo a manotazo limpio.
-¡Ese hombre, que me está asfixiando con el humo del puro, coño! – gimió la Maruja, escupiendo una ya mascada cabeza de langostino – ¡Haz algo, por Dios!
-Eso lo arreglo yo ahora mismo – bramó el berraco, soltando un bufido - ¡Usted, apague ese puro inmediatamente, joder!
-Ni loco – le escupió Froilán con descaro – Apague usted el aire.
-¿Me va a decir lo que tengo que hacer en mi casa, o qué coño pasa aquí?, ¡Me cago en to lo que se menea, rediós!
Como única respuesta el recién nombrado Almirante de La Mar Océana relamió la punta del Montecristo y aspirando profundamente, lanzó al exterior una gran bocanada de humo que fue a estamparse en la misma mesa que ocupaba la pareja, escoltada por el pelota de Manolo. La propia corriente del aire acondicionado que descendía aullando tras el cogote del Almirante fue la portadora de la descarga. La Maruja, el Isidro y el berraco se quedaron paralizados.
-Y ahora me sirva un café con hielo, si es tan amable.
Fue la puntilla.
Manolo, el berraco, se acercó tambaleante al invasor de sus dominios. Por un momento el del Montecristo pensó que el berraco le iba a soltar un par de hostias, pero se equivocaba. La última bocanada le había descerrajado las cuadernas y su humanidad hacía aguas por todos los poros de su piel. Sudaba como un galeote.
-Vamos a hacer una cosa, caballero – suspiró, hablándole entre dientes – Usted se larga con su puro al quinto coño y yo me olvido de pasarle la cuenta. Invita la casa.
Era suyo. Froilán Cascante lo tenía a su merced, roto, desarbolado, humillado. La batalla había concluido. Pero aquel final no podía compararse al velazqueño cuadro de Las Lanzas. En la Rendición de Breda, Spinola y Justino de Nassau se estrechaban caballerosamente las manos. Pero aquellos eran viejos tiempos. Ni Froilán era Spinola ni el berraco el tal Justino. En la actualidad, tras una disputa existe mucha mala leche en el ambiente a pesar del cese de hostilidades. Por lo tanto pensando en el cuadro, Froilán Cascante echó a faltar algo. No podía levantarse de la mesa así por las buenas y salir por la puerta sacando pecho. Nada de eso. Allí faltaba algo muy importante.
-Perfecto, acepto el trato, pero…,
-¡Pero qué! ¿Qué coño quiere ahora? – casi gimoteó el Manolo.
-Que me ponga en un tuper el segundo plato, ya sabe, la paella. Tuve que dejarla a un lado cuando usted enchufó de nuevo el aire. El postre se lo perdono.
El berraco bajó la cabeza totalmente abatido. Al cabo de un momento salió de la cocina con un tuper colmado de aquella suculenta paella que Froilán no había podido degustar por completo. Cuando depositó el tuper sobre la mesa no le dirigió la palabra, ni le estrechó caballerosamente la mano, ni tan siquiera le miró a los ojos.
Froilán Cascante Caparrota salió de aquel chamizo de comedor soltando más humo que una locomotora, entre las desenfrenadas toses de la Maruja y del Isidro, mudos testigos y a la vez protagonistas del lance. La simbólica entrega de llaves estaba en sus manos. La plaza había caído y las llaves de aquel antro, en forma de tuper, ya obraban en su poder. Fueron a parar a la primera papelera que encontró a mano.
-A ver ahora dónde coño pillo un taxi que me lleve hasta Barajas.
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Copyright © 2010 José Luís de Valero.
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